La camarera se acercó por enésima vez.
—Disculpe, señor, pero a las cuatro y media cierra la cocina.
Con la mano en el micrófono, afirmó. Y Manuel se quitó el móvil de la cara tras el quinto tono.
—No me coge el teléfono, le voy a preguntar el motivo en cuanto le vea.
—¿Tu hijo, al final no viene? —Marta preguntó al aire, como quien pregunta el tiempo.
—Estará ocupado con los contactos. —Ironizó Julián.
Melisa le dió un pisotón a su hermano. Marta abrió mucho los ojos, avergonzada por la falta de delicadeza de su hijo.
—¿A qué te refieres, Julián?
—Tengo entendido que es un rompecorazones.
—Mi hijo no es nada de eso. —Manuel se ofendió.
—Vale; pero no he dicho nada malo. —Julián se encogió de hombros—. Sería peor si le hubiera llamado casanova, ¿No cree?
—No sé vosotros, pero podríamos comer sin él. —Se pronunció Melisa.
—Lo siento mucho, Melisa. —Manuel la miró con lástima y cariño.
Melisa cogió el último pedazo de pan de ajo del cestillo.
—¿Por? —Melisa pegó un mordisco.
—Ya me dijo mi hijo que lo vuestro no cuajó.
Melisa se sorprendió.
—Yo no sabía que estábamos intentando algo.
—¿Ah, no?
—Es guapo y me atrae físicamente, pero respecto al afecto, es más bien alguien abstraído.
—Al parecer está encantado con una chica que conoció el jueves. —Informó Manuel.
—¡Qué rápido te ha sustituido, hermanita! —Julián le dió una palmada en la espalda a Melisa.
Melisa empezó a toser y se puso colorada. Marta y Manuel miraron con severidad a Julián.
El propio Julián también se asustó.
—¡Perdón, perdón!
—¡Eres un bestia, Julián! —Le increpó Melisa cuando se serenó.
—¡Te he pedido perdón!
Melisa resopló al mirar a Julián y cuando se giró hacia Manuel, intentó ser diplomática.
—Sin ánimo de ofender, Manuel, pero tu hijo tiene la expresividad de un ladrillo. —Y le salió fatal.
—¡Melisa! —Le regañó su madre.
—Yo no me ofendo, tranquila. —Manuel sonrió con condescendencia—. Quien se ofendería, ha decidido no venir.
Todos rieron mientras recibían un cuenco de ramen.
—He pensado que podríamos convivir todos juntos en una misma casa. —Sugirió Manuel.
Melisa y Julián se pusieron en guardia al escuchar esa sugerencia. Y Manuel se percató.
—¿Pasa algo?
Marta levantó la vista de su plato y se dió cuenta de la situación.
—Si cada uno tiene su sitio, por mí no hay problema —Marta no se inmutó ni un ápice—; pero no pienso compartir, ni habitación, ni armario.
—De acuerdo. —La amabilidad de Manuel se resintió un poco—. Lástima que mi hijo no pueda ver cómo me cortas cualquier intento de acercamiento; le gustaría.
—Como eres su padre, entenderás sus gestos; pero son microscópicos.
Comieron algo tarde, pero el ambiente era distendido y familiar. Entre wok y sushi, al acabar la comida, tanto Manuel como Melisa recibieron una llamada.
—Nos vemos mañana a las diez, en el juzgado. —Se despidió Manuel con un leve gesto de la mano con la que tapaba el micrófono y se dirigió a su coche mientras increpaba alguna acusación a la persona que tenía al otro lado de la línea.
—La tía Felisa —dijo Melisa al ver el contacto que rezaba la pantalla—, ¿la cojo?
—Sí, claro —Marta miró a Julián— ¿Qué querrá mi cuñada?
Melisa descolgó y puso el altavoz.
—¿Tía?
—Hola, Melisa, cariño. ¿Dónde estás?
—Pues he venido a comer a un restaurante con Julián y mamá —les miró—, ¿Por qué lo dices?
—Porque estoy llamando al timbre y nadie me abre, ¡Obvio!
La cara de Melisa era de desconcierto.
—¿Cómo que llamando al timbre? —Melisa ladeó la cabeza.
—¡Ay, sobrina, que te tengo que contar un montón de cosas!
Los tres pusieron cara de sorpresa.
—Felisa, ¿Estás en Madrid?
—¡Marta, cuñada, qué gusto oírte!
—¡Ya podías haber avisado de que venías, tía! —Soltó Julián.
—¡Y he avisado! —se le oyó chascar la lengua—, ¡a tu hermana!
—¡Como tantas otras veces, tía! —Melisa frunció el ceño—. ¿Cómo iba yo a saber, de que esta vez era la definitiva?
Julián sonrió enseñando todos los dientes, como la cara de un niño que se ha salvado del castigo. Marta le miró con inquisición, para que no dijera nada.
—Felisa, ¿En qué casa estás? —Se interesó Marta.
—En vuestra casa. —Felisa no dijo más.
—Ahora vamos, estamos a quince minutos.
Colgaron la llamada.
Julián no estaba de acuerdo con ir a casa de su madre.
—La tía tiene memoria para lo que quiere. —se quejó Julián.
—¿Os recuerdo que cuando se fue a Francia, vosotros aún vivíais conmigo?
—Cierto. —Melisa miró con comprensión a su hermano, pensando en su tía.
Montaron en el coche y llegaron a casa en el tiempo estipulado.
Una mujer alta y delgada, con la cara muy fina y pómulos muy marcados. De cabello gris oscuro y media melena peinada hacia atrás; esperaba en el vestíbulo del edificio.
—¡Qué envidia me das, lo bella que estás! —Comentó al darle cuatro besos al aire a Marta.
—Tú también te ves bien, Felisa. —Comentó.
Los cuatro subieron a casa de Marta.
Felisa se instaló en una de las habitaciones pequeñas, la que antes era de Melisa. Había una cama individual y un armario empotrado con adornos de ramas de abeto decorando el espejo que tenía por puerta.
Julián se fue a la oficina, dejando a las chicas solas.
—Mamá, he pensado una cosa —Melisa se mordió el labio y entrecerró los ojos— ¿Y si la tía también viene mañana y hace de testigo?
—¿Testigo de qué? —Felisa cogió el café y se sirvió una taza.
—Mañana unifico mi empresa por matrimonio con Manuel, otro dueño.
Lejos de sentirse dolida, Felisa mostró una sonrisa en su cara.
—¡Ya era hora de que superaras la muerte de mi hermano!
—No digas tonterías, Felisa, tu hermano falleció hace años; y la boda son solo negocios.
—No tienes el brillo en la cara de que sean solo negocios, Marta.
—¡Claro, eso es! —Melisa saltó— ¡por eso te veía yo tan rara y Julián tan guapa el viernes!
—¡Tuviste una cita el jueves con tu futuro marido! —Felisa la señaló descaradamente.
—No salí de casa, podéis preguntarle al portero del edificio. —Marta respondió con fingida tranquilidad, pues su afirmación era toda verdad.
Lo que no dijo, era que con quien pasó esa noche, fue con Mario y no con Manuel.
#5763 en Novela romántica
#1287 en Novela contemporánea
infidelidad y pasion, ceo empresaria, age gap diferencia de edad
Editado: 20.01.2026