A Marta le había costado apartar la vista de Mario cuando se despidieron todos en el restaurante, y ahora debía lidiar con la soledad o la opción de compartir su vida con Manuel y Mario.
¿Por qué había dicho que él no tenía porqué huir? Marta sabía la respuesta, pero no la quería admitir.
Julián las acompañó a casa, para después irse a la suya. Felisa estaba reticente y no dijo nada por el camino, como si no estuviera.
Justo antes de entrar al garaje, Julián volvió a sacar su lado inoportuno.
—No me parece mala idea que vivamos los cinco juntos, la verdad. —El portón del garaje comunitario se abrió—. Ya sé que has dicho que es solo un trámite, pero de todas formas, sigue siendo un matrimonio.
—No sé a qué te refieres, Julián.
—Pues que Hacienda os va a investigar a tí y a Manuel por evasión de impuestos, ¡es de cajón!
Julián hizo la ruta hasta la segunda plaza de aparcamiento del piso de Marta.
—No van a encontrar nada porque tú has realizado tu trabajo. —Marta le miró de manera inquisitiva.
—Pero no quita el hecho de que hayáis sellado la unión con un matrimonio, mamá. —Julián suspiró mientras ubicaba el coche en la plaza—. Eso huele a fraude desde kilómetros.
—¿Y qué me sugieres?
—Tenéis que vivir juntos.
—No tengo tanta confianza con Manuel para irme a vivir con él. —Admitió Marta.
Ya estaban los tres ante el ascensor, para subir al piso donde vivía Marta.
—¿Y qué hago con el piso? Hemos vivido desde siempre aquí. —Marta se excusó— ¡Vivíamos aquí cuando tú y Melisa nacisteis!
—La vida sigue, mamá, hay que soltar lastre, y esta casa, ahora mismo lo es. Piénsalo.
Llegaron al rellano, y Julián no salió del ascensor. Se esperó a que Marta abriera la puerta para pulsar el botón y regresar a su coche.
Ya dentro de casa, Marta se descalzó y tal cual estaba, se dejó caer sobre el sofá.
—¡Ya te vale, amiga! —Felisa rompió su mutismo.
—¿De qué hablas?
—¿En serio te estás pensando la propuesta de Manuel?
—Julián tiene razón, y no me gusta llamar la atención en ese sentido. —Marta sabía que no podía desmentirlo.
—La mejor opción es ir juntos a vivir, no podías tener mejor oportunidad que esa.
Marta levantó la vista, miraba incrédula a Felisa por la manera que tuvo de decirlo.
—¿Qué insinúas?
—Yo le hubiera respondido un SÍ rotundo. —Felisa se cruzó de brazos y se dispuso a caminar por el salón, como si fuese una ponente de un máster—. Ese hombre te ofrece compartir una casa, que formaría parte de la empresa. Compartiriais un entorno de trabajo muy beneficioso para la fusión. —Felisa se paró en seco, se giró hacia Marta y la sonrisa que mostró no era de bondad—. Tendrás la opción de ver a Mario todos los días.
—¡No puedo hacer eso, Felisa!
—Ya oíste a Mario, fue idea suya —Felisa desvío la mirada, se encogió de hombros y volvió a caminar por el salón—; si Manuel lo supiera, ¿tú crees que te robaría la empresa? Piénsalo: es con su hijo con quien te has acostado, no con cualquier desconocido.
—¿Dejará, acaso, de ser una infidelidad? —Planteó Marta desde el sofá—, a veces no te entiendo.
—Ya sé, dale la vuelta al caso. —Felisa se sentó en el sofá pequeño—. Si Manuel te fuera infiel, acostándose con Melisa, ¿tú se lo perdonarías?
La cara de sorpresa de Marta fue mayúscula. Y tardó en procesar la idea por la naturaleza del carácter de Melisa.
—A él puede que sí, a mi hija no.
—Eso no me lo esperaba, —Felisa frunció el ceño— ¿por la diferencia de edad?
—Porque es mi hija.
—¿Y qué más da?
Marta entrecerró los ojos, había sido visceralmente sincera y su propia respuesta no le gustaba.
—Creo… —Marta intentó organizar sus ideas—, creo que Melisa es más pragmática que todas esas cosas. No la imagino dejándose llevar; si ella lo hiciera, creería que está alienada o que se ha golpeado la cabeza.
—Pues disculpa la comparación, pero yo hubiera dicho lo mismo de tí hasta la semana pasada.
Felisa, tras esa afirmación, se fue a la cocina para hacer la cena.
Marta empezó a darle vueltas a la teoría de Felisa y solo llegó a la conclusión de que Melisa le despertó celos por verla con Mario. Se sintió despreciable por ello.
Cenaron una ensalada César casera y apenas entonaron nada que no fueran comentarios banales del programa televisivo de turno.
Marta se fue a acostar con más cansancio que sueño, pues Felisa le había dado un baño de realidad.
La cláusula de infidelidad era por ambas partes, y aunque le daba igual si Manuel encontraba una pareja estable, no quería que fuera con su hija. ¿Por qué?
Se despertó por la mañana con una revelación: al ver a Mario entrar por la puerta del juzgado, las piezas del tablero se habían reordenado de manera diferente.
Ya no podía amar, su romanticismo había agonizado el fin de semana y había muerto el martes al segundo después de firmar.
Marta se marcó una meta clara: amar a Mario en secreto mientras convivía con Manuel. Mantendría la empresa junto a su marido por el bien de la unión.
Observó su reloj de pulsera, la manecilla de la hora entre el siete y el ocho, y el minutero señalando al cinco.
Marta se colocó un auricular en la oreja y llamó a Manuel mientras se vestía.
—Buenos días, Marta, te iba a llamar ahora mismo.
—Buenos días, Manuel. —Tomó un grueso polo a rayas de una balda—. ¿Eso que dijiste de vivir juntos era por alguna vivienda a la que le hayas echado el ojo?
—Pues lo cierto es que no —se oyó una risa atropellada—, pero puedo buscarlo.
—He pensando en otra cosa —Marta sostuvo la falda del traje y metió las piernas—, ¿Sabes esas casas que tienen otra pequeña al lado y en el mismo terreno? —se la abrochó—, ¿Podría ser algo así?
—¡Perfectamente! Sé la zona perfecta dónde las hay; la familia de Marisa vivía ahí.
—No te quiero remover nada —se puso la chaqueta del traje con cara de disculpa—, Manuel.
—Yo aguanto, no te preocupes; Mario estará encantado de saber que viviremos cerca de su primo Lope.
Marta sonrió amargamente. Mario. Debía cubrir sus sentimientos con protocolos, y debía de empezar por la convivencia.
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Editado: 10.02.2026