Su cuerpo reaccionó dejando las llaves puestas y soltando el caballete para abrazarla. Su mente podía estar dirigida por el reproche, pero no regía físicamente sobre ninguna parte del cuerpo, ni siquiera en su cerebro, que ya volvía a embriagarse con todas la piñas de su perfume.
—Eres la única razón que tengo para no odiarme ahora mismo.
Marta se apartó un poco, sorprendida.
—¿Cómo dices?
Él ya mostraba media sonrisa cuando la besó, dando a entender que esa frase tan solo era una idea soltada al azar.
Llevó la otra mano a las llaves y el bombín abrió sin esfuerzo.
—¿Seré zurdo y no lo sabía?
Pasaron al interior del portal, pero Marta reparó en unos palos de madera que se veían aún sobre la acera y soltó un momento a su amante para recogerlo.
—¿Te quieres aficionar a la pintura dejándote las herramientas por el camino? —rio.
La urgencia se había apropiado de las risas y dejaba de lado las bromas, cuando llegaron al piso y abrieron la puerta, se toparon con un periódico que casi les hizo patinar. Lo cogieron del suelo y lo dejaron sobre una pequeña y escuálida mesa que había en el aparador.
Cuando se desplegaron en el sofá del supuesto salón, ya habían soltado sus chaquetas en el suelo, junto al caballete.
Marta tomó aliento.
—Llevo cuatro días, veintitres horas y cuarenta y cuatro minutos sin ti.
Él entrecerró los ojos por un momento.
—¿Por qué cuentas ahora?
—Para que veas que también te tomo en cuenta.
El suspiró y la observó a esos ojos de color avellano con total devoción.
—Mi cuerpo ya respondió por mí.
—Pero no quiero que en un futuro te arrepientas por haberte dejado llevar.
—Un futuro —le empezaron a brillar los ojos mientras Marta le desabrochaba la camisa—, eso me gusta.
Ella descubrió sus hombros, y el corcho estaba ahí, radiante; un tatuaje casi luminoso. Se encorvó para besarlo.
—Si quieres —volvió a besar el dibujo—, me puedo borrar el tribal. —Lo hizo de nuevo—. Total, a nadie le gustó —Entregó otro—, solo a mí.
Él le quitó la camisa, incorporándose para abrazarla por la parte baja de la espalda.
—¿Él que opinaba? —La miraba directamente a los ojos, con intensidad.
—Lo llamó horterada y lo ignoró.
—Pues a mí me parece una marca con glamour, la más sexy que he visto en la vida.
Marta, sorprendida y juguetona, mostró media sonrisa.
—Calla.
Le cerró la boca con un beso intenso.
Con los malentendidos sentimentales resueltos, ambos cuerpos se fundieron de nuevo en uno sólo.
Se echaban tanto de menos que no les hizo falta nada más. El ritmo de la noche les acompañaba con la luz de la luna llena entrando por la ventana y cuando cayeron rendidos, su respiración acompasada les otorgaba una tranquilidad adormecedora.
El sábado había amanecido luminoso y azul.
Mario se desperezó como pudo y reparó en el periódico del suelo con el que casi se escurrieron la noche anterior.
¿Por qué tenía un periódico metido por debajo de la puerta?
Intentó salir de debajo de su chica para ojear el diario sobre el piso. Marta se despertó.
—¿Qué haces, a dónde vas?
—El periódico.
—¿Cómo?
Mario se acercó y lo tomó, no sin antes mirar la hora de su reloj.
—Son casi las ocho y media de la mañana —abrió el periódico y buscó la fecha—, ¡Anteayer! —leyó lo que había escrito a mano alzada—. “Siento parecer entrometido, pero leí la esquela y al ver el apellido creí que debía avisarte, gracias, atentamente, Joaquín”.
—¿El agente inmobiliario? —se extrañó Marta.
Mario se sentó junto a ella y buscó en el periódico lo que comentaba el escrito.
Ahí lo encontró, apenas eran doce o trece anuncios de decesos, pero el más grande tenía un nombre significativo.
—¿Irene Montenegro Almendro? —giró hacia su compañera— ¿Tía Margarita tenía razón?
Siguió leyendo y descubrió que justo a las diez de la mañana la enterraban en el cementerio del tanatorio Sur.
Marta notó que Mario dudaba.
—¿Quieres ir?
—Debo ir; fueron mis abuelos Ernesto y Florinda los que renegaron de ella, y yo no soy ni Manuel ni Marisa, soy Mario.
Marta mostró comprensión, le acarició la cabeza y le besó.
—Pues voy contigo. Me acerco a la casita a ponerme algo más apropiado y vamos al entierro.
—Marta, tú no tienes por qué ir, en serio.
—¡Anda, pero quiero estar contigo, incluso en eso!
Un amor desbordante le provocó soltar los papeles para besarla y abrazarla. Ella correspondió de sumo grado.
Se vistieron de nuevo y salieron dados de la mano. Pudieron caminar hasta la casita de Marta, en la parte sur de la misma calle. Allí se pudieron cambiar de ropa.
La vista de Mario se quedó fijada en el tribal de Marta, memorizando cada curva y detalle, hasta que ella lo cubrió con una camisa blanca.
Completó el atuendo con un traje de pantalón marengo y chaqueta negra que terminaban en accesorios negros y agujas a juego.
—Así también estás sexy. —Sonrió.
Ella entrecerró los ojos y le miró con picardía.
—¿Quieres llegar tarde al entierro de la tía que no conoces?
Él le tomó de la mano y tiró de ella para plantarle un improvisado beso.
—Yo ya visto oscuro habitualmente, ya estoy listo.
Marta volvió a abrir el armario como la semana anterior.
—¿Quieres quedarte con otra de las camisas que compré por si Julián venía a esta casa?
Mario asomó la cara y oteó las oscuras.
—¿Saben, acaso, que tienes esta vivienda y lo que pretendes hacer con ella? —Preguntó al agarrar una camisa del mismo marrón que su cabello y que aún tenía la etiqueta.
—No tienen ni idea, yo lo llamo balneario.
Él se sorprendió gratamente, y se dispuso a cambiarse de camisa.
—¡Me viste aquí con esa novia ficticia que te inventaste!
—¡Sí!
Se quitó la camisa granate para ponerse la marrón.
—Es curioso que me recomiende tu hija, en un ataque de revelación, que yo deje a la novia que te inventaste porque estoy enamorado de ti.
Marta alzó una ceja.
Se colocó la chaqueta, dejando la camisa usada colgando del respaldo de una de las sillas del comedor.
—¿Vamos?
—Juntos.
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Editado: 20.03.2026