Llegaron a tiempo para poder buscar a la gente. No conocían a nadie, o casi.
—¿Aquellas dos mujeres no son tus accionistas?
Mario siguió la mirada de Marta, y, efectivamente eran las dos accionistas de ADAN, Ana y Eva.
Se fijó en su indumentaria.
—Esos escotes no son de luto, quedan soeces. —Él puso cara de asco.
—Espero que no sea ese entierro, la verdad. —Suspiró ella.
Se acercaron al mostrador del tanatorio y una mujer con ojos tristes y una sonrisa de lástima les respondió que el entierro que buscaban era el que acababa de salir.
—Pues sí que es la misma despedida. —Mario le pasó el brazo por los hombros y la abrazó, besándola la sien—. ¿Seguro que quieres acudir conmigo?
—No quiero dejarte solo.
—Pero nos van a descubrir. —Se empezó a preocupar.
Marta mostró una sonrisa demasiado tranquila.
—Es verdad, que no te lo he dicho. ¿No te has dado cuenta de una cosa el jueves?
Estaba intrigado, pero no la soltó para mirarla.
—¿De qué no me he dado cuenta?
—Julián preparó el contrato de unión de las empresas convirtiéndolas en una sociedad, GODANE S.L.
Ahora sí se apartó.
—¿Sociedad limitada? —apoyó su frente en la sien de Marta—, llevo conteniéndome dos noches para nada.
Ella giró la cabeza, le tenía a medio centímetro de su cara.
—Anoche no te contuviste, guapo —comentó ella, sonriendo con sorna.
—Cierto, hasta ayer llevaba cinco noches conteniéndome de sentirte por completo. —Se mordió el labio—¿Prefieres que diga eso? —Le devolvió la jugada.
Ella le respondió cerrándole la boca con un beso.
—Habrá que acercarse a tus accionistas, al menos a ellas sí que las conocemos. —Se encogió de hombros.
Se acercaron a las mellizas seductoras, que al verles llegar empezaron a moverse de manera errática, como dos células en un tubo de ensayo.
—¡Don Mario, doña Marta! —fingió sorprenderse Eva, la que era un poco más baja.
—¿Conocían a Irene? —Ironizó con curiosidad Ana.
—Era hermana de mi madre. —Respondió Mario con tranquilidad.
Las dos mujeres se sorprendieron de manera genuina, hasta que Ana rompió el silencio.
—Tenían el mismo color de ojos y hacían el mismo gesto ante nosotras.
—Bruno está al principio, con el féretro y el viudo. La novia no nos deja acercarnos. —Eva se secó una lagrimilla de cocodrilo.
—Voy a darle el pésame a mi primo, ya nos veremos en las oficinas. —Mario les dió una palmadita en el hombro a cada una y se alejaron de ellas.
Cuando consideraron que estaban lo suficientemente lejos, Marta dejó de darle la mano de manera formal y entrelazó sus dedos con los de Mario.
—¿Has visto que ellas estaban más incómodas que nosotros?
—A mí también me lo ha parecido. —Él echó un vistazo a las hermanas, detrás de la comitiva—. ¡Cuánta gente quería a mi tía Irene!
—¿Crees que sabrás reconocer a Bruno? —Marta se acercó para poderle susurrar—, porque hasta ayer no sabías ni que existía su madre, Mario.
Fueron avanzando entre las personas de la comitiva, hasta que a la distancia de tres cuerpos, la gente se fue parando en seco.
Un chico de cabello oscuro y piel bronceada estaba más compungido que los demás, a su lado había una chica bajita y delgada, pero de aspecto imponente, que le tomaba del brazo. Al lado de la chica estaba un hombre cejudo, de aspecto amable y rudo a la vez con una clara falta de cabello; que mostraba la pena de quien ha perdido el espíritu de su cuerpo.
—Esos deben de ser. —Mario se sentía seguro—. Se parece un poco al abuelo Ernesto.
—Vamos.
Mario y Marta se acercaron lentamente a los tres.
—Mi más sentido pésame, soy Mario, el hijo de Marcela. —Extendió la mano ante el joven para estrechársela.
—¿Quién es Marcela? —El chico no entendía sus palabras.
El hombre mayor suspiró y se adelantó, estrechando la mano.
—Gracias, Mario, perdona a Bruno por su negativa. —Ya tenía los ojos enrojecidos para volver a llorar—. Yo soy Jon, el viudo de Irene.
No hubo más palabras que esas y tras unas palabras emotivas de la chica que estaba entre Bruno y Jon, todo el mundo se fue dispersando y haciendo mutis.
Tras un par de abedules, Mario pudo distinguir a Lope, que iba con Mauro y una mujer más joven y enérgica que Margarita. Les sonrió, y tras afirmar, se apartó con Marta hacia su coche.
—Volvamos a casa, por favor. —Llegó a entonar levemente, para que solo Marta lo escuchara.
—Me parece bien. —Le besó y caminaron juntos hasta el Mercedes dorado.
—He reconocido a la mujer que iba con Lope y me ha venido un deja-vù de hace casi dieciocho años.
Marta se quedó petrificada.
—¿Que edad tenías?
Mario, sin embargo, abrió el automóvil y se montó mientras seguía relatando.
—Yo tenía ocho años, y Lope once; Lili era nuestra niñera y nuestros padres llegaron discutiendo. Ella se interpuso entre nosotros y los adultos, mis padres me cogieron a mí y no volví a ver a mi primo desde entonces.
Ella le imitó, y hasta se abrochó el cinturón de seguridad.
—Que fuerte, atreverse a ir en contra de quien te pagaba por tu trabajo. —Extendió la mano y le acarició la mejilla con cariño— ¿Pero tú estás bien?
—Yo perfectamente, era Lope quien se quedó en esa casa. —Frunció el ceño, aún sin encender el coche—. A quien no entiendo es a ella, después de defendernos a nosotros y que aún siga trabajando para ellos no me cuadra.
Puso en marcha el motor y puso rumbo a La Cabrera, junto a la mujer que amaba, que iba con él.
Marta le mantuvo entretenido, cambiando de emisora cuando empezaban los cortes publicitarios.
—¡Ésta! —Subió el volumen al escuchar a Luz Casal.
Los acordes de las guitarras eléctricas y los bajos llenaron el ambiente del coche.
La cara de Mario fue esbozando una sonrisa que crecía poco a poco, relajándose.
—Soy una adolescente, no sé disimular… —Marta entonaba la canción, a la par de la cantante—, lo que tú me provocas es sobrenatural.
—Atacarme con el rock ha sido un golpe bajo —la miró de reojo—, has conseguido enamorarme más de lo que ya estaba de ti.
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Editado: 20.03.2026