La urgencia les hizo olvidar cuánto se echaban de menos.
Lo que ambos tenían claro es que sus cuerpos se habían echado de menos con ansia, de una manera casi visceral.
Se tiraron juntos sobre la cama, sin molestarse con el proceso de desvestirse por completo, pero que las manos hacían con soltura como si tuvieran vida propia.
Entre jadeos y respiraciones entrecortadas, se colaba alguna risa liviana, como si sus cuerpos se reconocieran sin haberse conocido.
Mario le apartó con cuidado el cabello para besarle el cuello. Los pendientes le hicieron gracia.
—Están fríos, ¿No te pesan?
—Esconden un secreto —Marta sonreía con una picardía inusualmente intensa—, un secreto solo nuestro.
Mario los levantó y descubrió la marca. Algo de orgullo varonil se mezcló con la inocencia del desconocimiento.
—¿Te duele?
—¿El chupetón? —Marta le plantó un beso tras otro, divirtiéndose—, en absoluto. Lo he tenido que ocultar a mis hijos, eso sí.
—¿Me he convertido en tu tabú? —Mario la miró, serio.
—¿Y como crees que se llamaría esto que hay entre nosotros? —Marta le sujetaba la cara, algo contrariada con la cara que mostraba Mario.
—No me gusta esconderme. No tengo nada que ocultar.
—¡Sí, Mario, a mí!
—No —frunció el ceño—, algo tan hermoso como tú, se debe enseñar.
—Te tildarían de asalta tumbas, Mario.
—¡Y dale con la edad, ostias! ¡Yo quiero estar contigo, Marta, tu edad me da igual!
—¡Y te creo, joder, te creo cuando lo dices! —Marta apoyó su frente en la de Mario— pero no puedo evitar sentirme culpable de que mi cuerpo te desee, mientras tengo un compromiso que cumplir con mi empresa.
—¿Acaso pretendías contratarme? —Mario sonrió—, yo trabajo en la empresa familiar, no puedo dejar mi empleo si voy a heredar la empresa.
—Me parece muy bien —Marta cerró los ojos y suspiró—, pero yo hablaba de la mía.
—Yo no duermo con tu empresa, duermo contigo —Mario respondió besándola—; y si he de ser tu tabú, eso seré.
Se besaron de nuevo, y ninguna duda pudo impedir que se sintieran el uno al otro como si fueran una sola persona.
No era lujuria, era más sentimental.
No era deseo, era más necesario.
No era amor, todavía… o puede que solo les diera miedo admitirlo.
Desarmaron las sábanas con el vaivén de sus cuerpos, e incluso consiguieron arropar las piernas por accidente.
Ya entrada la noche, cuando su respiración estaba acompasada y sus corazones latían al unísono, se quedaron dormidos y abrazados.
El lecho les arropó como un maravilloso secreto.
La alarma del teléfono les despertó desde la chaqueta de Marta, tirada por el suelo.
—¿Las ocho de la mañana? —Mario miró su reloj por encima de la cabeza de Marta.
Ella se levantó y silenció el timbre.
—Me gusta tu figura —Sonrió Mario, ladeándose hacia Marta—, tu belleza es embriagadora.
Ella se agachó para vestirse con la bata de raso.
—Te quiero enseñar algo. —Marta se mordió el labio, desviando la vista hacia la puerta.
—¿Qué es? —Mario se arrastró hasta el borde del colchón y se sentó. Se sentía ilusionado y expectante.
Marta se fue de la habitación, con una ligera risa y caminando a saltitos por el pasillo.
Mario se levantó de la cama, completamente desnudo, y la siguió.
—¿Marta?
Se topó con ella de bruces, llevaba el puño cerrado.
—Te lo iba a enseñar sin que te levantaras, hombre.
Mario la abrazó y le besó en la frente.
—¿Qué me querías enseñar?
Marta abrió la mano y mostró unas llaves de bombín antiguo.
—Me compré una casita en la sierra, a una hora en coche de aquí. —Marta sonreía como una niña con zapatos nuevos— Era para irla poniendo a mi gusto hasta que me jubilara, aunque aún me queden más de quince años.
—¡Qué rústica, me gusta! —Mario miraba las llaves con algo de desconcierto— ¿Y para qué me la enseñas?
—¡Vayámonos allí! —Marta abrió mucho los ojos, con una sonrisa pletórica— ¡Una escapada romántica!
—Me encanta esa idea. —Mario la cogió en volandas y dió un par de vueltas, riendo—. ¿Hoy?
—¡Ahora!
Se dieron la mano y corrieron a la habitación. La idea de Marta era tan espontánea, que ella misma se sorprendió, pero no deseaba otra cosa más que compartir ese pequeño lugar con él.
No repararon en el desayuno y salieron de la casa sin acordarse siquiera.
Marta, con su Mercedes gris ceniza y Mario, con su Mercedes dorado oscuro, recorrieron las calles de Madrid hasta salir a la autovía nacional, uno tras el otro.
Llegaron en una hora a La Cabrera, el pequeño pueblecito de la sierra de Madrid donde se hallaba esa casita que había comprado Marta. Les costó aparcar unos vehículos tan llamativos, pero les dió igual, pues ya habían llegado.
Marta se bajó la primera; en cuanto Mario cerró su coche, se puso detrás de Marta y la abrazó.
Hundió la nariz en su pelo, inhalando su aroma.
—Tengo hambre. —Soltó un chasquido— Me apetece comer piña —se rió—, ¿Por qué será?
—¡Ah, que bien! —Marta atropelló una risa—, ¿Tienes algo de chocolate escondido? —Miró su muñeca—. Son las doce ya.
—¿Tienes víveres en casa?
Marta rió como una quinceañera con su amor platónico y Mario se unió, uniéndolos en una carcajada.
—¿Víveres? —Ella se apartó una lagrimilla cuando se serenó—. A ver, para picar, seguro que hay algo, pero lo dices como si estuviéramos en guerra o algo así.
Entraron y Mario se encontró con una casita hogareña, con unos muebles clásicos, pero sin ser recargados.
—¿Te la compraste así de bonita?
—Solo he comprado algún que otro mueble. —Se encogió de hombros y casi hace que Mario se muerda la lengua.
Él, en respuesta, le besó el cuello, subiendo hasta la oreja.
Marta cerró la puerta y se dió la vuelta. De un salto, abrazó a Mario con sus piernas y le besó apasionadamente. Se fueron directamente al dormitorio, a soltar eso que llevaban aguantando desde Madrid.
Marta se había rendido, por completo, a lo que Mario le daba: El amor incondicional.
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Editado: 20.01.2026