Mario dejó su coche en el estacionamiento que tenía asignado en la empresa, ya que las oficinas estaban en frente del apartamento en que vivía con su padre.
La maldita inercia le llevó hasta la mismísima puerta de su casa, y por primera vez, no tenía el ánimo para responder a su padre contándole su jornada.
Sopesó las opciones y fingir parecía ser la mejor opción. Tomó aire, respiró profundamente, y entró.
—Buenas noches, Mario.
Mario sonrió a su padre con condescendencia; respuesta y ya.
—Tengo que darte una noticia, aunque no sé si es buena o mala. —Manuel insistía en hablar con su hijo.
—¿Me lo dices mañana, papá? —Mario no pudo evitar suspirar—, estoy cansado y quiero dormir.
—Mario, el martes te necesito desde primera hora de la mañana —Manuel le tocó el hombro, para que le mirara a la cara—; no serás el responsable de relaciones públicas, ni el enlace sindical, ni el director New Business —mostraba una seriedad amable, como siempre—; serás, solamente, el heredero de la empresa, ¿Estamos?
Mario puso los ojos en blanco, se zafó del tacto de su padre y se dirigió a su habitación.
—Estoy molido, papá, no quiero hablar de la empresa hasta mañana.
Manuel se quedó con la palabra en la boca, pero muy preocupado por su hijo.
Mario, al llegar a la cama, se dejó vencer por la gravedad. Al levantar los brazos, se dió cuenta.
Llevaba puesta la camisa de franela que le había ofrecido Marta.
Al olerla, le decepcionó un poco que no oliera a piñas y piñones, como ella. Pero a fin de cuentas, ese era su aroma, no el de la ropa que compraba para las visitas.
Suspiró.
Divagando, se dió cuenta de que le gustó esa pequeña localidad en la sierra de Madrid. Parecía pequeña, pero se pudo dar cuenta que él solo había estado en una calle de las afueras.
Se propuso ir de nuevo y con ese pensamiento, Mario se durmió.
Soñó con ella y la sensación de abrazarla. Cuando se despertó, estaba animado y a la vez decepcionado. Supo que esa sería su monotonía a partir de entonces.
Guardó la camisa de franela para recordar a Marta.
Se vistió con un traje sin corbata y unas zapatillas clásicas, parecía un presentador de televisión, pero era el director New Business y Relaciones Públicas de ADAN, y como tal, iba a buscar clientes potenciales en La Cabrera.
Durante el trayecto, llamó con el manos libres a una amiga suya.
—¿Susana?
—¡Hombre, el apuesto publicista!
—¿Sigues haciendo tatuajes?
—Muchos más, gracias a ADAN, ¿Lo dudabas?
Mario sonrió.
—Me quiero hacer un tatuaje.
—¡No jodas, Mario, que has cambiado de opinión!
—Será solo uno, Susana, pero que significa mucho para mí. ¿Podría ser esta tarde?
—Por el hombre que me sacó de la miseria, ¡Lo que sea!, ¿En qué estás pensando?
—Quiero el dibujo de un corcho y un nombre.
—¿El nombre estaría dentro, o fuera del dibujo?
—Si está dentro, pasará desapercibido. Lo prefiero.
—Si me dices el nombre, te tendré el diseño listo antes de las cinco de la tarde.
—Se llama Marta. —Mario sonrió levemente—. Allí estaré.
Y colgó.
Llegó ante la puerta en tres cuartos de hora. Observó el banco viejo donde él y Marta contemplaron a la gente de la calle, el sábado por la tarde.
—No está tan escondido. —Se sorprendió a sí mismo comentando en voz alta lo que pasaba por su cabeza, y, aun así, sonrió.
—¡Muchacho!
Mario se dió la vuelta, era la vecina que les prestó el cartón de leche y los bizcochos.
—¡Vecina!
—¡Ay, qué alegría me das!
—¿Disculpe?
—Si me llamas vecina, será porque me lo consideras. —La mujer levantó sus brazos— Eso es porque triunfaste y vas a volver.
Mario quiso responder con la verdad, pero no quería que esa mujer prejuzgara a Marta y oteó las casitas de la calle. Vio algo que le interesó.
—Quién sabe, lo mismo me ve más a menudo que a Marta.
—No te entiendo, chico.
—Me ha gustado tanto el pueblo, que quiero comprarme una casita por aquí también. —Miraba un cartel negro y naranja que colgaba de una terraza de un edificio más adelante.
—Me parece estupendo que se llene el pueblo de caras nuevas.
La anciana se metió en su casa, pero antes de cerrar, Mario la interrumpió.
—¿Cómo se llama?
—Mi difunto marido me llamaba Celeste, me llamo Celestina y todos en el pueblo me conocen como Tía Tina.
—Gracias, Tina, yo soy Mario.
La mujer afirmó en agradecimiento y cerró la puerta.
Mario se dispuso a llamar al contacto de venta de ese pequeño piso en ese edificio de cuatro plantas.
La suerte estaba de su parte y podría contactar con la inmobiliaria ese mismo mediodía.
Mario recorrió las calles de la localidad durante toda la mañana y consiguió tres contratos comerciales para la empresa. Una niña pequeña le quiso hacer de casamentera con su niñera y para la una del mediodía, ya pudo contactar con el agente inmobiliario.
—Gonzalo. —El hombre le mostró la mano.
—Mario Ruiz Montenegro. —Él también alargó el brazo y se estrecharon la mano.
Mario mintió alegando un interés por la adquisición de bienes inmuebles y el agente no discutió cuando vio que Mario no quiso regatear el precio.
A las dos de la tarde, Mario ya era dueño de un bonito y recogido ático en un pueblecito de la sierra madrileña.
Consiguió un cliente más en uno de los locales de ese edificio, y satisfecho, se compró una ensalada hawaiana para llevar.
Comió delante de la casita de Marta. Pensó en cuánto había cambiado su vida en cuatro días. Más psicológicamente que otra cosa, pero había sido por una mujer extraordinaria: Marta.
El nombre le llevó a acordarse del tatuaje, y de ahí, a mirar el reloj.
—Son las cuatro.
Arrancó y se fue directo al salón de tatuajes de Susana, en el barrio de Aluche, para marcarse con el dibujo de un corcho que escondería su nombre; Marta.
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Editado: 20.01.2026