El domingo en esa casita parecía tranquilo, pero ninguno quería levantarse.
Hacerlo significaba que daban pie a que tendrían que volver a Madrid.
El estómago habló por ellos, rugiendo.
—No quiero tener hambre. —Se quejó Mario.
Marta sonrió levemente. Ella tampoco.
—¿Para qué le pediste eso a la vecina, anoche?
—¡Ya! —Mario se echó la mano a la frente— No es justo.
—No podemos eludir nuestra vida y nuestras responsabilidades por… —Marta dibujó un zigzag en el pecho de Mario— esto.
—Yo lo haría con los ojos cerrados.
Mario la miró con determinación. Lo decía en serio.
—Tú lo definiste muy bien, esto es un desliz; hermoso y luminoso, pero un desliz. —Marta agachó la cabeza y hundió la cara en la piel de Mario—. Esto se acabará aquí.
—No quiero dejarlo estar. El “Let It be” no va conmigo.
—Podemos alargar el día todo lo posible, pero esta noche no estaremos juntos, Mario. —Marta levantó la cabeza y con los ojos vidriosos, le intentó sonreír con seriedad.
—No llores, Marta. —Le pidió Mario con dulzura.
—¡Oh, venga, Mario! —Marta intentó sacar un chascarrillo adelante y lo que mostraba era una lucha interna, cruda y brutal— ¡Llorar ayuda a eliminar las toxinas de las vías nasales!
—¡Pero no llores porque la culpa te impida vivir, Marta!
—¿Podemos no pensar en eso?
—Pues desayunemos —Mario la tomó de la mano, y, tras besarla, miró la hora en el reloj de Marta—, porque son más de las diez.
—Cierto. —Marta se arrastró sobre Mario hasta poder besarle.
Ambos se vistieron con poco y se sirvieron un vaso de leche en la cocina.
Mario la miró y la abrazó poniendo su brazo sobre ella.
—Estabas temblando.
Marta extendió la mano y vio que le temblaba.
—Creo que tengo un brasero eléctrico en la mesa camilla. —Comentó al señalar la mesa.
Desde el abrazo, Mario notó por primera vez el frío de finales de febrero.
—Dijeron en el parte meteorológico que hoy iba a helar. —Mario chasqueó la lengua, contrariado—. Se me había pasado por completo.
Mario dejó el vaso vacío en la mesa y abrazó a Marta. Ella se dió cuenta de que él también temblaba un poco y estiró las manos para besarle en la mejilla.
—O enciendo el brasero eléctrico —Marta se encogió entre los brazos de Mario, pensando en la alternativa—, o regresamos a nuestra monótona vida donde sí que tenemos calefacción.
Se agacharon abrazados y consiguieron encender el aparato.
—Algo como esto era lo que nos ofrecía mi suegra cuando la íbamos a ver en un pueblecito de Gredos. —Comentó Marta al levantar el faldón de la mesa para meter las piernas debajo.
—Si vas a hablar de tu exmarido, prefiero que te lo ahorres. —Mario la imitó.
Se comieron los pequeños bizcochos que les había dado la vecina y se acurrucaron.
—Me gusta mucho la tranquilidad de este pueblecito. —Mario miraba por la ventana sin punto fijo.
—A mí me convenció el hecho de que esté a las afueras. —Marta estiró los brazos sobre la mesa y los metió bajo el faldón, sobre sus piernas—. Me quedaría escuchando el silencio del monte si nos quedáramos así para siempre.
El tiempo al calor del hogar de una mesa camilla se les pasó en un suspiro y aún no habían comido cuando se hicieron las cinco de la tarde.
—No quiero que el día acabe, pero he pensado que podríamos parar de camino a Madrid —Mario tenía cerrados los ojos, con el ceño fruncido; tentando el terreno—; y lo tomamos como quieras, despedida o rehabilitación.
—Será un bonito sueño que recordar —Marta se levantó de su silla—, ya que no habrá más.
—Yo quisiera verte todos los días del resto de mi vida —Mario entrelazó los dedos de la mano que tenía sujeta y tiró de Marta, besándola apasionadamente—, pero quiero tener recuerdos contigo de pareja, de esos pequeños detalles que te sacan una sonrisa al recordarlos.
Marta se levantó de su regazo y suspiró.
Fueron a la habitación y se dieron cuenta de que no habían extendido las sábanas, se vistieron y recogieron la cocina.
Cuando montaron en los coches, ya eran las seis y cuarto de la tarde.
Un par de localidades al sur, se desviaron a contemplar el embalse de Pedrezuela y pararon a merendar.
—Me niego a olvidarme de tí. —Se expresó Mario, mirando el agua.
—Hay algo que aún no te he dicho. —Marta no quería mirarlo a la cara, y evitaba que él le mirara siquiera el rabillo del ojo, por si lloraba.
—Si es sobre tu vida, no te molestes, solo quiero recordar la sensación de tenerte entre mis brazos.
—Me caso en dos días.
Marta giró la cabeza para mirarle, tenía los ojos inundados y a punto de desbordarse. Mario se giró hacia ella y contuvo el aliento.
—No es verdad. —Rogó, quebrándose su voz.
—Ojalá pudiera decir que te he gastado una broma, pero es cierto. —Marta rompió a llorar. Y Mario la siguió.
Con determinación renovada, Mario dijo esas dos palabras que Marta le había ordenado callar.
—Te amo.
—Y yo a tí. Por eso es tan duro despedirse.
—No te cases, Marta, no lo hagas.
—Son negocios, Mario, y siempre pensaré en tí, no lo dudes.
—No podría culparte, porque yo haría lo mismo, y me duele profundamente.
—No hay que arrepentirse de algo tan hermoso y efímero.
El abrazo acogió el crepúsculo como si siempre hubiera estado unido a esa sensación.
Con la noche y desde el coche, se desearon felices sueños y entraron por las calles de Madrid hacia su frío y cómodo hogar.
“Siempre nos quedará el corcho” Recibió Marta en su móvil al llegar al vestíbulo del aparcamiento de su edificio.
Sonrió al darse cuenta de que Mario se acordaba del nombre de la calle donde estaba la casita.
“Siempre estarás en mi corazón” respondió ella de vuelta y se metió en la cama, dispuesta a que las lágrimas expiaran su culpa y poder despertar al día siguiente con fingida normalidad.
#5763 en Novela romántica
#1287 en Novela contemporánea
infidelidad y pasion, ceo empresaria, age gap diferencia de edad
Editado: 20.01.2026