Mi vida por serte infiel

18: Marta (1)

Felisa entrecerró los ojos.
—¿Lo sabías? —cuestionó en un hilo de voz a su amiga.
—¿Por qué debería saberlo? —Marta se sentía engañada y miraba con ira la puerta, donde estaba Mario al otro lado—, me fie de Manuel porque no parecía tener maldad ninguna.
—¡Y no la tiene, mi padre es inocente!
—¡Voy a perder la empresa, Mario, la que me ha costado la vida! ¿Me oyes? ¡¡LA VIDA!!
—La cláusula era contra la mujer con la que se casaría mi padre —se le notaba arrepentido—, un hombre que por fin se atrevía a enamorarse tras el fallecimiento de mi madre —debió de golpear el manillar de la puerta—, y que él mismo se dió cuenta de que había pasado la noche con otro hombre distinto.
—Eras tú, Mario, ese hombre eras tú. —Marta estaba rabiosa.
—Por eso quería evitar la boda, ¿No te das cuenta? —Se le oyó un quejido ronco— ¡Ojalá fuera yo quien hubiera firmado en vez de mi padre!
Felisa se enderezó con cara de sorpresa, pero Marta seguía muy enfadada.
—¿Y qué le dirías a esa que te tiene loco? —los sentimientos en Marta se enredaban de manera caótica y los celos afloraron en el peor momento.
Un segundo más tarde, Mario ya mostraba otro tono en la voz.
—Que siempre nos quedará el corcho.
Los sentimientos enredados de Marta se peinaron con un solo recuerdo; la casita de un pueblecito, donde ella se permitió amar sin límites como una mujer sin ataduras.
—¿Te referiste a mí?
—Aludí a la mujer tan maravillosa con la que pasé el fin de semana.
Marta se dió cuenta de que respondió de manera diferente, y Felisa, al ver el ceño fruncido de su amiga, abrió la puerta del baño.
Detrás de Mario estaba Melisa, con las manos en la cintura y gesto de preocupación.
—Mamá, ¿Qué pasa?
—Perdona, Melisa, necesitaba lavarme la cara. —Mintió.
—¿Tú no ibas al baño? —Melisa miraba a Mario con cara de preocupación—, ¿te preocupaste por mi madre?, ¡qué gesto tan dulce por tu parte!
Marta se enderezó como pudo y quiso volver a la mesa, pasando entre ellos, separándoles. Felisa acudió tras ella.
—¿Estás bien, te pasa algo? ¿Volvemos a la mesa? —Oyó a Melisa preguntarle directamente a Mario, mientras Marta se alejaba en dirección a la mesa.
—¡Marta, espera! —Felisa la alcanzó— ¡Tienes que controlarte o perderás la empresa!
—¿Controlarme?
—¡Melisa casi os pilla diciendo algo que no debería escuchar! —Felisa tomó de las manos a su amiga e intentó tranquilizarla— Tú estás casada con Manuel, y ella ha salido un par de veces con Mario. —Le acarició la cara con compasión—. La cláusula le ha dado la vuelta a la historia, no puedes definir un lío de una noche como la razón para tirar tu vida por la borda.
Marta apoyó la frente en el hombro de Felisa, suspiró y se enderezó.
—Tienes razón; fueron tres días en los que dejé de ser Marta Solís Villanueva, y pude ser solamente Marta. Al menos, eso es mejor que nada, ¿Verdad?
—Puedes intentar enamorarte de Manuel; quizás así puedas olvidar a Mario. —Felisa se encogió de hombros.
—Si no fueran padre e hijo, sería más fácil. —La mirada se le escapó hacia los aseos por un momento.
—Convive con Manuel y te olvidas de Mario.
—Espera, he tenido celos de mí misma —Marta se había dado cuenta de algo—, lo del corcho era una frase que me dijo el domingo.
—No la entiendo, pero yo ya había pillado la indirecta cuando él lo dijo; estaba claro que se refería a tí.
—No consigo ver a Manuel con otros ojos, me es inconcebible, mentalmente hablando.
—Pues has firmado un contrato que dice lo contrario, Marta. —Felisa se enderezó con un gesto condescendiente y miraba detrás.
Melisa tiraba de la manga de Mario y caminaban a trompicones hacia la mesa.
Como si se le mostrara a cámara lenta, Mario buscó la mano de Marta para acariciarla al pasar, con sumo cariño. A ella se le desbocó el corazón, con cara de boba y mirándole alejarse porque tiraban de su manga.
Alguien tiraba de su brazo.
—Melisa, ¿qué haces?
Mario y Melisa se dieron la vuelta, no ocurría nada de lo que le pareció ver a Marta.
—Dime, mamá.
—Nada, hija, me dió un lapsus.
Melisa volvió a la mesa y Mario tras ella, no sin antes mirar a Marta, suplicante.
—¡Lapsus, los huevos, Marta! —Le regañó Felisa en voz baja—, eso eran celos, ¡y de tu propia hija, coño! ¡Vayamos a la mesa!
—Lo sé, soy de lo peor. —Marta sintió una punzada de arrepentimiento.
—Eres una mujer enamorada de quien no debe porque tiene unas responsabilidades que atender. —Felisa intentó animarla—. No es malo enamorarse. Es malo hacerlo a destiempo, y es lo que te ha pasado a ti.
—Quiero echar atrás el tiempo y... —Marta dudó.
—¿Leer el contrato? Hubiera sido una buena idea, la verdad.
—¡El contrato! —cayó en la cuenta de lo que dijo Mario—, ¿Manuel lo sabrá?
—Preocúpate de conocer mejor a tu marido, porque puedes empezar por preguntarle por ello.
Llegaron las últimas a la mesa, y se volvieron a sentar en el mismo sitio para no levantar sospechas.
Tener a Mario sentado junto a ella, la hubiera llenado de felicidad sincera si no fuera por el hombre que tenía sentado al otro lado.
La comida pasó con la ligereza de unas botas de plomo; y entre Felisa, que se daba cuenta de todos los gestos entre Marta y Mario; y Julián, que no se daba cuenta de nada; ni Manuel ni Melisa pudieron acaparar la atención de la persona que tenían al lado suyo.
Cuando alcanzó las cuatro de la tarde, cada uno se preparó para ir a su casa; pero Manuel aún tenía una pregunta para Marta, escondida bajo la manga.
—Ahora que estamos casados, ¿qué te parece que nos vayamos a vivir juntos, en una casa de doscientos metros cuadrados, con seis habitaciones, y un despacho compartido?




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