En una mesa al pie de la ventana más grande del restaurante había sentado un hombre.
Con un impecable traje azul pétreo y una corbata de color azul marino.
Su cabello marmoleado estaba impecable y era fuerte.
Manuel la vio aparecer por la puerta y la saludó con la mano. Marta se acercó con algo de timidez y antes de llegar a la mesa, él se levantó y le apartó la silla.
—Buenas noches, Manuel. —Saludó Marta mientras él posicionaba su silla.
—Siempre es un placer verte, Marta.
Manuel le tendió la mano, que ella le estrechó, y él le besó los nudillos con cariño.
Pidieron la sugerencia del chef, un hermoso pastel Wellington de ternera. Maridado con un tinto Rioja del 94, de bodega exclusiva.
—Deliciosa elección. —Comentó Marta al probar el vino.
—Lo escogió personalmente Dionisio Estuardo, el dueño del hotel.
—Pues tiene un gusto exquisito. —Marta tomó otro sorbo y dejó la copa sobre la mesa.
—Pero no hablemos de mi cuñado, Marta —Manuel, juntó sus manos y apoyó la barbilla—; estoy interesado en saber más de tu propuesta, la de unir nuestras empresas.
Marta sonrió con complicidad, estaban en igualdad de condiciones, pero ella era muy hábil manejando esas situaciones. Se limpió la comisura de la boca y se dispuso a exponer su propuesta.
—Tanto GOZZE como ADAN son empresas modestas y con recursos, cada vez, más limitados. ¿Estás de acuerdo?
—Mi hijo es optimista al respecto, pero yo opino igual que tú; prosigue. —Manuel sonreía con candor, y alternaba la vista entre los ojos y los labios de Marta.
—El jefe de economía de mi empresa me ha presentado un balance muy beneficioso si llegásemos a cabo la fusión. —Marta presentó sobre la mesa el balance con una sonrisa muy bien estudiada.
Manuel ojeó con interés los datos y le devolvió la carpeta. Por encima ofreció la mano, esperando que Marta la tomara.
Ella cogió la carpeta y la guardó en el bolso.
—En ADAN, el jefe de relaciones públicas; que es mi único hijo, y que también ha leído la propuesta que me enviaste por email; me ha sugerido que forjemos la unión con una boda.
—¿Una boda? —Marta iba a darle la mano, pero esa sugerencia le pilló desprevenida y la apartó— ¿No es algo drástico?
—He de admitir que me he sentido cautivado por tu belleza desde que te conocí hace un mes, pero hoy estás arrebatadora. —Manuel sonreía con dulzura y no recogió su mano todavía.
—Cierto es que mis hijos también lo han llegado a insinuar —Marta desvío la mirada, con algo de maquinación, que parecía coquetería—, pero no está desprovisto de riesgos, claro.
—Mi hijo sabe que tú me agradas, y no quiere verme morir solo. —Ahora era Manuel quien pretendía jugar la baza de la lástima.
—Y aprovecha la unión de las empresas para buscarte una novia ¿Cierto? —Marta se sintió tentada.
—Razones no le faltan, Marta, y nada me agradaría más que hacerlo en tu compañía.
Manuel, a continuación, se levantó y sacó algo del bolsillo. Se acercó a Marta e hincó una rodilla, entregándole una estilográfica a modo de compromiso.
Marta, abrumada, observó al resto de comensales del restaurante, y por último a Manuel.
—¿Qué haces, Manuel? ¡Levántate!
—¿Querrías unir nuestras vidas, como una única vía?
—Manuel, no te entiendo, ¿me estás proponiendo en serio que nos casemos?
—Mañana mismo si quieres, tengo amigos en el ayuntamiento que me pueden casar.
—¿No te parece precipitado? —Marta aún era un poco reticente.
—Si lo dices por el contrato, mi hijo ya se molestó en redactarlo.
—Me parece que tu hijo te quiere quitar de en medio. —Bromeó Marta—. Aunque es cierto que tenemos una edad en la que todo nos pesa un poco más que antes.
Marta tomó la pluma y aceptó.
Manuel sonrió. Algo en esa sonrisa le pinzó a Marta el corazón al recordar la sonrisa de Mario. Quizás era la esperanza de buscarle o que realmente tenían una sonrisa muy parecida, pero Manuel se acercó intentando buscar un beso y Marta se lo rechazó.
—Lo siento, Manuel, son solo negocios. —Marta intentó excusarse de manera torpe y rápida, que no encajaba con lo que, coger el regalo, significaba.
Ella misma se dió cuenta y su respuesta fue un abrazo. Un gesto tan cariñoso como un beso espontáneo, pero que marcaba la dirección de su relación hacia la amistad pura y dura.
—No pasa nada, Marta, entiendo que aún no hayas olvidado a Sebastián, yo tampoco he superado a Marcela. —Manuel le besó las manos y se volvió a sentar en su silla.
Marta le notó un poquito afectado. Pero la primera afectada era ella, que no entendía la reacción de su cuerpo.
Tras los postres y con una pluma estilográfica en el bolsillo; Marta, y también Manuel, regresó a su casa.
Marta llegó a casa por inercia desde el parking del edificio donde vive y sin apenas quitarse el abrigo y los tacones, se tumbó en la cama, de bruces, a bocajarro.
Otra vez el olor a chocolate.
Se levantó muy cabreada, con rabia. Se quitó la chaqueta y la falda con emergencia. Cogió el frasco de su colonia favorita, la que unía el aroma a piña con el aroma a piñones, y vaporizó con rabia sobre la cama.
—¡Lárgate de mi mente, Mario! —le gritaba al aroma, a chocolate que había persistido en la cama—, ¡abandona mis pensamientos de una vez, joder!
Nunca se había mostrado tan rabiosa, nunca antes habría rechazado una muestra de afecto de alguien con el que era tan afín, y, sin embargo; ahí estaba, llorando de dolor por un joven que le había trastocado la vida hasta tal punto que se cuestionaba todo.
Una chispa por su mente le hizo soltar su frasco de perfume, tirarse otra vez sobre la cama.
—¡No, no, no, no! —Con los ojos hinchados por las lágrimas, hundió la nariz, en busca de algún atisbo de ese aroma tan característico que le recordaba a Mario y por fin se permitió admitirlo— ¿Mario, qué me has hecho, que ya no soy la misma?
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Editado: 20.01.2026