Marta sabía que Julián estaba encantado de irla a buscar porque así podía ocupar la plaza de garaje del director de la empresa con su propio coche.
Llegaron al edificio de las oficinas antes de la hora prevista.
Marta saludó a Fil, como siempre, que por primera vez la silbó. A Marta le subieron los colores, en lo que se fijó Melisa. Julián echó una mirada asesina, por ser grosero, al guardia de seguridad.
—¡Es una de tus jefes, Filemón, un poco de profesionalidad!
El guarda de seguridad se asustó un poco y se sentó en su puesto.
Subieron los nueve niveles hasta llegar a la empresa y cada uno se fue a su oficina, justo antes de las ocho, para empezar a trabajar.
Marta dejó su enorme fular y su bolso colgados del perchero; dispuesta a empezar su trabajo, pero tuvo que volver porque se olvidaba del móvil.
Y ahí lo vio, el sobre.
Pensó que quizás lo habría dejado alguno de sus hijos como broma; pues lo estuvieron haciendo de manera habitual hasta pasada la adolescencia.
Se lo llevó a la mesa, para mirarlo más adelante.
Entre balances y archivos, la mañana se pasó volando.
Recibió un email, era Manuel.
“Apreciada homónima, Marta Solís, me siento abrumado por tu sugerencia y también lo he consultado con mis socios e inversores. Todos están de acuerdo con formalizar la unión de las empresas. Mi hijo ha sugerido que se formalice con algún acuerdo y querría proponerte ir a cenar esta tarde en el restaurante del Hotel Estuardo que hay cerca de Caleido. Acudo habitualmente a cenar todos los viernes. He dado indicaciones al restaurante respecto a una posible acompañante y espero, sinceramente, que tú ocupes ese lugar. Atentamente, Manuel Ruiz, CEO de ADAN.”
Una sonrisa de gratitud asomó en su cara, acordándose de la dulzura de Manuel.
Escribió el email de respuesta afirmativa con soltura y lo envío.
Se levantó para acudir a la comida con sus hijos y su vista se desvió al pequeño sobre, sobre la mesa.
Lo tomó, con una sonrisa de orgullo maternal y lo abrió.
Según salía la tarjeta desde dentro del papel plegado, su cara se fue ensombreciendo.
A su mente acudieron recuerdos de sus besos, de su cuerpo, de su voz y de su olor a chocolate.
Mario Ruiz Montenegro.
Y un número de teléfono.
Le dió la vuelta a la tarjeta. No quería mirar ese nombre. No quería ese número. Lo que leyó al dorso fue peor. Le flaquearon las piernas y casi se cae.
“Me contagiaste la risa de la que nunca me olvidaré”
Marta era muy consciente de lo que había hecho por la noche y reír, precisamente reír, no lo hizo en ningún momento.
Estuvo tentada de avisar a la policía, pero su vago argumento se desintegraba al darse cuenta de que no era acoso. Al menos, todavía.
Miró el teléfono apuntado en la tarjeta; su mano instintivamente acudió al cuello, justo detrás de la oreja, donde tenía esa marca desde hace apenas unas horas. Una sonrisa se dibujó en su cara, y se dio cuenta de ello.
Guardó el contacto en su agenda del teléfono con una ilusión que ya había olvidado; y al darse cuenta de su propio impulso adolescente, tiró la tarjeta a la papelera como si fuera un arma humeante.
Asió su bolso y abrió la puerta del despacho para comer con sus hijos. Con un pie en el pasillo y otro aún en la oficina, giró sobre sí misma y su mirada se dirigió directamente a la papelera y con resignación, dejó que la urgencia del recuerdo prevaleciera y rescató la tarjeta justo antes de salir y cerrar.
Comió junto a Julián y Melisa en un restaurante modesto que había a la vuelta de la oficina y que servían tapas al estilo euskaldún.
Siempre pedían los mismos platos, pero Marta sorprendió a sus hijos y al camarero pidiendo un plato de marmitaco.
Con la excusa de compartir, se convenció a sí misma de que un pequeño cambio no le afectaría más de lo normal.
Melisa se preocupó un poco, pero Julián estaba encantado con los cambios que acontecían en su madre.
Marta les comentó el correo electrónico que había recibido de Manuel Ruiz, CEO de ADAN, y Julián ya estaba anotando mentalmente datos para incorporar al contrato. Melisa estaba cruzada de brazos, negando con una sonrisa de resignación. Pero esa noticia les desvió del rumbo que estaba tomando la conversación y se pudo olvidar levemente de todo lo que había cambiado su vida en menos de veinticuatro horas, aunque solo lo supiera ella.
Volvieron al trabajo y a su rutina de revisión de pedidos y contactos de clientes y proveedores, como hacían todos los días.
A las seis de la tarde, Julián la llevó a casa, junto a Melisa. Pensó que era una madre afortunada, al tener unos hijos tan dedicados y leales; y por eso, el deseo de la noche anterior le pesaba tanto en la conciencia.
Cuando llegó a su habitación, se sorprendió disfrutando el lejano olor a chocolate que provenía de su cama y se obligó a mirar el armario en busca de un traje más acorde con la cita de esa noche.
Encontró un traje azul marino, con solapas de azul lapislázuli y pantalones a juego con raya diplomática. Un suéter celeste y con escote modesto terminó el conjunto.
Se acercó a la cama con la esperanza de captar una brizna del aroma a chocolate que sintió al entrar, pero su nariz ya se había acomodado al olor.
Abrió el email de Manuel para apuntar la dirección de la cita. Tomó su abrigo y fue a su coche; salió del parking y llegó a la zona de las Cuatro Torres en donde estaba el restaurante.
Marta intentó negar los cambios que el encuentro con Mario había provocado en sus hábitos, y, resignándose por enésima vez, se dijo a sí misma lo que ya le dijo al chico; que no le volvería a ver.
Sacó su mejor sonrisa al exterior y se dispuso a pasar una agradable velada con el hombre con el que sí que le otorgaba la estabilidad que ya formaba parte de su vida y que no iba a arriesgar.
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Editado: 20.01.2026