El miércoles llegaron a la oficina todos juntos; incluso Felisa se ofreció a ayudar y trajo a Hugo con ella.
—¿Seguro que puedes ayudarnos todo el día, primo? —Julián sabía lo que significaba dejar la oficina en manos ajenas—. Estamos hablando de ocho horas…
—Adelanté o atrasé citas con clientes para poder ayudaros, no te preocupes, Julián.
—¡Pero que aplicado es mi niño! —Felisa tomó por los hombros a Hugo y le dio un achuchón.
Hugo, de complexión fuerte y musculosa, con el cabello castaño y ojos azules, parecía un adicto al gimnasio, aunque era más experto en HTML que en rutinas de ejercicio.
—Creo que salta a la vista que ya no soy un niño, mamá, tengo treinta y ocho años, ¡cagüen!
—¡Un día les estás preparando una papilla, y al día siguiente te desprecian por darles un abrazo! —Dramatizó Felisa con la mano en la frente.
Todos rieron.
—Manuel y su hijo nos esperan en la puerta del edificio donde están sus oficinas —informó Marta para su sobrino—, justo coincidía que estaba a la venta la planta superior de oficinas del edificio donde está ADAN.
—¡Oh, que buena idea! —Hugo cargó los CPU uno a uno en el transporte—. Supongo que tener toda la nueva empresa en el mismo edificio os facilitará las cosas.
—Pero solo va a ser la imagen de cara a la galería, primo, ¡por fin podremos trabajar desde remoto! —Melisa estaba guardando los dispositivos de hardware a tropel en una enorme caja.
—¿Todavía no lo hacíais?
—¡Debíamos de ser la única empresa en España que trabajaba desde una oficina en la pandemia! —Se quejó de nuevo Melisa.
—Trasladamos todos los ordenadores a la casa de cada uno y vosotros aún vivíais conmigo —puntualizó Marta—, no te quejes, Melisa.
—Aun no sé cómo sobrevivisteis, porque vuestra página web es plana y sin pretensiones. —Marcó Hugo.
Marta estaba descolgando el último cuadro de su oficina.
—Hugo, hablando de sitios web —lo apoyó en el suelo y reposó los brazos sobre el marco—, ¿qué opinas de la web de ADAN?
—Es tan expresiva como la vuestra, pero he de decir que es más directa y menos intuitiva que la vuestra.
Terminaron de recoger las cosas, que apenas ocupaban un camión pequeño de mudanzas. Y llegaron a la nueva ubicación en quince minutos.
Les esperaban Manuel, Mario, Liliana y una mujer más, que entendieron que sería la otra secretaria.
Marta, Felisa, Melisa, Julián y Hugo aparecieron ante el edificio.
El conductor del camión de alquiler también les ayudó a descargar, mostrando interés en Melisa, que declinó su propuesta después de vaciar el vehículo.
Mario mostró interés en Marta de manera esporádica, pero Felisa le cortaba cuando veía que el chico podía delatarse.
Cuando llegaron a la sala diáfana que llenarían de escritorios compartimentados, Melisa hizo algo bastante atrevido para lo que los demás pensaban de ella.
Mario se la quitó de encima.
—¿Qué haces, Melisa?
—Agradecerte que te preocupes por mi mamaíta —volvía a insistir en besarle—. ¡Eres tan considerado!
Marta, revuelta, tuvo que darles la espalda mientras Felisa se interponía.
—¡Eso es porque no sabe que yo soy mayor! —Felisa agarró a su sobrina—, ¿por qué iba a ser si no? —miró a Mario, buscando complicidad— ¿Verdad?
Mario afirmó, alejándose de Melisa.
Manuel, que había observado el comportamiento de Mario con orgullo, observaba ahora con algo de admirada reticencia a Felisa.
—¿Eres mayor que nosotros? No lo aparentas.
—¡Aquí donde me ves, guapo, tengo cincuenta y cuatro años!
