Marta se zafó de Mario, cogió el tarro del hospital y entró en el baño de nuevo.
—¡También he hablado con Manuel! —comentó desde dentro.
—¿Y qué le has dicho?
—Pues le he preguntado respecto a la teoría de que sea abuelo. —Se la entendía perfectamente detrás de la puerta.
—¿Cómo reaccionó?
—Pues está encantado de que no seas un ladrillo. —Soltó mientras abría la puerta.
La cara de incredulidad de Mario era impagable.
—¿Yo, un ladrillo?
—Palabras de Melisa, no lo tengas en cuenta. —Gesticuló con la mano como si apartara un moscardón invisible.
—Vale, ahora entiendo el comportamiento errático de tu hija, me quedo más tranquilo. —Mario puso los ojos en blanco.
Se sentaron a la mesa, extendieron los tres tests, fuera de sus cajas. Marta puso el bote de orina sobre un poco de papel higiénico en la mesa.
—¿Preparado?
Él se jactó.
—¿Lo estás tú?
—De estas cosas, una nunca se puede preparar.
—Te quiero.
—Y yo a ti.
Abrir el bote, ir mojando prueba a prueba en la orina y luego volver a cerrar o tapar cada envase. La espera se les hizo eterna.
Había juntado las manos, y tenían la frente apoyada en la del otro. Habían puesto una alarma de cinco minutos en el móvil para tener más seguridad en los resultados.
Sonaron las campanillas.
Se miraron expectantes, y a continuación miraron las pruebas sobre la mesa.
Todas eran positivas.
—Diez días, diez días, ¡diez días!
—¡Mario!
—¡Mi vida ha cambiado en diez días y me encanta!
Se puso en pie, saltaba, reía, lloraba. La miró.
—Te amo.
—Ídem.
Él se paró en seco y su mirada se desvió por un momento al caballete para volver a mirar sus ojos de avellano.
—¿Un torno de alfarero? ¿También?
La cabeza de Mario estaba en plena ebullición, y a ella le costó medio segundo más caer en la referencia a la que él hizo alusión.
—¡Ah, no! Las artes de una en una. ¡No vas a emular a Patrick Swayze con el lienzo montado, no, no!
—¿Por qué?
—¡No tientes a la suerte!
Se puso blanco, su mente seguía en ebullición y muchos datos se cruzaban en su cabeza, como el guion de la película, la escena del torno e incluso la muerte del actor años más tarde. Había dado en la diana; era el actor.
—¿Te gustaba el actor? —Le pareció superdulce.
Ella se sintió algo ofendida, torció la mandíbula y apartó la vista.
—¡Eh, me siento halagado!
Le miró de reojo.
—¿Por qué?
—Mi madre siempre decía que tenía la cara del protagonista de Dirty Dancing con los ojos grandes de mi padre. Eso es bueno.
Marta se cruzó de brazos, enfurruñada como una niña a la que han pillado en una travesura antes de hacerla. Estiró el brazo y señaló el caballete.
—¿Para qué te lo he montado, si no?
Él se levantó.
—¿Posas para mí?
La tomó de las manos y la llevó hasta el sofá.
—¿Voy a ser el primero? —Prefirió sentarse en la vieja butaca.
—¿Te importa mucho si admito que serías todos? —Mario se encogió de hombros.
—¿Empezamos y luego vamos viendo? —Ella se rascó con vergüenza la patilla.
—Como vos deseéis. —Él se inclinó en una reverencia con otra referencia.
—¿La princesa prometida, en serio?
—He visto mucho cine de los noventa, no me culpes a mí, es cosa de mi madre.
El silencio se apoderó de la tarde. Mario movía el lapicero con soltura y parecía que lo había estado haciendo toda su vida. Al cabo de una hora, se apartó.
—Ya, ¿lo quieres ver?
—¿Puedo?
Marta se levantó de la butaca y contempló el boceto: una mujer sentada en una butaca, girada hacia el sofá; no se le ve ninguna facción de la cara porque lo tapa el pelo. En el sofá se ve una figura sin concretar de alguien menudo, como si aún quedara por decidir si era alguna persona en especial.
Lo señaló.
—¿Aquí qué va?
Mario dejó el lápiz en la repisa del caballete y se acercó con un brazo sobre los hombros y la mano en su plano vientre.
—Lo que venga.
Ella se puso a llorar de la emoción. Se tapó las manos, se giró y extendió los brazos sobre él.
—Gracias, es precioso, me encanta.
—¿Te importa si cenamos en Madrid?
Se apartó.
—¿En Madrid?
—Vamos a decírselo a los demás, ¿no crees?
—Pero la cláusula…
—Si tú no vas a quitarle la empresa a mi padre, ¿qué te hace pensar que él te la quitaría a ti?
Tomó aire, le besó y se encogió de hombros al contestar:
—¡Pues también es verdad, quid pro quo!, ¿qué tienes pensado?
—Pedirle ayuda a mi primo. —Sonrió.
—¿Al huérfano? —Marta se acordó de Bruno.
—Al vecino. —Y en cambio, se refería a Lope.
—¡Cuántos primos, de repente!
Mario le respondió con una sonrisa, cogió su teléfono y tecleó el contacto que había apuntado el día anterior por la mañana: Lope Estuardo Montenegro.
Le escuchó apesadumbrado, como si estuviera intentando centrarse en una conversación de varias y la cabeza le pidiera dormir. Aun así, consiguió una cena para ocho comensales en el restaurante que dirigía.
—¿Ocho? Me sobran tres. —Marta tenía tres dedos levantados en una mano y dos dedos levantados en la otra.
—Ya me lo imaginaba, pero cuento con Felisa, su hijo y mi secretaria; porque Liliana está saliendo con Julián.
La besó y la soltó.
—Vamos vestidos de entierro, creo que no es apropiado para dar una noticia semejante.
Mario entró en la habitación más grande y sacó un hermoso vestido largo de punto, de color chocolate y con bordados de hojas otoñales a modo de corpiño y como adorno en las costuras del cuello halter.
—¡Es precioso! —exclamó ella al cogerlo entre sus manos.
—¡Digno de una reina!
—Eres muy dulce. —Le dio un beso y se sentó en el sofá para cambiarse de ropa—. ¿Irá todos?
—¡Más les vale!
Mario recogió la mesa, guardó los tests y la caja con el digital la dejó. Fue a su habitación y se puso un traje marrón oscuro con una camisa de color ocre. Cuando llegó al comedor, la caja del test digital ya no estaba en la mesa.
—Te he leído el pensamiento y la he guardado en el bolso; ¿nos vamos?
—¡Vámonos!
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Editado: 20.03.2026