Mi vida por ser infiel

39: Viviendas.

Marta no pudo evitar que su faz mostrara frustración. Su hijo lo había descrito bastante bien con una sencilla pregunta que insinuaba todo lo que no quería escuchar y bajó la voz.
—¿Mario ha sentido celos de tu padre?
—Efectivamente. —Julián afirmó también.
—Pero es normal, ha sido el gran amor de mi vida y con él os tuve a Melisa y a ti.
—Pero, mamá, ¿contabilizar los días, en serio?
—¿Ha sido eso? —estiró el cuello como una gallina—. Descubrí el otro día el parte de defunción de Sebastián y me dio por calcularlo.
—Pues no parecía casualidad, mamá. —Suspiró—. Yo diría que le ha sentado a cuerno quemado.
—A ti también, ya te vale con la parafrasería, Julián, coño. —Se quejó.
Él puso los ojos en blanco y, con su madre del brazo, tiró de ella para incorporarse al grupo y fingir que todo iba bien.
El rockero se mostró bastante curioso por saber los nombres de todos. Después, según enseñaba la casa, e interrumpiendo a Joaquín, el agente inmobiliario, también le daba tiempo para hacer la búsqueda de cada nombre.
Se quedó un poco contrariado cuando Manuel le dijo que su mujer era Marta, la que se había quedado rezagada y acudía con retraso a la pregunta. No preguntó más por la pareja, pero alguien tenía una pregunta para él que no tenía nada que ver con el precio.
—Los vecinos de al lado, ¿han vivido siempre ahí?
—¿Los Estuardo? —Se extrañó de la pregunta de Mario— Ayudaron a diseñar muchas casas de la zona. Están desde el principio.
Se giró hacia su padre; le acusaba con la mirada. Manuel entendía perfectamente lo que su hijo le recriminaba, negó en silencio y vocalizó un “después” que no se oyó.
Contabilizaron seis habitaciones y cuatro baños; había dos cocinas y una sala acogedora al lado del salón que era perfecta para poner la oficina compartida y trabajar desde casa.
—¡Y en la cabañita del jardín, hay tres habitaciones y dos baños! —Joaquín se mostró entusiasmado—, ¡que por eso insistió la señora en ello!
Salieron al jardín y esquivaron la piscina para llegar a esa casita.
Lo primero que hicieron fue admirar los techos tan altos de la entrada y, a continuación, alabar el juego de luces de la puerta tras cerrarla.
—¿Quiénes vivirán aquí? —preguntó el dueño.
—Yo. —Marta dio un paso adelante.
El hombre se extrañó y ante Manuel, preguntó:
—¿Y en la grande?
—Ahí vivirían él y su hijo. —Puntualizó ella, respondiendo por él.
Al parecer, se había hecho una idea equivocada, y Mario fue quien lo aclaró.
—Es un matrimonio comercial, puramente burocrático, entre dos amigos que han unido sus empresas.
Marta le miraba con una admiración que no quería mostrar; Julián sonrió con suficiencia; Melisa entrecerró los ojos con recelo; Felisa mostraba una sonrisa de obviedad y Manuel era pura sorpresa aún por lo dicho por ella.
La faz del dueño fue exteriorizando una expectación en crecimiento, que a todos los demás se les hizo eterno.
—¡Me encanta que los compradores sean sinceros!
Joaquín se olió la intención y preguntó:
—¿Entonces va a vender la casa por fin?
—Todos los candidatos que me has traído me mostraban una cara y decían algo completamente distinto. ¡Esta familia me gusta, me la quedo!
Melisa dio un pequeño salto, como ofendida.
—¡Ni que fuéramos nosotros el inmueble!
El hombre rio. Se giró hacia Joaquín y le susurró algo al oído, que le alarmó.
—¿En serio? —se echó la palma a la frente—. ¿Por ellos sí? Joder, don Jota, ya le vale. —Tras unos cálculos mentales, soltó la bomba—. A ustedes no les quiere inflar el precio de mercado y se lo deja a casi dos millones de euros y no a cuatro, como me lleva diciendo con cada visita que hacemos.
—¿Ahí está incluida tu comisión? —quiso saber Julián.
—Eso lo deja en un cuarto por encima de los dos millones, pero no sé si castigarle por tomarnos el pelo a la agencia de esta manera —miró de manera inquisitiva al rockero—, ¿verdad, don Jota?
—A mí me parece un buen precio, la verdad. —Comentó Manuel.
Julián fue el primero en estar de acuerdo y pudieron firmar el pago de la señal.
Terminaron la visita en cuanto Joaquín recogió el contrato, y Marta echó la vista atrás, visualizándose al salir de esa casa anexa y entrando en la piscina para darse un chapuzón. Sabía que había hecho algo de lo que no se arrepentiría.
Al salir del recinto de la casa, un hombre rubio de ojos oscuros les esperaba junto a otro mayor, más alto y con apariencia de armario. Eran Lope y Mauro de nuevo.
Manuel se sorprendió al ver al más joven.
—Lope, ¿eres tú de verdad? —Se acercó a darle un abrazo.
Mauro dio un paso al frente, marcando protección a su jefe, pero este declinó la intención y se giró hacia su tío.
—¿Son tu nueva familia? —Lope sonrió con complicidad—. Mario me dijo que eran sus hermanastros. ¿La tía y tú os divorciásteis?
—Llevamos tanto tiempo sin tener contacto, sobrino… Marcela falleció hace tres años.
Lope se llevó la mano a la boca, miró a Mauro e hizo un leve movimiento de cabeza. Mauro se inclinó levemente y entró en la casa.
El chico extendió la mano hacia Felisa.
—Soy Lope, sobrino de Manuel, encantado.
La mujer se sonrojó bastante; Marta sonrió, levantando las cejas. Entre Mario y ella se cruzaron las miradas con la complicidad de quienes saben algo que los demás no saben.
—Yo no… —Felisa dio un paso atrás y movió las manos—; la esposa de Manuel es mi cuñada Marta. —la señaló.
Dio un paso al frente y ella sí le estrechó la mano.
Mario juntó las manos y sonrió a su primo.
—Nos vamos a ir a casa, Lope, que tenemos que empezar a hacer la mudanza.
—¡No, espera un momento!
Todos se miraron.
—¿Por?
—Quizás así mi madre quiera salir de casa, ¿te importa?
Mario miró a su padre, extrañado, en parte para pedirle permiso con la mirada, y en parte con la esperanza de que le diera algún motivo.
—Yo no voy a entrar en esa casa por honor a tu madre, pero tú eres libre de hacer lo que quieras, Mario.
Se enderezó con algo de preocupación, pero mucha contrariedad. Se volvió hacia su primo.
—Si puede llegar hasta la puerta…




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