Mario intentaba cazar la última mitad de melocotón del bote.
—¿Esto es melocotón o una aceituna naranja gigante? ¡Cómo se escurre!
Marta, con las piernas flexionadas y subidas sobre la barra de escuadra de la silla, se tapaba la boca para no reírse.
—Es el tenedor, tiene más años que Matusalén y las puntas ya no pinchan, es normal. —Explicó.
—¿Qué quieres que hagamos ahora? —Mario movía el bote para sujetar el último trozo con el tenedor—, es un sábado por la tarde, ¿Tienes algo en mente?
Marta subió las piernas por completo en la silla, llegando a poder abarcarlas con los brazos. Ladeó la cabeza y se mordió el labio, juguetona.
—Abrazarte.
A Mario le sorprendió tanto una simple palabra, que soltó la lata, el melocotón, y el tenedor.
—¿Perdón?
—Quiero abrazarte, besarte, acariciarte… —se encogió de hombros, mirando hacia arriba, como si lo que dijera fuera una obviedad que nadie ve—, sentirte todo el tiempo que pueda.
Mario estiró las piernas, los brazos, y se echó hacia atrás hasta la cabeza; vencido por completo.
—Y yo a tí, Marta, pero no sé, ¿pasear?
—Suena bien, y así vamos hasta la tienda y compramos algo para cenar hoy y desayunar mañana.
Mario levantó la cabeza y la observó detenidamente. Cada línea de su piel le parecía una imagen que postergar.
—¿Qué pasa? —Marta se dió cuenta, más que nada, porque ella también le observaba con la misma intensidad. Se llevó la mano a la cabeza y se la pasó por el pelo—. ¿Tengo algo?
—¿Qué quieres que te diga? —Mario se recompuso y apoyó sus codos en la mesa— ¿Te miento o te digo la verdad?
Marta se bajó de la silla y se subió sobre él, respondiéndole con un beso.
—Podemos ir dándonos la mano. —Sugirió ella.
Mario levantó una ceja, siguiéndola el juego, hundiendo la barbilla en su pecho.
—¿Para que me consueles como un niño? —la pregunta sonaba a queja, algo que no cuadraba con su sonrisa juguetona— ¿No podría abrazarte por detrás? Me gusta apoyarme en tus hombros.
—No me gusta cuando las parejas se ponen melosas por la calle, es incómodo como poco. —Planteó Marta.
—Sé a lo que te refieres; que están magreándose sin pudor alguno y dan bastante vergüenza ajena.
—No me gustaría incomodar a los vecinos.
—Siempre hay un término medio para todo. —Mario se acordó de una frase aleatoria de bachillerato—. ¡Menos las matemáticas!
A Marta le entró un ataque de risa, esa risa contagiosa que nunca quería mostrar ante nadie. Y había sido con un comentario inocente y bastante obvio.
Mario se ilusionó mucho al escuchar una carcajada tan auténtica en la voz de Marta, pero aunque sonreía con felicidad, no se le contagió la risa.
Se quedó helada; ni triste, ni dolida; era sorpresa lo que la petrificó.
—Tu risa me recuerda a algo… —entonó Mario—, pero no sé a qué, ¡aún!
—No te has reído…
Mario cayó en la cuenta de lo que esperaba Marta.
—¿Esta es tu risa contagiosa? —Mario se sorprendió.
Marta afirmó lentamente. La sorpresa de su rostro seguía sin desaparecer.
—Quizás en otras circunstancias —Mario sonreía con sinceridad—, si es un chiste o una broma ajena…
Marta se relajó, sin perder su incredulidad, abrazando a Mario por los hombros.
—Gracias.
—¿Por?
—Por darme la naturalidad que intentaba reprimir.
—¡Ay, no! —Mario se preocupó— ¿Así que por eso dijiste eso de que, si te oiría reír, lo sabría?
