Tras dormir con los nervios a flor de piel y una ducha fresquita previa, la cita con el agente inmobiliario era a las nueve de la mañana, y al igual que para ver la otra casa, el punto de encuentro era en la puerta.
Marta siguió su instinto al ofrecerle a su amiga el hecho de acompañarla a ver la casa. No creyó que hiciera falta seguir lo que sugirió Mario, pero la curiosidad le pudo.
No quisieron molestar a Hugo y, sin embargo, Julián y Melisa quisieron ir con ganas.
Por su parte, Manuel acudió con Mario, igual que la vez anterior.
Esta vez fue el agente inmobiliario el último en llegar, ah, y lo hizo junto al dueño de la casa; un melenudo excéntrico que vestía como si tocara hard rock en un zepelín.
Joaquín abrió la puerta para que todos entraran. Melisa seguía observando el vehículo negro, parado ante el portón de la casa de al lado.
Julián y Mario no apartaron la vista de ella, y dirigieron su vista hacia el foco que miraba Melisa.
Un hombre corpulento, musculoso y atractivo de casi dos metros salió del asiento del conductor y se dirigió a teclear la clave de entrada. Melisa estaba completamente abstraída en su presencia. El hombre resopló y se volvió a meter en el coche. La puerta se abrió y entró con el vehículo, tras lo cual se cerró la verja.
—A ese hombre le he visto antes. —le comentó Mario a Julián al fijarse en su cara—. Pero creo que le habré visto solo un par de veces.
La curiosidad de Melisa le hizo acercarse a la valla divisoria llena de hiedra. Su hermano y su hermanastro se acoplaron a su curiosidad.
—¿Qué buscas, hermanita?
—No sé, ¿saber?
Melisa se aferraba a la valla como si estuviera viendo el clímax de una película; y a ellos, sin embargo, apenas les costaba asomar la vista.
—¿Dónde habré visto yo antes a ese hombre? —volvió a cuestionar Mario.
El hombre abrió la puerta trasera del coche y un chico joven, rubio y esbelto salió sin percatarse de que le observaban.
Melisa sonrió, pero su hermanastro se sorprendió al reconocer al que salía del coche.
—¿Lope?
El chico se giró hacia la valla con enredadera.
—¿Mario?
Él sonrió sin reparo y se giró a llamar a su padre.
—¡Papá, el primo Lope vive al lado!
El grandullón sonrió por primera vez de manera genuina al escuchar las palabras del que estaba asomado a la valla. Se fijó en los mellizos que tenía Mario al lado.
—Mucho gusto en volver a verle, don Mario; ¿esos dos chismosos están con usted? —señaló a Melisa y a Julián según lo decía, con una sonrisa de picardía.
—Son mis hermanastros, Mauro.
Y este se giró hacia ellos.
—¿Os interesa o solo es curiosidad?
Julián se bajó pidiendo disculpas. Melisa aún seguía aferrada al borde.
—Eres un muro de hombre, tu nombre te va como anillo al dedo.
Entre Mario y Julián consiguieron desenganchar a Melisa, aunque no sin antes haber provocado un severo sonrojo en la cara del grandullón.
—¿Pero qué te ha pasado, caray? —su hermano le pedía explicaciones.
—No sé, me ha llamado la atención. —Miró directamente a Mario—. ¿Mauro es un nombre normal, o es un mote?
—Espera, que me pierdo, ¿te interesa el guardaespaldas de mi primo? —Él estaba perplejo.
Ella entrecerró los ojos, con sorna.
—Es curiosidad.
—Mapache.
—Lo que tú digas.
Melisa se dirigió hacia su madre, su tía y su padrastro, ignorando a los otros que dejaba atrás.
—Ya te digo yo que sí, Mario; cuando algo le llama la atención…
—¡Bueno, al menos volveré a hablar con mi primo! —se encogió de hombros—, ¿vemos la casa?
Ambos se unieron a la comitiva para ver la vivienda.
El recibidor era amplio y acogedor; el dueño de la casa había contado una anécdota y llegaron para apenas escuchar las risas agonizando.
Después de lo que vio el día anterior, a Mario le pareció bastante significativo que su padre se hubiera colocado entre las dos mujeres. A un lado, con quien cree que debe estar, y al otro, con quien quiere estar en realidad.
Unos grandes ventanales de mural mostraban el patio y la casa anexa.
Marta se sorprendió y se detuvo a verlo. Manuel ni se inmutó. Mario, sin embargo, se quedó a su lado, codo con codo, admirando las vistas, todo.
—Esa piscina es más pequeña que la otra.
—¿Qué? —se giró— ¡Ah, Mario! —miró a ambos lados— ¡No me había dado cuenta!
Una sonrisa se dibujó en la cara del joven.
—Y no eres la única —se acercó levemente a su hombro y señaló con un gesto al resto—; se coloca entre vosotras para tenerte al lado, y si desapareces, te ignora. —Una sonrisa de satisfacción se dibujó en su cara—. “Eso no se hace, papaíto”.
Marta observaba al grupo y se dio cuenta de lo que insinuaba; esbozó una sonrisa hasta que reparó en que también faltaba Julián.
—¿Dónde está mi hijo?
—Me tenéis detrás.
El susto en la pareja fue mayúsculo.
—¿Cuánto llevas…? —intentó preguntar Mario, más rojo que un tomate.
—Me paré a la vez, he entendido todo.
—En… ¿Entendido? —tartamudeó su madre.
—Sí, mamá, vuestra complicidad y la suya. —Lo dijo señalando descaradamente a Manuel y Felisa.
—¡Nosotros no…! —se excusaron al unísono.
Julián puso los ojos en blanco y resopló.
—Pero si lo estáis hasta para desmentirlo, joder. —Se cruzó de brazos—. Y supongo que el viernes con el guapo subido, es cosa tuya.
—¿Perdón? —El aludido palideció.
Marta miró a su hijo y su amante alternativamente mientras se sonrojaba.
—Mamá, no te voy a juzgar, papá falleció hace más de quince años, ¿recuerdas?
—Hace dieciocho años, dos meses y doce días. —Ella tenía fruncido el ceño, como si le recriminara algo a alguien.
Mario se enderezó; se sintió algo contrariado respecto a lo dicho por Marta.
—¿El tribal era por Sebastián? —Era un hilo de voz.
—¡Claro!, es un tatuaje de mi época adolescente, ¿por quién iba a ser, si no?
Mario se apartó y lentamente caminó hacia el grupo, dejando a madre e hijo solos.
Julián abrazó a su madre, que no entendía su reacción, e intentó racionalizarlo con una pregunta.
—¿Cómo gestionas tus celos de un muerto, con el que no puedes competir?
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Editado: 20.03.2026