Mario estaba sentado en el sofá, viendo una película noventera. Como le inculcó Marcela Montenegro, su madre. Cuando entró Manuel, estaba viendo una comedia de Sylvester Stallone y una viejecita adorable.
—¡Papá! ¿Qué tal te fue la cita? —Preguntó con ilusión al verle quitarse el abrigo.
—Mario, no ha sido una cita, no insistas. —Manuel estaba algo desganado.
—Bueno, a ver, papá —Mario se levantó del sofá—, alagabas mucho a la CEO de GOZZE —rodó la vista al acercarse—, y no solo por su empresa. Esa mujer te gusta en todos los sentidos.
—Pues no es recíproco, hijo —Manuel se quitó la chaqueta del traje y la colgó de una de las sillas altas que dan a la encimera de la cocina—, me ha apartado la cara cuando la he intentado besar.
Mario puso los ojos como platos.
—¿Te ha hecho la cobra? ¡Qué fuerte, papá, como Bisbal a Chenoa!
—Mario, por favor, no compares el espectáculo con un trámite comercial. —Manuel se sentía un poco herido—. Me pasa por haberte hecho caso, nada más. ¿Cómo iba a pretender que alguien como ella estuviera accesible?
—Antes no decías eso… —Mario se acercó a su padre y le acarició la espalda— ¿a qué te refieres con “accesible”?
—Pues que es la misma mujer, pero ya no. —Manuel se apartó de Mario para sentarse en la silla donde había colgado la chaqueta— Hoy no estaba guapa, estaba radiante, espectacular, con una belleza luminosa que deslumbra —Miró a Mario con súplica—. Y eso, hijo mío, eso solo puede ser un hombre.
Mario dió un paso atrás, algo reticente con la seguridad de su padre al afirmar eso.
—¿Estás seguro de ello, papá?
—Eso es algo que los hombres vemos brillar y las mujeres lo ven como una amenaza, pero que ven todos, menos ellos dos.
—¿Y qué podrías hacer? —Mario miraba los papeles sobre la mesa y se le ocurrió una idea—, ¿Y si le pones una cláusula de fidelidad en el contrato de matrimonio?
Manuel se puso blanco.
—¿De qué hablas, hijo?
—¡Piénsalo, papá! —Mario plantó toda la mano sobre los papeles con decisión—, si esa mujer está decidida a unir las empresas, pero cree que no le va a costar nada romperte el corazón; le ponemos una cláusula en el contrato donde alegues a una posible infidelidad.
—Pero no sería justo para ninguno, Mario —se quejó levemente Manuel—, ni para ella, ni para mí.
—¿Injusto, papá? —Mario abrazó a su padre— Ella sí que no ha sido justa contigo, que te ha dado esperanzas, y luego “chao, pescao”.
—Ella no insinuó nada, Mario, no dramatices.
—Bueno, seré indulgente con la rectificación, pero pienso ponerla de todas maneras.
—Así la harás daño.
—Como ella le ha hecho a mi querido papaíto.
Mario se separó un poco y le pellizcó la mejilla como una abuelilla a un crío de mofletes jugosos. Manuel miró a su hijo con un atisbo de resignación y se zafó con facilidad de su abrazo.
—¿Cómo puedes ser tan amoroso con un trámite comercial? —Manuel intentó reírse, pero la carcajada ya salió muerta de su garganta—, y tú, ¿has hecho progresos con esa tal… Melisa?
—¡No, y ni ganas! —Mario mostró una sonrisa radiante — ¡He conocido a otra, y me tiene loco!
Manuel sonrió con algo de pesadumbre, aunque se alegró genuinamente de la dicha de su hijo.
—¿Te gusta?
—¡Me encanta! —Mario irradiaba una ilusión casi infantil— ella es divertida sin bromas, es inteligente sin pretenderlo, es sexy hasta mandándome callar.
—Me alegra ver que halagas a una mujer por algo más que por la sensación que te da. —Manuel sonreía de medio lado—. Porque de la anterior, apenas dijiste que era como hablar con un espejo con inteligencia artificial.
—¡Ostias! —Mario se echó la mano a la boca—, ¿Eso dije de Melisa? —Enseñó todos los dientes, como si se hubiera dado cuenta de su metedura de pata— ¡Estaba alabando su cabeza crítica, no llamándola artificial, papá!
—¡Ya me lo imagino, Mario, pero tu impulsividad te va a traer más de un problema, ya verás!
Se acercó de nuevo a su padre para besarle en la frente y al momento dió un respingo porque le vibró el móvil en el bolsillo trasero del pantalón.
—Me voy a mi habitación, papá, tú descansa.
—Gracias, Mario.
El joven sacó su teléfono del bolsillo con velocidad y se apresuró a encerrarse en su habitación, en cuanto vio que el número que le llamaba no tenía nombre.
Tras cerrar la puerta, preguntó:
—¿Quién me llama?
—¿Eres Mario? —Era su voz, esa voz que le había hipnotizado en cuanto dijo su nombre.
—¡Eres tú!
—¡Ah, muy bonito! —Se quejó con picardía— ¿Le das tu tarjeta a gente de manera aleatoria por la calle, o qué?
—¡No, no, no! —Mario se puso rojo como un tomate y se alejó de la puerta— ¡No se me ocurriría algo semejante! —cayó en la cuenta de que Marta había intentado hacer una broma—, ¡Era una broma, perdona, no soy muy bueno con esas cosas!
—Pongámonos serios, Mario. —Se la oyó carraspear torpemente— ¿Por qué me has dado tu tarjeta?
—Porque quería que tuvieras mi contacto. —Mario fue directo, sin medias tintas.
—¿A qué viene la frase de la parte trasera?
—No quiero que nadie se despida de mí sin saber el impacto que me provocó. —Lo dijo con soltura, como si fuera su mantra.
—¿Me has oído reír alguna vez?
—En mis sueños.
—Sonabas a acosador por los cuatro costados, Mario. —Marta se detuvo un momento para asimilar la frase que él había entonado—. ¿Qué sueños dices? Anoche no dormimos precisamente.
—¿Tú no sueñas despierta?
—Hoy lo he hecho varias veces —admitió—, una de las veces, te pegaba un mordisco.
Mario se puso la mano en el pecho y estrujó la camisa dentro de su puño. Le flaquearon las piernas y se sentó en la cama.
Esa frase era cruda y sexy, imaginó a Marta mordiéndole apenas la mano, y el pantalón le empezó a quedar estrecho.
—¿Puedo saber que parte de mi cuerpo mordías? —Se sorprendió de lo grave que sonaba su voz, de repente.
—El cuello, pero creo que es por tu olor a chocolate. —Marta pretendía quitarle importancia.
—No uso perfume de chocolate, es el desodorante.
Una carcajada se oyó al otro lado del teléfono. El corazón de Mario se hinchó como un globo aerostático y una tímida carcajada salió por su garganta.
—¿Es desodorante? ¡Por eso no se iba de la cama! —Acabó rindiéndose Marta ante la evidencia.
—Me gustas, y no tienes ni idea de cuánto, Marta. —Mario se rindió por completo, y prueba de ello era la voz tan grave que aún le mantenía en vilo.
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Editado: 20.01.2026