Mario no respondió. Marta sonrió con curiosidad.
—¿Y bien?
Mario parpadeó.
—Disculpa, pero me había quedado embobado.
A Marta le resultó gracioso, en otras circunstancias hubiera reaccionado de manera distinta.
—Ya veo, ya. —Marta conocía de sobra ese tipo de coqueteo, y, aunque el subconsciente le avisaba del peligro, el magnetismo era innegable.
—¿Te has reído? —Mario mostró una mezcla entre sorpresa e ilusión bastante genuina, que dejó a Marta sin defensas por un momento—. ¡Te has reído!
—Tengo una risa bastante difícil de hallar porque es contagiosa. —Marta le advirtió, algo coqueta. —Si me hubiera reído, te habrías enterado, créeme.
Mario se sintió tentado y sus palabras salieron solas de su boca sin pensarlo.
—Ahora no quisiera hacer otra cosa que escuchar tu risa.
Una sonrisa sincera al decirlo, una mirada exagerada de sorpresa y su mano tapándose la boca. Y todo en menos de un segundo.
Marta se acercó; instintivamente acercó la mano y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos, con sutileza.
Mario contuvo la respiración y la miró a los ojos. Eso que ardía en su interior no era galantería; era algo más físico, más peligroso. Tragó saliva al mirarla los labios.
—Quizás algún día te llegue el eco. —Marta bromeó, sin mucho afán.
Mario subió instintivamente su mano para entrelazar sus dedos con los de Marta y se acercó muy despacio por miedo a romper lo que estuviera pasando.
Un acelerador sonó desde el estacionamiento donde se hallaba el coche de Marta.
Un par de parpadeos y Marta se disculpó para dirigirse hacia su automóvil.
Mario, que aún mantenía la respiración, se miró la mano con algo de añoranza por el tacto de su piel.
Quería tenerla entre sus brazos, quería oírla gemir su nombre, quería saborear cada rincón de su piel ¿Por qué sentía ese impulso tan primitivo y visceral de una mujer a la que acababa de conocer?
Miró su Mercedes, la observó caminar y no racionalizó sus pensamientos. Se esperó a que entrara en el parking por las escaleras y montó en su coche para entrar al estacionamiento.
—¡Es una maldita locura, pero no me la quito de la cabeza! —Se dijo a sí mismo mientras pasaba el torniquete para entrar con el vehículo.
Marta pasó su ficha para poder ir por su coche, pero la cara de Mario no desaparecía de su mente. El cuerpo tonificado que se adivinaba bajo su chaqueta negra de tejido polar y esa sudadera granate con capucha no podían ser más que alucinaciones, alimentadas por su falta de “vida” en su propia vida.
Pero entonces, ¿Por qué le ardía todo el cuerpo con sólo recordar su sensual voz?
Se echó la mano al vientre sobre el diafragma, y respiró profundamente, con los ojos cerrados para calmarse.
—No le volverás a ver, Marta —se dijo a sí misma—, olvídalo.
Llegó a su coche y se sentó para salir, pero una bocina le llamó la atención.
Mario le saludaba desde su coche, con una sonrisa radiante por haberla encontrado, muy difícil de ocultar.
—¿Te acompaño a tu casa? —preguntó gritando Mario, con más miedo que sorpresa.
Marta, en su interior pensaba «No, dile que no; y vuelve a tu rutina segura y estable, que tanto te ha costado mantener; no hagas una locura de la que te arrepentirás el resto de tu…» y antes de terminar, se asomó por la ventanilla bajada.
—¡Sígueme! —contestó con una mezcla entre temeridad y lujuria.
Los dos automóviles recorrían Madrid callejeando como estelas en el cielo por vías sin apenas semáforos.
Con el Mercedes gris, siempre delante, marcando la ruta; llegaron a la zona ochentera del ensanche de Vallecas, donde ya empezaron a disminuir la velocidad.
Por primera vez en su vida, Marta se alegró genuinamente de que sus hijos ya no vivieran con ella y permitió a Mario dejar su vehículo en la segunda plaza de garaje asignada al amplio apartamento.
Subieron en el ascensor hasta el sexto piso donde vivía Marta.
Un lugar público como las zonas comunes, y en especial, el ascensor, no cohibieron ni un ápice del deseo que les guiaba.
Un espejo en el descansillo entre la puerta del ascensor y su casa, les devolvía una escena de dos adolescentes descubriendo el verdadero significado del deseo y la lujuria.
Pero él no tenía quince, ella tampoco.
Tras pasar el umbral de la puerta, la inercia les permitió emitir algún sonido de placer.
El bolso fue lo primero en caer al suelo y los abrigos acabaron en el mismo sitio. No había tiempo que perder y la urgencia se llegaba a escuchar entre besos y respiraciones entrecortadas.
Al llegar a la habitación, ya eran plenamente conscientes de la temperatura de su piel.
Marta empujó a Mario sobre la cama sin dejarle apenas respirar.
—Marta… —suplicó Mario cuando ella se encorvó para tomar un poco de aliento.
Ella no respondió en ese momento pero su mente estaba inundada de su nombre y no era capaz de pensar en otra cosa que no fuera en Mario.
Él sintió el deseo incondicional de expresar algo que le parecía desubicado y se contuvo de emitir esas dos palabras que hubieran sonado a vinilo patinado en pleno forcejeo. En cambio, prefirió decir algo más adecuado.
— …te… —gimió— te deseo desde que te vi.
—Calla. —Ella ordenó.
La intensidad tardó en disminuir, como si hubieran encajado desde siempre. Y la noche llegó a ampararles como una manta cálida y suave como el terciopelo.
Mario abrazó a Marta bajo su cobijo, y hundió su nariz entre sus rizos castaños; inhalando su aroma.
—Piñas, me gusta mucho la mezcla. —aspiró un poco más—. Es tremendamente sexy, que tu aroma mezcle el trópico con los bosques.
Marta observó la escena como si fuera alguien ajeno y contuvo la respiración. Se sintió tremendamente culpable por haberse dejado llevar.
Un ligero aroma a chocolate la desconcertó e intentó levantarse de la cama.
—¿Hueles a chocolate? —desvió ese pensamiento y mintió—, deberías irte, mis hijos acudirán temprano y no sabría responderles si me llegasen a preguntar.
Mario levantó la cabeza y la miró a los ojos.
—Esto no ha sido solo un desliz —la respiración profunda de Mario marcaba un profundo dolor por miedo a su rechazo—, yo he sentido cosas —desvió la mirada hacia sus labios, pensando que casi le grita que la amaba.
—Pero no volverá a pasar.
Marta se levantó de la cama, y se puso de pie, dispuesta a vestirse.
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Editado: 20.01.2026