Melisa miró hacia arriba, algo no le cuadraba.
—Venimos de haber comido con Manuel. —Comentó.
—¡Ay, que os he fastidiado la merienda familiar! —Felisa se llevó la mano a la boca con fingida incomodidad.
—De todas maneras —Marta relajó los hombros—, me caso mañana para unificar las empresas.
—Pues déjame decirte que ese brillito no se tiene por alguien que es solo un amigo. —Felisa insistía.
—Pues no busques, que no vas a encontrar nada. —Marta se encogió de hombros y bebió un sorbo de su café—. Fíjate si le conoceré poco, que no sé ni el nombre de su hijo. Ya lo he dicho, son solo negocios.
—¡Qué aburrida eres, Marta!
—A nuestra edad, se le llama practicidad, Felisa.
—Pero mamá, si ya oíste a Manuel —Melisa desvió la mirada hacia la mesita del café—, yo he salido un par de veces con él; su hijo se llama... ¡AAAH!
Melisa dió un salto en su silla.
Marta y Felisa desviaron su vista hacia donde miraba la chica.
—¿Qué pasa? —Marta se puso en pie.
—¿Qué es eso? —Melisa señalaba una forma oscura en el suelo.
Marta supuso que Melisa creería que era un ratón, o quizás una rata por el tamaño. Pero por las circunstancias, si hubiera sido un animal, no se hubiera quedado a escuchar la conversación de tres humanas. Alargó la mano y tiró del tejido.
—¡No lo toques, qué asco! —Melisa estaba atemorizada.
Cuando lo sacó, vieron que no era más que una braga de cuello, de color gris oscuro.
Felisa parpadeó, inquieta.
—Eso es de caballero, cuñada. —Entrecerró los ojos, con suspicacia, mirando a Marta.
Con un relámpago de imaginación, Marta maquinó una excusa. Algo burda, pero válida.
—¡Ya decía yo que me quedaba enorme!
—¿Eso es tuyo, mamá? —Melisa lo miraba con recelo, aún esperaba que le saliera patitas y cola.
Marta lo desplegó y se lo puso; por un instante, el aroma a chocolate le inundó las fosas nasales y sonrió como una boba. Pero se dió cuenta y se corrigió.
—¡Pero es tan calentito! —Marta hizo el gesto de frotar el cuello.
—¡Cámbialo, mamá, que cringe!
—¡Anda, Melisa, no seas tan quejica! —Salió Felisa en su defensa.
—¡Parece una RATA! —Melissa pataleaba— ¡Quítate esa rata de cuello!
—¡Está bien, está bien, la guardo! —Marta se fue a la habitación.
Según caminaba, se la iba deslizando para sacar la prenda de su cuello. Y una sonrisa involuntaria ocupaba su rostro por completo.
“Bendita adicción si es a un cuerpo como el tuyo” recordó de su propia voz. Suspiró y lo guardó en un cajón de la mesilla de noche.
Las dos mujeres del salón tuvieron que llamarla la atención para que regresara.
Cuando lo hizo, estaba algo sonrojada. Pese a que Felisa se dió cuenta, prefirió no decir nada.
Melisa hizo jurar a su madre que no se pondría eso en su presencia, y pudo irse a su casa con la sensación de susto en el cuerpo.
Felisa prefirió quedarse con Marta antes que con Melisa, alegando que tenía que contarle cosas de su viaje a Francia.
Cuando Melisa salió por la puerta, Felisa fue a por la maleta y la llevó a la habitación que era antes de su sobrina.
—Ha sido solo una excusa, porque creo que tú me tienes que decir más que yo a ti, Marta.
—¡Ya estamos con las especulaciones! —Se quejó.
—¿No quieres? —Felisa le echó una mirada de perspicacia— ¡Ya hablo yo por las dos!
—¿Has hecho fotos? —Marta cambió de tema.
Si algo le gusta a Felisa más que el chismorreo, es presumir de lo bien que artistea.
La mujer sacó una cámara profesional y extrajo la tarjeta de memoria.
Se vieron todas las fotos que Felisa había hecho del país vecino. Tenía las fotos ordenadas por carpetas, y París tenía más de diez.
Poco a poco, Marta fue sintiendo algo de cansancio y sueño, pese a ser apenas las nueve de la noche.
Marta intentó zafarse de la pereza levantándose del sofá.
—¿Quieres cenar?
—¡Obviamente! —Felisa sonrió—, ¿qué tienes?
—Yo me voy a hacer un sándwich mixto, ¿Quieres uno?
Felisa la había seguido hasta la cocina. Abrió la nevera.
—Con rodajas de tomate y lechuga. —Lo cogió y se lo dió.
—Vale.
Marta hizo los sandwiches y regresó al salón.
Cada una con la cena entre las manos, dejaron las fotos sin recoger.
—No me has dicho nada del trapo, ese del suelo. —Felisa pretendía retomar la conversación.
—¿Qué trapo? —Marta se hizo la despistada.
—La rata de tu hija. —Felisa mostró su cara de saber las cosas que se escapan—. Eso que has escondido con los sostenes en la mesita.
—¡No sé de qué me hablas! —Marta miró hacia otro lado, pero el rubor ya era inequívoco.
—Ah, ¿No?
Felisa dejó su sándwich en la mesa y se levantó, corriendo hacia la mesita de noche.
Marta corrió tras ella, pero le fue inútil siquiera intentar alcanzarla cuando apenas eran veinte metros.
—¿Esto qué es? —Felisa volvió a levantar la prenda para el cuello.
Marta se acercó a Felisa e intentó alcanzarlo.
—¡Suelta eso, es mío!
—Mentira. Esto es de caballero —Felisa lo movió un poco y soltó algo de aroma, una brizna de chocolate—, y huele a “Axe dark temptation” que apesta.
—¡Que no tenemos quince años!, Felisa, ¡Dame eso!
—Espera, es eso.
—¿Qué?
—La manera de decirlo era de añoranza, Marta.
—¡No digas gilipolleces, Felisa, es mío y punto! —Marta consiguió quitárselo a Felisa de las manos.
Lo agarró con las dos manos, tenía encogido el torso y aferraba la braga contra su pecho como si de un anillo poderosísimo se tratase. La cara colorada y los ojos enrojecidos y vidriosos, mostraban a una Marta vulnerable y temerosa.
—Marta, venga, es solo un cuello de abrigo. —Felisa se acercó y le puso la mano en la espalda, para que se calmara—. ¿Tan importante es?
Marta se reseteó al oír esa pregunta y se miró las manos; pero el olor a chocolate le regresaba al ansia de tener a Mario entre sus brazos. Miró a la hermana de su difunto exmarido, y que en su día fue su mejor amiga.
—Mario.
No dijo más, pero fue suficiente para que Felisa la abrazara en silencio hasta que se calmó.
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Editado: 20.01.2026