Mi vida por serte infiel

7: El espejo.

Marta se mordía el labio. Sabía bien lo que significaba que Mario hubiera bajado de tono el timbre de su voz.
Se puso en pie, delante del espejo que hacía de puerta del armario.
Se vio pequeñas arrugas en el rostro, se encontró los músculos del cuello algo más marcados de lo normal.
Se sorprendió a sí misma con la otra mano entre el cuello y el hombro, y, con el teléfono en la mano y sonriendo algo embobada a su reflejo.
¿Había caído al final?
¿Y con alguien al que doblaba la edad?
Ese último pensamiento hizo que le diera asco esa imagen que le devolvía el espejo.
—Marta, ¿Estás ahí?
La voz de Mario la trajo de nuevo a la realidad y a las consecuencias de sus actos.
—Sí —Escudriñaba su reflejo mientras buscaba alguna señal que le indicara la dirección a seguir—, dime.
—Tú dijiste que solo fue una noche, y, sin embargo, me has llamado.
—Lo sé, ni yo misma me entiendo. —Admitió.
—¿Te puedo ayudar?
Marta se jactó.
—¿A qué me podrías ayudar? ¿A entender por qué me he acostado con un hombre sin apenas conocerle y al que le doblo la edad?
—A mí no me gustan las mujeres mayores, Marta, y, sin embargo, sé que al verte, todo en mi cabeza se desmoronó. ¿Me puedes explicar tú eso a mí?
—Tú tienes toda la vida por delante —Marta empezó a quebrar su voz, con la yema de los dedos en el reflejo de sus clavículas y la zona donde se juntan con el esternón—, y yo ya tengo una vida estable previa, Mario.
—Y aun así, sé que no tendría sentido si no intentara conocerte, y escuchar que te recompones; porque no quiero oírte llorar.
Marta dejó el espejo. La mano tapó la boca por inercia y las lágrimas brotaron sin control; rendida a la obviedad, solo pudo entonar esa duda que no cesaba en su cabeza.
—¿Mario, qué me has hecho, que ya no soy la misma?
Un silencio ensordecedor, que se hizo eterno, les mantenía la respiración contenida.
—Yo también tenía una vida estable antes de conocerte, con un trabajo que me gusta, con aspiraciones de empezar una relación con una chica, con un padre que me apoyaba en todo lo que hacía.
Al escuchar lo de esa otra mujer, el corazón de Marta se estrujó levemente por el dolor. Comprendió que ya no había vuelta atrás.
—Escuchar eso me duele. —Marta no pudo ocultarlo.
Mario se esperó un par de segundos para recomponerse.
—Creo que sé de qué afirmación me hablas, pero por miedo a equivocarme ¿Has sentido celos, por pocos que sean, cuando he hablado de otra mujer?
—¿Me creerías si dijera que no? —Marta le devolvía media sonrisa de rendición al espejo.
Oyó suspirar al otro lado de la llamada y tras un leve chasquido de lengua, recibió una pregunta igual de cruda que la suya, pero que sonaba a entrega más que a rendición.
—¿qué me has hecho, que ya no soy el mismo?
—Yo no he hecho nada —se quejó—, como mucho, dejarme llevar, si acaso.
—Si yo me dejara llevar, ahora mismo estaría desvistiendo tu piel de seda. —Mario volvió a sonar tan grave como antes.
—Esto es un error, Mario, ¡un maldito error! —a Marta le flaquearon las piernas y se derrumbó, rompiendo al fin a llorar.
—Un error que cometería las veces que hiciera falta, si me dejaras sentirte una vez más. —La voz de Mario se entonó y pudo mostrarse con determinación— Pero no llores, que me matas.
—No lloro. —mintió— Solo es, que me siento desbordada.
—Como yo, y ahora mismo sé que debería callarme y colgar, para evitar que continúes llorando.
—¡No estoy lloran... —Oyó que la llamada se colgó—... do!
Marta soltó el teléfono, que se deslizó por su camisa y acabó entre sus muslos, en el suelo.
—Si pretendía dejar la atracción que siento por Mario solamente en lo físico —aún sentada en el suelo, seguía estando frente al espejo y se miró a la cara—, con llamarle me he puesto incluso peor.
Marta se recompuso con dificultad, pero se dispuso a terminar de desvestirse para ponerse el pijama.
Se puso una camiseta blanca de tirantes conjuntada con unos pantaloncitos de color rosa palo y cubiertos por un kimono corto a modo de bata con estampado de flores gigantes; todo ello de raso.
Con los ojos hinchados, pero ya secos, se dispuso a dejar el traje colgado del galán.
Reparó en la pluma estilográfica que asomaba del bolsillo de la chaqueta. La cogió y la guardó en el bolso, no tenía el corazón para más sobresaltos esa noche.
Le quedaba una prenda por guardar y abrió el armario de la entrada para colgar el abrigo que había llevado a la cena con Manuel.
Al cerrar la puerta del armario, sonó el timbre.
Marta dió un paso atrás y miró la puerta de su casa con recelo. Se acercó en silencio para mirar por la mirilla y solo pudo distinguir que un hombre estaba de espaldas, pero no dudó en quién era.
Abrió la puerta con urgencia, aunque para ella le pareció como si fuera a cámara lenta.
Al cruzar la mirada, el deseo brotó en forma de lágrimas de alegría y tiró de la mano para meterle de nuevo en casa.
—No quiero que llores por mí. —Llegó a decir Mario antes de que Marta le tapara la boca con la suya.
Él apenas se quitó la chaqueta de tejido polar porque pudo bajar la cremallera, ya que la urgencia de tocarla prevalecía por encima de quitarse la sudadera. ¿Para qué?
Marta elevó los brazos y los subió a sus hombros, la urgencia de los cuerpos les nublaba el juicio y ya estaban en la puerta del dormitorio cuando tuvieron que dejar de besarse para poder respirar.
—Me podría volver adicto a tí sin remordimientos. —Bromeó Mario.
—¡Bendita droga, si es un cuerpo como el tuyo! —Marta se expresó sin filtro alguno, pero con toda la urgencia de despertar al deseo, tras años de celibato.




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