Mi vida por serte infiel

3: El desayuno.

Mario se sentó. Observó la espalda desnuda de Marta a contraluz y le pareció la imagen más hermosa que había contemplado en su vida.
Por eso le dolió tanto la frase de ella al levantarse de la cama.
—¿Y ya está? —Mario esperaba alguna palabra más por su parte—, ¿Hasta aquí?
Marta se giró levemente y mostró su perfil. Su frente, su nariz, sus labios, su barbilla, su cuello. Mario la miraba como si la estuviera estudiando para replicarla a la perfección.
Cuando ella le miró, algo se rompió en su interior.
—Estoy a punto de cumplir cincuenta años y tengo una vida estable que no puedo tirar a la basura por una noche de sexo. —Su mirada le estaba pidiendo perdón con los ojos brillantes por la emoción; aunque sus palabras y su voz mostraban lo contrario.
—¿Estás casada? —Mario le dió la espalda, aunque no dejaba de mirarla por encima de su hombro—. Tu edad me da igual.
—No estoy casada, me divorcié y mi exmarido falleció. —Comentó Marta mientras se abrochaba una camisa gris de raso.
Mario se puso en pie y rodeó la cama, se puso delante de Marta y se encorvó un poco para mirarla a los ojos.
—Si no te espera nadie, ¿Qué problema hay? —Mario la abrazó.
—Podría ser tu madre, Mario. —Se le quebró un poco la voz.
—Me da igual, Marta —Mario le tomó la barbilla y la besó con ansia, como si pudiera atarla con ese gesto—, eso me da igual.
—¿Qué edad tienes —Marta se apartó un poco, se encorvó hacia atrás sin zafarse del abrazo—, veinticuatro años?
—Veintiséis. —Mario se inclinó para besarla de nuevo.
Marta ladeó la cabeza girándola, haciendo que el beso cayera en la parte baja del cuello. Mario siguió el camino, subiendo por el cuello, y cuando llegó a la oreja, ella emitió un leve gemido.
—Dime que no quieres esto y pararé —susurró en su oído, con gravedad en la voz—, pero no me pidas que te olvide porque me matarías.
Marta flaqueó y Mario la sujetó. Cuando se miraron a los ojos, ambos tenían los ojos vidriosos.
—Puedes desayunar si quieres, pero debes irte. —Marta juntó su frente con la de Mario, sonreía amargamente y él también.
—¿Cómo definiríamos esto? —Pidió él.
—Algo que no debería ocurrir, Mario.
Él la soltó de mala gana y cogió su ropa.
—Pues que así sea. —Mario estaba dolido, profundamente—. No te preocupes por mi alimentación, no eres mi madre.
Mario se puso los calzoncillos, la camiseta térmica, los pantalones y las prendas de abrigo.
Marta le observaba vestirse, recreándose en sus abdominales esculpidos y sus glúteos bien definidos. Deseaba con todas sus fuerzas que Mario se quedara, ansiaba sentirle la piel, oler su aroma, saborear sus labios, besar su boca. Sin embargo, solo oyó su voz dolida y le contempló irse de la cama, de la habitación, de su vida.
Marta se acercó al espejo que era la puerta del armario y se observó detenidamente. Apenas llevaba una fina camisa de raso mal abotonada y su cuello mostraba más piel de la debida.
Se fijó en una marca rojiza que asomaba por debajo de la oreja y recordó su propio gemido. Frunció levemente los labios y se recompuso. Se cambió los pendientes por unos discos de acero lacado que tapaban el chupetón.
Se puso un sostén sin tirantes antes de volver a abrocharse la camisa de nuevo. Se puso la parte interior de la lencería y según se puso las medias, a su mente vino la imagen de cómo él se las había quitado. Con una negación, apartó la escena de su mente y prosiguió. Sacó una percha del armario con un traje de chaqueta y falda de color blanco roto.
Aún no se lo había puesto del todo cuando sonó el timbre.
Temió que Mario volviera y un ardor se apoderó de sus entrañas. Cuando descolgó el portero automático para preguntar quién era, se relajó al oír la voz de Julián.
—Mamá, llegamos tarde a GOZZE. ¿Bajas?
—Me tomo un café y bajo. ¡Enseguida estoy ahí!
Un golpe en la puerta le interrumpió. Se bebió el café de un trago, y prefirió guardar el brick de leche en la nevera antes que abrir la puerta.
Y ahí lo vio. Un sobre pequeño, blanco, solitario.
Volvieron a golpear la puerta.
—¡Mamá! —arriba, era Melisa quien llamaba—, ¿Sales ya?
Marta se guardó el sobre en el bolso, enjuagó su taza y la dejó en el fregadero.
Al abrir la puerta, descubrió a Melisa con el puño levantado, dispuesta a golpear otra vez la puerta.
—Se me pegaron las sábanas, perdona, hija. —Comentó mientras echaba la llave.
Melisa, sorprendida, miraba a su madre pasar al lado suyo con algo de reticencia.
—¿Desde cuándo se te pegan a tí las sábanas, mamá?
—Meli, soy mi propia jefa ¿No crees que me pueda permitir llegar un día justa de tiempo al trabajo?
Melisa levantó las manos y estiró la cara.
—¡No he dicho nada!
Marta y Melisa bajaron al aparcamiento, donde Julián les esperaba de pie junto al coche.
—¡Hoy estás radiante, mamá! —Comentó su hijo al verla.
—¡Se había quedado dormida! ¿Tú te crees? —Se quejó Melisa.
—Pues si dormir más rato hace que se vea así de guapa, que duerma tanto como quiera. —Julián se encogió de hombros y se sentó en el asiento del conductor.
El automóvil de Julián salió del estacionamiento, en dirección a las oficinas de GOZZE. En el trayecto, Julián comentó una anécdota extraña.
—Según llegué al parking, vi como un vecino tuyo usaba tu segunda plaza para maniobrar y cambiar de dirección.
Marta se puso blanca al darse cuenta de que no era un vecino a quien había visto Julián, había visto a Mario.
Se giró hacia la ventana, tenía una macedonia de sentimientos encontrados dentro y lo único que se le ocurrió decir fue:
—En realidad, aunque me acosté pronto, tardé en conciliar el sueño. —Mintió.
—Esa no es una buena rutina, ¿Te preocupa algo? —Le regañó Melisa desde el asiento trasero.
—Me habré despertado con el guapo subido. —Desvió la conversación parafraseando.
—¡Eso desde luego! —Celebró Julián sin levantar la vista del asfalto.




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