Se oyeron unos ruidosos tacones cada vez más cerca, hasta que tras Marta apareció Melisa.
—Mamá, ¿podría cenar en casa esta noche?
—¿Eh? —Marta se sorprendió— sí, claro, pero tengo que recoger cosas por la mudanza.
—¿Al final vas a vivir con Manuel? —Melisa miraba a Mario mientras lo preguntaba.
—Es eso, o me busco un expediente de hacienda, tú verás. —Marta se encogió de hombros—. Es lo que tiene casarse con otro empresario para unificar las empresas.
—Mario, ¿por qué no quedas con tu novia y le dices cuánto la quieres? —Melisa estaba dispuesta a marcar territorio, aunque ninguno entendió su tono de ataque.
—Yo creo que lo sabe, no paro de decírselo a todas horas, ¡córcholis! —Mario mostraba una amplia sonrisa al contestar así a Melisa.
—Pues no se lo dices lo suficiente, creo yo. —Melisa frunció el ceño—. Ahora, si me disculpas, me voy con MI madre y mi tía a cenar juntas.
—¡Córcholis, Melisa, solo estábamos hablando! —se quejó Marta—. ¡No hay quien te entienda!
—¡Te lo explico en la cena, mamá, ahora entra en el coche!
Marta y Felisa entraron en el Mercedes gris y Melisa las siguió hasta su casa.
Atravesaron Madrid con Melisa pisándoles las llantas.
—¡Cómo ha cambiado de parecer! —llegó a expresar Felisa—. ¿Qué habrá pasado?
Marta respondió encogiéndose de hombros. Aunque un atisbo de miedo cruzó por su mente.
—¿Nos habrá escuchado a Mario o a mí decir algo?
—Déjame a mí tantear el terreno mientras haces la cena —Felisa siempre sabía cómo sonsacarle información a sus sobrinos—; así puedes escuchar sin meterte en la conversación.
Marta se mostró más tranquila de lo que estaba mientras metía el vehículo en la plaza de garaje.
Melisa no pronunció vocablo hasta que Felisa cerró tras de sí la puerta de la casa.
—Está bien que quieras llevarte bien con el hijo de tu marido, mamá, pero no hace falta.
Marta dejó las llaves en el recibidor y se dirigió hacia su habitación para quitarse el traje y ponerse más cómoda.
—¡Y se va! —Melisa se cruzó de brazos—, ¡te estaba hablando, mamá!
—Da igual, Melisa, dímelo a mí. —La interrumpió su tía.
—Mario no es buen tipo, tía, ¡que tiene novia, joder!
—¿Y qué?
—¡Pues eso! —Melisa chasqueó los dedos.
—No te sigo, muchacha, como no te expliques mejor…
—¿Sabías que su madre falleció hace tres años?
—¡Mira la otra, tu padre hace más tiempo! —Felisa parecía no tomárselo en serio—. ¿O le estás acusando de parricidio?
—¿Qué? —Melisa se asustó— ¡No, hombre, no!
—Pues explícate.
A través del pasillo, Melisa miró a su madre ponerse un jersey largo oversize.
—¡Pues que es muy raro, ya lo he dicho!
—Yo le veo muy normalito. —Felisa se encogió de hombros.
Marta, desde la habitación, también sonreía mientras se calzaba unas zapatillas de peluche que estaban escondidas debajo de la cama.
—¡Normalito, dice! —Melisa se echó una mano a la cabeza—. ¡Pero si es guapísimo!
—¿Te refieres a que es atractivo? No lo he visto desnudo para poder opinar. —Comentó Felisa con las cejas levantadas y la barbilla estirada, mientras miraba al techo.
Marta casi se tropieza con el comentario de su amiga y entró en la cocina.
—¿Queréis una ensalada de rúcula o preferís un sándwich mixto? —preguntó Marta con torpeza.
Felisa sabía lo que había dicho, pero también sabía que si hubiese hablado de otra manera, Melisa empezaría a sospechar algo distinto.
—¿Es o no es verdad? —Se la oyó una leve carcajada de malicia—. Aunque ya lo veremos cuando se muden juntos.
Marta no obtuvo respuesta de su hija y su cuñada frente al frigorífico y optó por hacer ambos platos mientras escuchaba la conversación que provenía del salón.
—Espera, ¿Mario viviría con ellos? —Melisa parecía ser la última en enterarse.
—Sí, claro. —Felisa suspiró—. Si ya vivía previamente con su padre, ¿por qué iba a separarse ahora?
—Entonces, ya no sé qué pensar.
—¿Sobre qué?
—Es que pensé que Mario estaba siendo tan amable con mamá porque quería que le viera como un hijo sumiso, por un retorcido complejo de Edipo.
—El complejo de Edipo no funciona así, Melisa, y lo sabes. —Marta puso una fuente de ensalada en la mesa y volvió a la cocina.
—Pues digo yo que no lo será tanto, si en la casa grande están mamá y Manuel, y Mario se acomoda en la casa anexa, ¿verdad?
Felisa no contestó. Tuvo que hacerlo Marta, cuando llevó al salón los sándwiches de jamón y queso.
—Quién va a vivir en el anexo soy yo, Melisa.
—¡Pues vaya matrimonio más raro! —Melisa le dio el primer mordisco—, por cierto, ¿cuándo os mudáis?
—Manuel ya ha mirado algunas casas y quiere que vayamos a verlas mañana. —Marta sonrió con condescendencia—. Seguramente ya lo tenía previsto.
—¿Y qué vas a hacer con esta casa? —Melisa miraba al techo y la lámpara con algo de nostalgia.
—Pues no lo he pensado aún, quizás ofrecérsela a alguien para alquilársela… —Marta sonreía con amplitud a Felisa.
—¡Uy, que no lo ha pensado, dice! —Felisa rio entre dientes—. ¿Y por eso me miras a mí?
—¿Sugieres que se quede la tía aquí? —Melisa se hizo la ofendida—. ¿Te recuerdo que tanto Julián como yo vivimos de alquiler?
—Yo os dije en su momento que no quería discusiones por la casa —Marta mostró su lado más salomónico—, así que, ¿cuál de los dos se quedaría con el dormitorio principal?
—¿Solo por eso? —se quejó Melisa.
—No, pero todo lo que te diga también se dirige hacia el mismo punto al que va la pregunta: ¿pretendes que yo elija entre Julián y tú?, no, señor.
Melisa abrió la boca para volverla a cerrar sin haber emitido sonido alguno. Su mellizo tampoco se merecía que ella lo tirara por tierra de esa manera.
—¿Y alquilarlo a Mario, no te dará intimidad con Manuel y a él un motivo más para que intente convencerte de que su padre es un buen partido?
El corazón de Marta se desbocó, pero con una fingida sonrisa, lo amilanó.
—¿Para qué he sugerido la casa con anexo, entonces? —Marta por fin entendía la idea de Melisa y no podía estar más equivocada.
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Editado: 03.03.2026