Marta le respondió con una sonrisa de circunstancia y encogiéndose de hombros.
Una idea vino a la mente de Mario y la levantó con facilidad al ponerse en pie.
—Vamos a salir al jardín y nos vamos a sentar en unas sillas de metal que he visto al entrar esta mañana.
—¿Vamos a observar a los demás?
—¡Exacto, belleza!
Salieron al jardín destartalado, que no era más que barbecho, malas hierbas y arena desperdigada.
Había dos sillas de metal, enmarcando un hermoso banco rústico, pero muy maltratado.
Prefirieron sentarse en el banco. A diez metros de distancia del muro que rodeaba el terreno, les daba algo de intimidad el armazón mal montado de un porche a medias y tres parras asilvestradas.
La tarde se les pasó volando; sin nada más que el sonido de conversaciones lejanas e inconclusas; solo con la certeza de que no querrían estar en otro sitio más que juntos.
—Al final no hemos comprado ni cena ni desayuno. —Observó Mario al apartar la vista del perfil de la cara de Marta para mirar la hora en su reloj de pulsera.
—Cierto. —Marta afirmó sin inmutarse, con una cara de obviedad bastante risueña.
—Son las diez de la noche y ya habrá cerrado cualquier local decente donde vendan alimentos.
—Cierto. —Marta alzó las cejas; esta vez, al gesto de pasividad lo acompañó el hecho de que se mordiera levemente la punta de la lengua.
—¿Tienes hambre?
—¡No!
—¿Tu vecina tendrá leche?
Marta se giró hacia él, con una cara indescifrable.
—¿Para qué quieres leche?
—Siempre bebo un sorbito de leche antes de acostarme, me da una sensación de hogar al dormir que me relaja. —Mario lo comentó como si fuera un dato aleatorio de su vida.
—Eso es algo muy tierno; pero anoche, en mi otra casa, no lo hiciste. —Marta se mostró escéptica levantando una ceja.
Mario le respondió con una sonrisa maliciosa y se levantó del banco.
—No te muevas, ahora mismo vengo.
Salió del jardín y cruzó la calle. La vecina, una mujer con más edad de la que quisiera ocultar, pero con dulzura en sus facciones; apareció por la puerta.
—¿Hola, qué quieres, joven?
—Buenas noches, señora. —Mario intentó mostrar su cara más inocente— Verá usted; he venido a pasar el fin de semana con una gran amiga mía… —Señaló con un gesto de cabeza a Marta— y me ha ofrecido quedarme a dormir y tenemos un pequeño problema. —Mario juntó las manos, de las que sonó un pequeño aplauso— ¡No tenemos desayuno!
La mujer se asomó para mirar a Marta otra vez y con una sonrisa en la cara, entró y sacó un cartón de leche y una pequeña bolsa con bizcochos.
—Tú quieres triunfar esta noche, ¿Verdad, muchacho?
Mario hipó una leve risa y afirmó sonriendo.
—¡Tienes a tu amiga en el bote! —La señora sonrió marcando aún más las arrugas de su piel—, pero no te quedes las dudas dentro o te acabarán pesando. —levantó la mano y saludó a Marta con un tierno gesto—. Díselo a ella también. ¡Y buena suerte!
La mujer se despidió y entró en su casa. Mario cruzó la calle y se volvió con Marta.
—¡Ya está, desayuno!
—¡No le habrás coqueteado! ¿Verdad?
—Mi reina se ha puesto celosa —Mario dejó las cosas sobre la mesa de piedra partida y se volvió a sentar junto a ella—, solo he comentado que eres mi amiga y que me has invitado a dormir.
—¡Mario! —Se quejó Marta.
—¿Qué? ¡Mentira no es! —Mario le acarició la mejilla y la besó.
Cogieron el brick de leche y la bolsa de bizcochos, y sin deshacer el abrazo, entraron en casa para dormir, y algo más.
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Editado: 20.01.2026