Mi vida por ser infiel

37: Tu silueta.

Mario volvió a mirar el reloj y cayó en la cuenta de algo.
—Estoy pensando en tu madre. ¿Cómo regresará a su casa?
—Vive en casa de mi tía.
—La pregunta no varía, Hugo, ¿cómo va a ir Felisa a casa de Marta? —Alzó la vista a la fachada—, ¿tomará un taxi?
—Había venido a buscarla para llevarla yo y luego me iría a mi casa. —Mostró una sonrisa de circunstancia, no se había dado cuenta.
Mario sonrió.
—Habrá que deshacerles la magia. —Comentó con algo de acritud.
Hugo hizo el amago de entrar, y Mario le frenó.
—No hace falta correr, Hugo. —Le tiró un poco de la manga—. Por cierto, ¿quedaste el otro día con tu primo y nuestras secretarias?
—Sí, Julián y la joven congeniaron enseguida.
—¿A ti no te gustó, Lorena? Es tan observadora como tú, aunque no es amiga de decirlo o comentarlo; pasa olímpicamente de todos los chismes. —Tentó a Hugo de sentirse ofendido, aunque su frase no fue como ataque.
—Lorena no es amiga de nadie. —Allanó las cejas en un gesto que no llegaba a ser de asco, sino de hastiada resignación.
Mario se llevó la mano a la boca para aguantarse una risa, mientras salían del ascensor.
Se toparon con Manuel y Felisa de frente.
—¿Papá?
—¿Mamá?
El hombre se cruzó de brazos; miraba inquisitivamente a su hijo.
—¿Se va todo el mundo, y no nos decís nada?
Mario se dio la vuelta, miró a Hugo; y cuando volvió a mirar a su padre, este tenía una sonrisa muy amplia.
—No queríamos deciros nada, íbamos a esperaros en casa, y caímos en la cuenta de que Felisa no sabría dónde estaría Hugo.
Al ver el reloj, padre e hijo acompañaron a madre e hijo a su coche para despedirse.
Al ver al automóvil doblar la esquina, Mario vio que Manuel hizo una mueca de manera inconsciente. Se sintió extrañamente reflejado, pues si Marta se hubiera alejado así de él, también hubiera gesticulado algo.
—Me beberé un vaso de leche y me iré a dormir; ha sido un día muy movidito. —Informó.
—Me parece bien, yo también lo haré.
Le pareció notar un atisbo de resignación en su tono, pero el hombre no dijo más.
Cuando llegaron a casa y se sirvieron la bebida, Manuel mantuvo la vista puesta en la bolsa de bizcochos que había en la encimera.
No dijo nada, enjuagó el vaso y lo colocó en la pila del revés para que escurriera. A continuación se fue a su dormitorio a dormir.
Mario intentó disimular, pero observó a su padre cada gesto hasta que se fue a su habitación. Suspiró, miró al techo y, negando levemente con la cabeza, él también se fue a su cama.
Al recostarse y conectar la batería del teléfono, su mente volvió a su aroma, a su calidez, a su voz y su silueta.
Instintivamente le mandó un mensaje al móvil.
“¿Puedo llamarte?”
Fue ella quien inició la llamada.
—Tenía ganas de escuchar tu voz. —La primera fue a degüello.
—Me has quitado las palabras de la boca, córcholis. —Se quejó Mario con cariño.
—Quiero volver a verlo. —La notó dudar—. Creo que no lo vi bien.
Él sabía bien a qué se refería.
—Te lo enseñaré siempre que quieras, mientras estemos a solas.
Marta rio al otro lado de la llamada.
—¿Mañana también vendrás a ver la casa en venta?
Mario se permitió darle dramatismo, y pensó en su padre.
—¿Vas a llevar a Felisa?
—¿Felisa? —se extrañó—. ¿Qué tiene que ver mi cuñada en eso?
—Es un regalito que te voy a dar.
—Espera, no te entiendo, Mario.
—Quisiera besar cada centímetro de tu piel como si fuera mi único alimento.
—¿Y ahora me cambias de tema?
—Quisiera contemplar tu silueta y recrearme en cada una de tus curvas.
—¡No me has contestado! —La queja de Marta salió con una pequeña burla.
—Tu silueta.
—Eso ya lo has dicho. —Recalcó.
—Eso es, tu silueta.
—Mario, no te entiendo, ¿qué tiene que ver Felisa con mi silueta?
—Si llevas mañana a Felisa, te has de fijar en cómo se comporta; solo eso.
—¿Y qué decías de mi silueta? —jugó.
—Si mi hobby favorito es contemplarte, ¿al replicarte podré observarte en secreto?
Un silencio ensordecedor se adueñó de la línea telefónica. Mario llegó a creer que había colgado.
—¿Mar…? ?
—Me oprime el pecho.
—¿Qué? —Mario se alarmó—, ¡no, no, no!
—Es en el buen sentido, pero por un mal motivo. ¿Te has dado cuenta de lo acosador que suena eso?
—¿Y cómo reprimo las ganas de besarte?
—No me cambies de tema. —Marta intentaba parecer seria, pero se derretía por dentro.
—Y no lo hago, ¿sabes acaso las ganas que tengo de tenerte entre mis brazos?
Un microsegundo para desmoronarse, contestando en igualdad de condiciones.
—Supongo… que tantas como yo. —Le salió mucho más natural de lo que ella misma se esperaba.
—¡Joder! —Mario se encogió en su cama, se hizo un ovillo y empezó a notar que la temperatura le subía. Le agravaba la voz y se le estrechaban los pantalones—, tus coqueteos me desarman, reina.
—No lo he dicho con esa intención. —Volvió a pensar qué decir—. Una ducha fresquita nos hará falta, ¿no crees?
—Odio amarte tanto.
—¿Perdona?
—Según lo has dicho —Mario se jactó levemente—, no creo siquiera que una ducha fría me apague.
—No serás el único que lo haga. —Marta dejó dos segundos para que él lo asimilara—. Te adoro, alcornoque. —Y colgó sin tiempo para replicar.
Mario se extendió como si fuera un peluche en una bolsa al vacío. ¿Por qué había dicho eso? No lo pensaba en absoluto.
Si ella hubiera insistido, el secreto que había descubierto con Hugo se lo hubiera dicho.
Se incorporó un poco y observó la estantería.
Lo de la silueta no era tan mala idea como creía ella.
¿Quién adivinaría que las curvas de ese cuadro son las del cuerpo de Marta? Solo quien la haya visto desnuda. Y su figura, solo su difunto exmarido y él la habían visto.




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