Marta terminó su rúbrica con una punzada en el corazón.
Ya estaban oficialmente casados.
El manillar de la puerta hizo un ruido sordo cuando alguien intentaba pasar.
Marta se giró.
Era Mario.
Estaba sofocado, le vio nervioso, tenía la cara pálida, iba encorvado y además hiperventilaba.
A Marta se le escurrió el bolígrafo de la mano y ella fue la única en oír como un eco, los golpes del bolígrafo al caer.
Todos se giraron después.
—¡Mario, ya era hora! —Exclamó Manuel, nada más verle—, ¡Aunque ya no haces falta!
—¿Es tu hijo? —Le preguntó Julián a Manuel.
—Sí —contestó con una sonrisa, y le extendió una mano al recién llegado—, Mario, ven, que te presento.
—Perdón, me tuvo que recordar mi secretaria que hoy era la boda. —Se excusó vagamente.
—Trabajar primero, ¡cómo no! —comentó Melisa con algo de queja—; estos son mi hermano Julián y mi madre Marta.
Mario le estrechó la mano a Julián, sonriendo, mientras se calmaba del maratón que se había pegado desde la puerta de los juzgados.
Marta aguantó la fachada mientras sentía derrumbar los cimientos de su corazón.
Extendió la mano, estrecharla era lo correcto.
—Marta Solís Villanueva.
Pero su cuerpo debatía si echarse a los brazos de Mario o derrumbarse.
Él le ofreció la mano y la estrecharon con energía.
—Mario Ruiz Montenegro.
Los demás vieron energía con excesiva vehemencia; Marta notó que Mario le acariciaba cariñosamente el dorso de la mano con el pulgar.
—¡Mario, que le arrancas la mano! —Le regañó Manuel.
—¡Lo siento, Marta! —Mario paró, pero su cuerpo se negaba a soltarla, y con la otra mano lo cubrió.
—Encantada de conocerte. —Marta le miró a los ojos como si no hubiera nadie más.
—El gusto es mío. —Él mostró una sonrisa que era solo para ella, mientras seguía acariciando la mano de Marta bajo la suya.
Felisa levantó las manos y se dirigió a su amiga.
—Ya que hemos terminado, ¿Qué tal si lo celebramos comiendo en algún restaurante bueno?
Mario abrió la boca, y un atisbo de miedo le hizo soltar la mano de Marta.
—¿Ya firmaste…is? —El subconsciente le jugó una mala pasada, aunque se corrigió a tiempo.
—Cuando he dicho que no hacía falta, era por eso, Mario. —Le respondió Manuel desde la obviedad.
Mario tragó saliva y se conformó con haberla dado la mano.
—¿Y esa comida? —Felisa tomó a Marta por los hombros y no la soltó.
—Me parece bien, sé dónde nos pueden pasar sin reservas. —Se ofreció Manuel.
Todos dieron las gracias al juez y salieron de la sala.
Julián charlaba animosamente con Manuel. Melisa empezó a hablarle a un distraído Mario sobre contactos y posibles nuevos inversores. Felisa tiraba desde su agarre a una distraída Marta, hacia adelante.
Mario y Marta, mientras caminaban, tenían cada uno la mente puesta en el otro.
Llegaron al restaurante de un hotel de cinco estrellas y tal como había dicho Manuel, no hacía falta reservar, porque ya le conocían.
El primero en sentarse fue Manuel, la inercia de seguir la conversación hizo que Julián se sentara a su lado. Tras él, Felisa quiso sentarse entre sus sobrinos. Quedaban dos asientos en la mesa, y estaban juntos, entre Melisa y Manuel.
—Tú primero. —Mario extendió la mano hacia la mesa.
Marta dudó, ¿Se sentaba con Melisa, o lo hacía con Manuel?
—Mamá, siéntate con tu marido, que no te dé apuro. —Julián rompió la tensión con su espontánea inocencia.
Así hizo. Mario se sentó a continuación, entre ella y Melisa.
El corazón les latía con velocidad, y, el esfuerzo para que no se notará les drenaba energía.
Manuel llamó al maître y pidió un entrante de panes de distintos sabores para abrir boca.
Cuando la camarera les trajo la gran bandeja de pan, les tomó el pedido y se fue.
Julián fue el primero en estirar el brazo y se apropió de dos trozos de pan de ajo.
—Vas a espantar a las chicas con tu aliento, después de comerte eso. —Comentó Melisa a su hermano.
—No creo que eso te incumba, Melisa. —Replicó Julián.
—Seguro que hay alguna chica a la que le apasione el ajo como a tí, querido. —Le consoló Felisa con sarcasmo.
—¡Y con la que puedas admitir que te tiene loco! —Puntualizó Manuel—, como a Mario.
El aludido palideció, tragando saliva. Marta se giró lentamente para mirarle a la cara.
—¡Papá! —Se quejó Mario— No es momento de decir esas cosas.
Marta sintió una leve punzada en el corazón al creer que se podía referir a otra persona.
Melisa juntó las manos sobre su plato y empezó a mirar con distintos ojos a Mario. No era tan inexpresivo como ella creía en un principio.
—¿Qué tiene de malo que diga que tienes novia?
Manuel fue bastante inocente al respecto y Mario cerró los ojos para respirar profundamente.
—Si me disculpáis —Marta se apartó de la mesa, su cara estaba ensombrecida—, debo ir al baño.
Felisa, que estaba enfrente, miró a Manuel con la ceja levantada, y siguió a su amiga.
Ya en el baño, Marta se mojó la cara con la esperanza de que el agua se llevase la incomodidad.
—Marta, ¿Estás bien?
—¡No, Felisa, no estoy bien! —Marta se mostró irascible.
—Es él, ¿verdad?
—¿Quién? —Marta sabía que Felisa la leía como un libro abierto, pero no quería admitirlo.
—El Mario que admitiste ayer y el Mario que hay sentado a la mesa.
—Sí.
Unos golpecitos en la puerta les llamaron la atención.
—Marta, ¿está bien? —Era la voz de Mario.
Una ínfima sonrisa apareció en el rostro de Marta, Felisa resopló.
—¿Tú crees que está bien después de lo que ha pasado este fin de semana?
Mario iba a replicar, pero esa pregunta escondía mucha información. Decidió sincerarse.
—Yo me enteré esta mañana del nombre de mi madrastra, y he de admitir que mi intención era la de evitar la boda.
—¿No quieres que nuestras empresas se unifiquen? —acabó verbalizando Marta.
—No quería que fuera con la cláusula que incorporé al contrato.
—¿De qué cláusula hablas, Mario? —Felisa fue quien preguntó esta vez.
—Una en la que la infidelidad otorga el poder absoluto al doliente y deja al otro sin nada.
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Editado: 10.02.2026