Manuel se sorprendió gratamente y mostró una sonrisa.
—No lo habría adivinado jamás, de verdad.
Con tanto público, Marta pudo distraerse y no estar tan pendiente de Mario como su cuerpo le pedía. Y dos horas más tarde, los ordenadores estaban repartidos por el suelo, en orden y listos para colocarlos en sus escritorios cuando se montaran.
—La plantilla de GOZZE estará aquí el lunes —comentó Julián—, así que habrá que montar los muebles cuando los traigan los transportistas de la tienda.
—Me cobraron por el montaje; cuando vengan, lo montarán. —Informó Marta.
—Jefe —Lorena, la secretaria de Manuel, interrumpió—, Liliana y yo podríamos regresar a nuestros puestos.
Manuel asintió.
—¿Os importa si yo os acompaño, o Hugo? —se ofreció Julián.
Lorena se sonrojó molesta y Liliana sorprendida.
Manuel soltó una risa de complicidad.
—Yo también voy, y así os enseño la parte de ADAN de la empresa. —Se ofreció Manuel.
Lorena suspiró aliviada y Liliana se acercó a Mario.
—No le importa, ¿verdad, jefe? —preguntó la joven secretaria.
Mario sonrió y lo negó.
—Haz lo que quieras. —Dijo.
Los celos habrían hecho mella en Marta si no hubiera visto a Liliana ir al ascensor con una alegría casi infantil.
Melisa, por el contrario, parecía que se le iban a salir los ojos de las órbitas, hasta que Marta intervino.
—¿Que edad teníais cuando la conociste? —Marta sonreía con comprensión.
Mario la miró, entre agradecido y dolido.
—Desde que yo tenía siete años, fuimos al mismo colegio y nuestras madres se hicieron amigas en la puerta del colegio.
—Ella parece más joven. —Puntualizó Felisa.
—Porque lo es —Mario miró a Felisa y se encogió de hombros—, ella es la benjamina, obvio.
—Pues entonces, no sé por qué tienes que tener como secretaria a una chica tan bonita. —Se quejó Melisa.
—Puedo tener más confianza con Liliana que con cualquier otra de antemano y no ocurriría nada, ¿sabes por qué?
Melisa se mostraba reticente; aún estaba celosa de la secretaria.
—¿Por qué?
—Porque estoy enamorado de otra mujer, y no es ella. —Indicó Mario, alzando las cejas.
Miraba a Marta directamente, pero Melisa no se percató. Felisa estaba más pendiente de las reacciones de Marta, desde su coraza, pero esa afirmación de Mario la puso en alerta.
—Sobrina, ¿por qué no vamos nosotras también a que Manuel nos enseñe su parte? —Felisa agarró a Melisa por los hombros y empezó a empujarla hacia la puerta.
—¿Y mamá no viene?
—Alguien se tiene que quedar para cuando vengan a traer los muebles, Melisa.
—¿Mario? —Melisa aún seguía aferrada a estar a su lado.
—Id sin mí, yo ayudaré a tu madre. Si os hago falta, ya me llamará mi padre.
Mario fue amable y considerado con las insinuaciones veladas de Melisa, pero no fue hasta que se fue que no quiso acercarse a Marta para no delatarse.
Apoyó su frente en la de Marta, y con una sonrisa amorosa y el alma rebosante, le rozó las manos con los dedos.
—Pensé que sería fuerte, pero me moría por tocarte. —Mario volvía a tener una voz más grave, aguantando sus ganas de besarla—. Cada vez que nombre o pronuncie un corcho, estaré diciendo que te amo con locura.
—Me gusta la idea —Marta sonrió levemente, no conseguía fingir su propósito—, puede que también lo haga, ¡No lo sé!
Mario la sujetó de la barbilla, con la intención de besarla, cuando fueron interrumpidos por el timbre.
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Editado: 03.03.2026