Mi vida por ser infiel

43: Caballos.

Ya habían pasado el embalse y estaban a punto de llegar.
—¿Dónde comemos, en tu casa o en la mía?
Ella se giró todo lo que pudo desde el asiento del copiloto, con el gesto de sorpresa y diversión que alguien de su edad podría interpretar así.
—¿Sabe usted cómo ha sonado esa frase, señor?
Mario movió los labios, repitiendo la pregunta para sí mismo. Al momento se dio cuenta de lo cliché que sonaba para ojos ajenos. Una mezcla entre sorpresa, algo de molestia y bastante complicidad le hizo abrir la boca y desorbitar los ojos.
—¡No lo he dicho en ese sentido! —enseguida se relajó—, aunque ahora que lo comentas…
—¡Muy bonito, metes la pata de la manera más dulce y lo volteas para que parezca coqueteo! —Marta también se rio.
Él se dispuso a aparcar.
—No vamos a comer otra vez judías y melocotón de bote. —Su voz sonó ligeramente más grave, con seriedad y a través de media sonrisa—, ¿verdad?
Sacó la llave del contacto mientras Marta le contemplaba a cámara lenta.
—Te comería entero, si pudiera. —Soltó.
Se acercaron con urgencia, pero una llamada en el móvil de Marta les interrumpió.
—¿Hugo?
—Tía, ¿por qué no te has llevado a mi madre al balneario? —se le oyó resoplar—. ¡Está que se sube por las paredes!
Mario, pegado a Marta, esbozó una sonrisa con los labios apretados. Se tuvo que llevar la mano a la boca para no reírse.
—A ver, es que ya tenía programada la cita…
—Tía Marta, por favor… —Sonó Felisa hablar de fondo, quejándose de la buena voluntad de su hijo—. ¿Tienes alguna idea?
Mario se separó un momento para buscar algo en el móvil, mientras Marta intentaba apartar a su sobrino y recuperar la intimidad.
—No sé en qué te puedo ayudar, la verdad.
Según lo decía Marta, él le mostró una foto de su padre y gesticuló un teléfono con el pulgar y el meñique extendidos y acercándoselo a la cara.
—¡Marta, no te preocupes, que mi hijo es un exagerado! —gritó Felisa desde el otro lado.
—Hugo, ¿tienes el contacto de tu jefe? —intentó dirigir la conversación hacia lo que creyó entender de los gestos de Mario—. Te voy a colgar, te paso el contacto de Manuel y le llamas. ¡Con un poco de suerte, él sí te puede ayudar!
El silencio se apoderó de la llamada. Hasta que Hugo lo agradeció y colgó.
Una carcajada limpia y coral se apoderó del vehículo aparcado. Cuando se apaciguó, Mario fue el primero en salir del coche.
—Quiero plasmar la belleza que veo en ti, la que solo yo veo.
Ella salió del vehículo y cruzó los brazos sobre el techo, apoyando la barbilla y sonriendo con diversión.
—¿Y qué harás con el cuadro cuando lo termines? —desmontó la postura para cerrar la puerta—. Mostrarlo, ¿verdad?, me daría mucha vergüenza.
—Creo que solo habría otra persona que podría saberlo, y no me va a descubrir.
Marta gesticuló su cara de sospechar, pero lo quiso dejar estar.
—¿Cocinamos algo juntos? —Se le ocurrió de repente.
—¿En qué estás pensando?
Estiró el brazo y señaló con descaro hacia una tienda en los bajos del edificio del portal contiguo.
—Podemos probar con algo sencillito.
—Me gusta la idea, reina mía.
Entraron al local a comprar algo de pasta y salsa de tomate. Pero Mario también compró salmón ahumado y guacamole. Además, cogieron un par de boles de ensalada preparada para cenar.
—¿Quieres que comamos en algún sitio mañana al volver a Madrid? —Marta sonreía con cariño.
—¿Podremos hacerlo?
Ella se encogió de hombros.
—¿Por qué no?
Tras pagar, decidieron comer en la casita de Marta. Pero al pisar la acera, se toparon con una comitiva de jinetes montando a caballo.
Se quedaron un rato viendo pasar a los animales; e incluso una hermosa yegua blanca con marcas ligeramente grises se les acercó a olerles.
—¡So, Luna! —Frenó la amazona.
—Un nombre muy apropiado. —Comentó Marta.
—Tu hija hizo un comentario similar sobre el guardaespaldas de mi primo. —Mario pasó el brazo libre sobre sus hombros cuando se lo dijo—. Pregúntaselo a Julián.
—Hacéis una bonita pareja, ¡se os ve tan cómplices! —La mujer intentaba que Luna volviera a la marcha—. Disculpad a la yegua, está encinta y suele sentir empatía con las hembras de otras especies. ¡Buenas tardes!
Tiró secamente de las riendas y la yegua, por fin, obedeció.
—¿Has entendido lo que ha dicho? —cuestionó Mario.
—Ni idea. —Mintió.
Con su brazo sobre los hombros, Marta sintió un miedo atroz a lo que la jinete había insinuado. Lo desechó por completo por su edad, pero la duda ahí estaba.
Llegaron a la puerta de la casita y pillaron a la vecina de enfrente entrando en su casa.
—¡Hola, tía Tina! —le llamó Mario nada más verla.
—Se te ve radiante, vecina. —Miraba directamente a Marta.
—Gracias, Tina. Perdóname por no haberte preguntado el nombre desde que estoy aquí.
—¡No es nada, mujer, dime tu nombre y estaremos en paz!
—¡Llámame Marta! —Intentó abrazarle por la cintura, aún llevando la bolsa y el bolso en las manos—, ¡y este es Mario!
—Es bonito ver una pareja tan cariñosa y acaramelada; que con tanta contaminación las parejas ya no son lo que eran. —Tina movió las cortinas de su puerta para entrar—. Yo voy a quitar el puchero del fuego, que cuando vuelvan mis hijos no les queme el guiso en la lengua. ¡Hasta pronto!
Cuando la señora entró en su casa, Marta y Mario observaron el jardín de su casita.
—¡Se ve todo! —exclamó ella.
—¡Qué va! —ironizó él.
Bromearon con el efecto que daba ese jardín desde el interior hasta que cruzaron el patio de matojos; y él agarró toda la compra para que pudiera abrir la puerta del bombín antiguo.
Se pusieron a cocinar lo que habían comprado. Mientras Marta se preparaba la pasta con tomate y atún desmigado, Mario le añadía guacamole y salmón troceado.
—¿Lo has probado al estilo sándwich?
—Es pasta con guacamole y salmón, ¿dónde está el pan ahí?
—¿Quieres probar? —Estiró el brazo con el tenedor y algunos macarrones.
Al olerlo, le entraron arcadas y él se preocupó.
—¿Estás bien, Marta?
—¡Perfectamente! —mostraba una sonrisa, suspirando y con el mismo gesto de preocupación de antes—, pero creo que voy a evitar los crudos hasta que vea al médico. —Tomó una servilleta de papel y le limpió la boca para plantarle un improvisado beso—. Te quiero.




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