Marta se aproximó al portero automático de la estancia, tenía agarrado a Mario de la mano.
—¿Quién es?
—Somos los de la fábrica de muebles, Señora, ¿Nos puede abrir?
Marta afirmó y pulsó el botón, colgó y se volteó.
—Me da rabia, parezco un alcornoque. —Empezó Marta.
—¡Corcholis! —Respondió divertido, Mario.
El móvil de Marta sonó con un mensaje, Felisa le avisaba de que habían visto los camiones desde la ventana y subían todos a ayudar con los muebles.
—Tendremos que descorchar el champán en otro momento. —Comentó con nostalgia Marta.
Mario se acercó a su sien y le apretó la mano, susurrándole en un tono muy grave:
—Ahora mismo te diría que el corcho ya salió disparado, pero me contendré.
Marta, sorprendida y sonrojada, tragó saliva. Mario le soltó la mano para apartarse a dos metros y se puso en cuclillas para descansar su cuerpo anímicamente.
Los treinta segundos se les hicieron eternos cuando Melisa abrió con su llave.
—¿Veis como no hacía falta que os quedárais aquí? —Melisa fue directa hacia Mario.
Los demás iban entrando uno a uno, pero Marta solo miraba a Mario y a Melisa. Que ella se acercara directamente a él, a Marta le molestó un poco; pero que él se apartara, le disipó toda duda.
Entre los nueve y los de la empresa de muebles, en menos de hora y media ya estaban montados todos los escritorios, e incluso los despachos apartados de Marta, de Julián y de Melisa ya estaban completamente operativos.
Hugo intentó organizar una cita múltiple entre él, sus primos, las secretarias de ADAN y Mario; pero éste declinó la proposición, por lo que Melisa tampoco quiso acudir.
Mario se llegó a sentir levemente acostado por Melisa, por lo que tuvo que excusarse de esa supuesta cita triple con una cita con esa novia que todos, menos Marta y Felisa, creían que tenía.
—Mucha novia, mucha novia —seguía quejándose Melisa—, pero no sabemos su nombre.
Mario, desde donde estaba, se giró hacia Marta. Estaba junto a Manuel, y ambos le miraban.
—Entiendo que te pique la curiosidad, pero tú comportamiento me avisa de que no debo de decirte su nombre. —Respondió con cordialidad a Melisa.
—¡Es que mira que te has puesto pesadita detrás del pobre muchacho, Melisa! —Felisa se agarró al brazo de su sobrina y miraba a Mario con complicidad—, asume que no le gustas, no tiene nada de malo.
Mario sonrió con gratitud a Felisa y afirmó levemente con un movimiento de cabeza.
Melisa hizo un puchero ante la advertencia de su tía y se metió en su oficina.
—Mario —le llamó Manuel—, tienes tres cargos en ADAN, de los cuales, uno de ellos lo tiene también Melisa en GOZZE, ¿Te importa si es ella la que siga de relaciones públicas?
Mario recordó las pequeñas empresas que consiguió como clientes en La Cabrera, y se asustó.
—¿Y si separamos a los inversores de los clientes? —Mario intentaba salvar el secreto que Marta le había confiado.
—El puesto de Business Management es uno solo, Mario, no inventes. —Replicó Manuel.
Y en un gesto kamikaze, Mario mostró la mínima de sus razones.
—Me he comprado un piso en un pueblecito de la sierra y no quisiera que Melisa me molestara si tiene que tratar con los clientes que conseguí el lunes.
Aún así, Marta se alarmó.
—Creo que tendría que iniciar los trámites de cambio de dirección —Caminaba hacia atrás, en dirección a su despacho—, ¡Ya mismo! —Se escondió tras cerrar la puerta.
Se intentó serenar, pues estaba hiperventilando.
Su mente se fue al fin de semana que había pasado con Mario y al día siguiente, resulta que él se compra un piso.
En la sala, Mario se mostró preocupado, aunque por dentro estuviera aterrado por la mala impresión que le podría haber causado a Marta.
Manuel, quiso quitarle importancia, al darse cuenta de que aún había cosas que hacer en ADAN.
—Nosotros aún no hemos notificado a los clientes que la empresa ya no es tan pequeña. —Extendió un brazo hacia su hijo— ¿Bajamos?
—Eh, sí, vale, voy. —Mario caminó hacia su padre, con una punzada en el corazón.
Se fueron derechos a la puerta, y desaparecieron por el ascensor.
Felisa acudió rauda al encuentro con Marta, se la encontró sentada en su asiento de la oficina, con la mirada fija en la pantalla apagada de su ordenador y repiqueteando con las uñas sobre el escritorio.
—¿Qué ha pasado hace un momento?
—Creo que me he metido en un pozo del que no puedo salir. —Marta se desbloqueó.
—Curiosa afirmación, amiga. —Felisa desenvolvió la silla frente a Marta y se sentó—. ¿No puedes salir, o no quieres salir?
—¡No lo sé! —Marta gruñó llevándose las manos a la cara, tapándola. —¿Te acuerdas de lo que te comenté el año pasado que había pensado para la jubilación?
—¿Lo de una casita tranquila lejos de la civilización? ¡Perfectamente!
—Pues me compré una casita en La Cabrera, después de Guadalix.
—¿En el mismo sitio que el hijo de Manuel? —Preguntó Felisa con inocencia.
Marta miró a su amiga con severidad, frunciendo el ceño. Su cara respondió por ella.
—¡Él se compró la casa después, ya lo pillo! —Felisa se inclinó hacia adelante y empezó a hablar en voz aún más baja—, ¿Crees que es un acosador de los que averiguan todo de esa persona con la que se obsesionan?
—¿Dónde crees que nos acostamos durante el fin de semana, Felisa? —Marta negaba lo que ella misma estaba sugiriendo— Estuvimos en la cama viernes, sábado y domingo.
—A ver, si fuera un acosador, no hubiera dicho lo que dijo ayer en el restaurante, hubiera mostrado sus cartas y yo lo hubiera expuesto ante su padre.
—Vale, eso me tranquiliza, Felisa —Marta sonrió con algo de tranquilidad—; pero no quita el hecho de que se haya sobrepasado al comprar una casa en el mismo pueblo al que fuimos el fin de semana.
—Si tienes su teléfono, le mandas un mensaje pidiéndole explicaciones; y así al menos, escuchas su punto de vista.
Marta respiró profundamente y se terminó de tranquilizar.
—Tienes razón.
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Editado: 03.03.2026