Pudieron aparcar ambos Mercedes en la zona de clientes del hotel; el mismo Lope se lo había recomendado.
Iban dándose la mano con los dedos entrelazados; ya no lo ocultaban. Vieron que un coche como los suyos, pero de color negro, estaba aparcado en la plaza con “Director” escrito en un cartel.
—¡Anda, está Lope! —comentó Mario.
—¿Tu primo es el director del hotel? ¡Por eso has conseguido un sitio tan rápido!
Llamaron al ascensor que los llevaba al restaurante.
—¡Mario!
Se dieron la vuelta; era Lope.
—Me viene genial encontrarte. —Se llevó la mano a la nuca, dudando—. La chef Libertad me ha dicho que lo hablara contigo. ¿Os importa que la mesa sea de doce? Es la que hemos podido apartar con una hora de anticipación.
Se miraron.
—A mí no me importa, Lope, te puedes acoplar luego si quieres.
—¿Y qué pinto yo en tu cena, primo?
—Es una celebración familiar, y tú también eres mi familia.
Lope se sonrojó e intentó hacerse el duro.
—Procuraré pasarme.
Llegaron al mostrador del mesero y dieron el nombre de Mario.
—Hay dos parejas ya en su mesa, señor.
Marta miró su muñeca.
—Los convocamos y somos los últimos en llegar, ¡no está mal! —ironizó.
—Creo que así sería mejor, nos verán llegar y no tendremos que justificar nada —la besó en el pelo—, mi reina.
Al llegar a la mesa, allí les esperaban Manuel con Felisa y Julián con Liliana.
El hijo de Marta se mostró ilusionado, e incluso se llevó las manos a la boca. Liliana afirmó como quien ha recibido una confirmación de su hipótesis. Felisa les sonrió con complicidad.
Manuel estiró la cara y suspiró aliviado.
—¡Qué alegría veros juntos!
Para la pareja, decir atónitos era quedarse cortos.
—¿Papá?
—Hijo, es que solo alguien como tú podría conquistarla. ¡Es normal!
Felisa le dio un codazo.
—Se os ve brillantes. —Intervino Julián—. La jefa más justa y el defensor del trabajador parecen sacados de una comedia romántica navideña.
Marta y Mario se miraron entre ellos.
—¿De qué películas hablas, Julián? —Apareció Melisa por detrás.
Marta miró a Felisa.
—¿Y Hugo?
—No quiso venir, dijo algo de patos y software, no le entendí muy bien. —Contestó la madre.
—Entonces seremos siete. —comentó Mario, aún de pie.
Melisa se sentó justo en medio de todos los asientos libres. Cuando colgó el bolso del respaldo, reparó en las manos entrelazadas de los que estaban en pie.
—¡Eres correspondido, Mario, eso está genial! —juntó las manos como si rezara y las ladeó para apoyar la cabeza—. No me esperaba que mi madre se enamorara de alguien de mi edad, pero mira a Demi Moore y Ashton Kutcher.
Se acercaron a dos asientos vacíos juntos.
—¿Demi Moore, tú también? —se quejó Marta.
—¿Quién más lo ha dicho? —Melisa miró uno a uno y todos lo negaban.
—Mi madre gustaba de decir que yo era como Patrick Swayze, pero con los ojos de mi padre.
La pareja se acomodó entre Melisa y Felisa. Ambos se miraron con complicidad y Marta sacó la caja de su bolso mientras Manuel se llevaba la mano a la boca.
—¡Ghost, ahora lo entiendo!
—¡Ah, esa película, vale! —chistó Julián.
Entre bromas y chascarrillos, ninguno se dio cuenta de lo que Marta había puesto sobre la mesa.
En cierto momento, Felisa recibió la llamada de su preocupado hijo y le acabó convenciendo de asistir.
Se hizo más tarde de lo habitual y el resto de mesas se fueron desocupando poco a poco hasta que llegó Hugo. Lorena llegó junto a él, pero porque Liliana le había avisado por su parte, y se sentaron juntos.
Y fue entonces, con nueve personas sentadas en una mesa para doce y con el restaurante medio vacío, cuando Mario se puso en pie, entre el plato principal y el postre.
—Yo os doy las gracias por mi parte —miró a Marta, a su lado, para seguir hablando—, por haber aceptado esto, tan inesperado como gratificante, y que aún no me puedo creer.
—¿Vas a hacer un brindis ahora? —preguntó Lorena con algo de reticencia.
—No alzaré las copas. Al menos, todavía. —Respondió sonriendo.
Marta se levantó junto a él. Cogió la caja bajo el ala de su plato y la elevó.
—Esto —empezó abriéndola para sacar el test digital—, creo que todos aquí sabemos qué es.
Lo mostró.
Todos se alegraron por ellos, en mayor o menor medida. Sorprendentemente, Felisa mostraba una felicidad más dolorosa que gratificante y su hijo se dio cuenta.
—¿Te duele que la tía esté embarazada, mamá?
—Ya sé que es un positivo bien claro, y la probabilidad de error es prácticamente inexistente; pero ¿nadie se ha dado cuenta del riesgo que corre tu vida al aceptar dar ese paso con la edad que tienes?
Marta y Mario palidecieron. Todos en la mesa observaban a Felisa, acusándola con la mirada.
Fue Mario quien rompió el silencio.
—No pienso dejar que nada malo les ocurra, a ninguno de los dos. —Su expresión era completamente seria—. Y si he de estar todo el tiempo cuidándote —se lo decía exclusivamente a Marta—, lo voy a hacer.
—¡Yo quiero ya a lo que venga, como si hubiese nacido ya! —Manuel se apartó de ella.
—¿Aunque sea de alguien de tu edad, Manuel? —le recordó Felisa.
Marta se mordió el labio; Mario la abrazaba, intentando protegerla incluso de la realidad del paso del tiempo.
—Mamá —Hugo intervino—, ¿no es casi tan peligroso como ser madre a los dieciséis?
Su propio hijo le estaba llevando la contraria.
—A mí me parece perfecto que la jefa sea madre milagro a sus casi cincuenta años —Lorena llamó la atención con más de cinco palabras seguidas—, pero esas cosas no se dicen hasta el tercer mes de gestación.
Liliana se echó hacia atrás, apoyando su espalda en su silla, donde Julián tenía puesto el brazo.
—Eso es cierto, aún es posible que el embrión no se adhiera y no arraigue.
Julián se apartó.
—¿Pero tú de qué lado estás?
—Me alegro por tu madre, Juli; y siempre es bonito traer una vida al mundo cuando los papás se quieren tanto; pero la biología no miente, por mucho que sea la jefa.
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Editado: 20.03.2026