Mi vida por serte infiel

16: Mario. (1)

Mario se observó en el espejo. Estaba sin camisa y mostraba un torso muy bien definido.
Bajo la clavícula izquierda y cerca del final, casi en el hombro; ahí estaba el dibujo.
Un corcho sobre la piel enrojecida. Se había hecho un tatuaje.
En el reflejo solo era la imitación del aglomerado de corteza de alcornoque; pero al mirarlo directamente, se distinguían las letras del nombre que escogió para inmortalizar sobre su piel.
—Mi primer signo visible de rebeldía. —El reflejo le devolvió una leve y tímida sonrisa.
Rebuscó en el cajón de entretiempo alguna camiseta de tirantes. Encontró una negra que le quedaba algo ajustada. Al ponérsela, descubrió que le tapaba el tatuaje.
Suspiró aliviado porque así no tenía que darle explicaciones a nadie.
Cuando miró por la ventana y vio que ya era más de la una de la madrugada, se preguntó a sí mismo qué estaría haciendo Marta.
Se obligó a sí mismo a morderse la lengua, con la esperanza de dejar de pensar en ella, pero era un esfuerzo en balde.
Se recostó en la cama sin abrir y miró al despertador con la esperanza de que le entrara sueño, pero su mente volvía a Marta por mucho que se forzara a divagar.
Ella se casaba mañana.
Con alguien que no es él.
Y eso le destrozaba por dentro.
Ella alegaba que era un movimiento empresarial, y Mario la creía, pero lo que más la verificaba, era que él en su empresa hubiera hecho lo mismo si estuviera en su lugar.
Se puso apenas el pantalón de pijama, abrió la cama y se metió dentro. Se dejaría vencer por el cansancio.
Antes de Marta, él solo se dejaba llevar por lo que la gente esperaba de él.
Después de Marta, cualquier interacción social le parecía anodina y superficial. Incluso mirar a su padre al hablar le resultaba incómodo.
Echando la vista atrás, no le había costado mantener una conversación con Tina en La Cabrera o con Susana mientras le tatuaba; pero quizás era porque tenían relación con el cambio que Marta había hecho en él.
Resopló y se dejó vencer por el descanso que trae consigo el tedio.
Soñó con una Marta de cristal, con la que caminaba por la calle mientras se cruzaba con la Marta real que iba de la mano de un hombre sin rostro.
Se despertó. Puede que fuera por la ansiedad del perturbador sueño o porque su padre le llamaba desde el otro lado de la puerta de su habitación.
—¿Qué pasa? —preguntó a la puerta.
—¿Se te han pegado las sábanas, o qué? —le gritó Manuel desde el otro lado.
Mario miró la hora en su reloj y vio que eran las 8 menos cuarto.
—¡Trabajamos enfrente, papá!
—¡Esa novia tuya te tiene en Babia, Mario! —Esa frase de su padre le dolió más de lo que admitiría jamás—. Voy a la empresa a recoger los informes que me preparaste para la fusión con GOZZE. Te quiero ver en el juzgado a las diez como un clavo.
—¡Vale, vale!
Oyó un portazo y supo que Manuel había salido de casa.
Se levantó y se acercó al espejo. Se vio descansando pero la cara hinchada y los ojos enrojecidos.
—Ahora no me doy nada más que lástima, ¡solo me falta la guitarra y estar rodeado de botellas de whisky vacías!
Recogió la ropa de ayer, que había tirado por el suelo. Se dirigió a la cocina y desayunó una taza de café con cacao, y cogió una bolsa de bizcochos que había empezada.
Miró el que tenía en la mano y se acordó del domingo por la mañana.
Su cara, un poema, mostraba media sonrisa y los ojos desbordantes de lágrimas.
—Joder, Mario, la has dejado ir, supéralo. —Se dijo a sí mismo intentando recuperar la compostura que no tenía que aparentar porque estaba solo.
Se bebió el desayuno y al bizcocho ni le tocó.
Se dirigió a su habitación, para vestirse. Abrió el armario y echó mano de un polo negro de cuello de camisa, lo acompañó de un polar rojo oscuro con capucha y unos vaqueros negros.
Cuando pudo mirar el reloj, se dió cuenta de que ya eran las ocho y media de la mañana y debía ir al trabajo, en el edificio de enfrente, y estar allí a las nueve. Tardó diez minutos en salir de casa, cerrar con llave y cruzar la calle.
Su monotonía laboral de oficina consistía en llamadas de teléfono y entablar contactos favorables para futuros contratos.
Entró en el edificio de oficinas y fue directo a su lugar de trabajo, cruzándose con su secretaria, una joven rubia en traje, con una carpeta en la mano.
Al llegar a su oficina, la chica entró por la puerta, extrañada.
—¿Don Mario, qué hace aquí?
—¿Qué voy a hacer, Liliana?, ¡Trabajar!
—¿Y la boda de Don Manuel?
—¿La fusión, dices? —Mario miró el calendario de su escritorio— ¿Era hoy?
Liliana suspiró.
—Va a llegar tarde, señor.
—¡Ostias, era hoy! —Martes— ¡Hoy!
Se levantó del escritorio con tal velocidad que hizo que su secretaria se asustara. Estaba pálido.
—Eh… sí, la fusión de las dos empresas era hoy, ¿Se había olvidado?
—Liliana, ¿Sabes cómo se llama la CEO de GOZZE?
—Claro que sí, señor.
Mario no recibió la respuesta.
—¿Y bien, cuál es su nombre? —Mario temió lo peor.
—Marta Solís Villanueva.
Era ella, ELLA.
Mario cogió la cazadora, las llaves del coche y la cartera. La prisa le hizo casi atropellar a todos los empleados con los que se cruzaba hasta llegar al coche y salir de la empresa.
—No te cases, Marta, no te cases con mi padre. —Su pie pisaba el acelerador en cuanto podía, y su mano presionaba la bocina si se topaba con más de un coche delante en un semáforo.
Pudo aparcar en la misma puerta del juzgado y entró a trompicones, hasta que llegó a la recepción.
—¿Dónde se oficia la boda de Manuel Ruiz Allende? —Sonrió con dulzura fingida— Soy su testigo.
La recepcionista comprobó la lista.
—¿DNI?
Mario lo mostró y tras comprobarlo, le dejaron pasar los guardas de seguridad.
Llegó a la puerta y la abrió abruptamente.
Reconoció a tres personas: su padre, Manuel; a su homónima de GOZZE, Melisa; y la persona que menos hubiera querido ver ante el papel y con un bolígrafo en la mano, a Marta.




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