Mi vida por serte infiel

9: La casita (1)

Mario estaba tumbado en la cama, el brazo de Marta le cubría el hombro y la propia Marta le cubría el resto del torso; y el edredón nórdico les tapaba a los dos.
—Tengo que mirar lo que tengo en la cocina. —Marta se elevó un poco— ¿O nos acercamos a algún ultramarinos que esté cerca?
—¿Aquí no lo llevan algún extranjero? —Mario se incorporó hasta poderse apoyar en los codos.
—Pues la verdad es que no lo sé. La señora de la casa de enfrente los sigue llamando así. —Marta se encogió de hombros como pudo desde su postura, pues podría parecer que imitaba a una gallina.
A Mario le hizo gracia, y sopesó su cuerpo para estirar un brazo y plantarle un beso improvisado.
Marta respondió con el cuerpo, como si le hubiera sabido a poco.
Se sorprendió a sí misma, y con una leve risa, se dejó caer sobre Mario, que la miraba con diversión.
—¿Qué pasó?
Marta puso pucheros y puso los ojos en blanco.
—Me supo a poco.
Mario repitió el beso, pero mucho más largo e intenso.
—Me das la vida, Marta, me alegras el alma.
—¡Jo! —Se quejó, divertida, hundiendo la nariz en su pecho— Cualquiera que te oiga, se va a pensar que antes eras un autómata.
—¿Obedeciendo a mi padre, sin preguntarme si era lo que yo quería?
—¿Tan malo es?
—¡En absoluto! —Mario cerró los ojos y suspiró—, pero han sido tantos años de creencias basadas en él; que contigo delante, me preguntó si el mundo no tendrá unos colores diferentes a los que él me enseñó.
Marta soltó una carcajada limpia, sin más pretensiones.
—¿Acaso eres daltónico? —Marta le miraba con una sonrisa en la cara y estiró la mano para tocarle el rostro— Ni que la palabra de tu padre fuera ambivalente, Mario.
—Para un hijo único, y criado con amor y respeto por sus padres; sus enseñanzas son regla, ¿No crees?
—Yo me crie entre hombres, con dos hermanos y todos primos varones. —Marta sonreía entornando los ojos—. Creo que bastante femenina he salido, para lo que podría haber sido.
Marta se levantó de Mario, le había dejado una pequeña marca rosácea sobre el esternón.
Se puso de rodillas sobre la cama y le miraba la marca con diversión, mordiéndose el labio.
—¿Qué? —Mario la observó y siguió su mirada hacia su propio pecho— ¿Qué pasa?
—¡Nada! —Marta se acercó al armario rústico que había en la habitación y sacó un jersey de formato vestido de color champagne para ponérselo—, voy a la cocina.
—¿Puedo ir contigo? —Mario se sentó en la cama, con actitud despreocupada—, quisiera contemplarte en todo momento.
Marta volvió a abrir el armario y sacó una camisa negra de franela. Se la dió.
—Póntela —ordenó—, creo que es tu talla.
—¿Tienes ropa de hombre? —Mario mostró algo de celos en su tono—, ¿para qué?
Marta se acercó a él, y, sujetándole la barbilla, le besó.
—¿No pretenderás tener celos de mi hijo, verdad?
—¡Tu hijo, claro! —Se rindió.
Marta fue a la cocina, dejando a Mario vestirse tranquilo. Mientras ella buscaba en los armarios alguna lata de conserva; él se terminaba de vestir y acudió a la cocina con ella.
—¿Ves algo interesante en los armarios? —Preguntó Mario al llegar a ella, abrazándola por detrás y besándola en el cuello.
—Melocotón en almíbar, y fabada en lata.
—¡Un clásico!, ¿Quieres que vayamos a algún sitio a comer? —Mario miraba el mismo armario, con las mismas latas que había dicho ella— ¡Yo invito!
Marta sintió una punzada, pero algo más se mezclaba con la culpa, y era el deseo. Un deseo claro, limpio, y sencillo, que la incitaba a pasar todo el tiempo posible con Mario.
—¿Qué más da, si tenemos esto? —Marta le sonrió con dulzura.
—¿Te avergüenzas de mí? —Mario lo dijo con tono de broma, pero la pregunta escondía dolor y urgencia— ¿O de tí?
—¿Por qué? —Marta le miró por el rabillo del ojo y acarició con su cabeza la de Mario, cerrando los ojos, como lo haría un gato— ¿Para perder el tiempo en la espera, al ir y al volver, y todo lo demás?
—¿No lo dices porque te sientas culpable? Fueron tus palabras.
—¿Culpable de qué, de sentir en mucho tiempo? —Marta dejó las latas en la mesita de la cocina y se giró en los brazos de Mario—; ¡Aquí no me conoce nadie, puedo ser quien yo quiera!
—¿Lo quieres usar como refugio?
—Aquí no tengo que ser empresaria, no tengo que ser madre, no tengo que ser ejemplo, y no me hace falta nada más que ser mujer —le abrazó por el cuello—; una que se puede permitir sentir todo lo que me haces sentir tú.
Mario, contagiado por el entusiasmo de Marta, abrió la boca para decir algo que llevaba guardándose desde esa tarde del jueves.
—Te a…
Marta le calló con un apasionado beso.
—No te precipites, no lo digas. —Marta puso las yemas de sus dedos en los labios de Mario, pues había intuido ese sentimiento de boca de él.
Cerró los ojos y suspiró, no quería ese sentimiento. Sintió que si lo expresaba, su mundo se hundiría, y ya no podría volver a ningún sitio. Si dejaba a Mario decirlo, ella respondería igual, y ya no podrían ser los mismos, ni los de ahora, ni los de antes.
—Tienes miedo, pero yo también. —Mario hundió la nariz en su cabello, inhalando el aroma tan peculiar de Marta—. No quieres que lo diga en voz alta, pero lo sigo sintiendo igualmente.
Marta no dijo nada más. Se dispuso a calentar y servir la lata.
—Cuando regresemos mañana a Madrid, volveremos a nuestras vidas. ¿No podemos, simplemente, disfrutar de esto, aquí y ahora?
—Como deseéis, mi reina. —Mario le tomó de la barbilla, la besó con dulzura y mentalmente gritó a pleno pulmón que amaba a esa mujer con cada célula de su ser.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.