Marta, sentada ante su escritorio, había soltado un órdago más falso que los segundos en las campanadas. Y al igual que en el cambio de año se desvela con un cronómetro, Mario podría ser descubierto con una simple búsqueda de rutas de GPS.
Felisa, por su parte, estaba algo confundida con la mentira de Marta, pero Melisa miraba con sospecha a su madre.
—¿Acaso eres la única que se puede unir con un socio, o qué?
—Es que no te entiendo, hija. —Marta suspiró con hastío—. ¿No habías dicho que era tan expresivo como una pared? —ella bien sabía que Mario no era así— Fueron tus propias palabras, Melisa.
—Pero porque eran las primeras citas, seguro.
—¡O porque eras tú, Melisa! —A Felisa no le gustaba nada lo obsesiva que parecía su sobrina.
—A ver, ¡era él el que se acercó a mí y no al revés!
—¿Y por eso te tienes que obsesionar con alguien que ya no te hace caso? —Marta entrelazó las manos y se apoyó en los dedos— ¿Acaso solo te interesa porque ya no te persigue él a tí?
Melisa alzó las cejas, dispuesta a replicar, pero abrió la boca sin emitir sonido. Frunció un poco el ceño y bajó la mirada.
—Es que se le veía tan interesado antes, y tan interesante ahora… —Se excusó.
—Entonces, lo que te gusta de Mario es lo que esa chica del balneario ha despertado en él, Melisa. —Felisa seguía el hilo con soltura, mientras intentaba tranquilizar a Marta con la mano en su brazo.
—Ya, vale, gracias. —Melisa no parecía muy conforme, pero intentó que no se notara— Creo que voy a actualizar yo también el software de mi oficina.
Melisa se fue y cuando se metió de nuevo en su despacho, Felisa miró a Marta, que se dejó vencer en el asiento.
—Espero que tu enérgico galán sepa mantener la pantomima. —Comentó Felisa con picardía.
—¿Mi qué? —Marta no había escuchado nada.
—¡Bah, déjalo! —Felisa se fijó en el ordenador apagado de su amiga— ¿Nos vamos a casa?
—Me he acostumbrado a ser la última en salir del trabajo; me da la seguridad de tener todo controlado. —Marta se acordó del jueves pasado; ese día también fue la última en salir—. Aunque es una sensación engañosa de control.
Felisa cogió su bolso y el de Marta del perchero sin desenvolver del todo.
—Eso me intriga, ¿por qué lo dices?
—Porque le conocí el jueves —Marta mostraba una sonrisa de picardía—, ¿Sabes?
—¡Qué excitante, cuéntame más! —Felisa parecía una Pink Lady en Grease mientras abría la puerta del despacho.
Marta respondió con una leve risa y se acercó a su amiga para confesarle al oído lo ocurrido.
—Yo salí la última, como siempre; e iba a coger el coche de mi plaza de aparcamiento, y justo en el paso de peatones ocurrió.
Ambas amigas atravesaron la sala llena de escritorios con ordenadores, dejando atrás los despachos individuales.
—¿Se cruzó contigo? —se interesó Felisa al llegar a la puerta principal.
—Pues estaba inmersa en los correos electrónicos y cometí la imprudencia de cruzar la calle casi sin mirar y la suspensión hizo el resto.
No se dieron cuenta al salir de la empresa de que alguien, asomada desde la puerta de su despacho, les había escuchado hablar con cordialidad y picardía sobre un accidente de tráfico.
Llegaron al coche sin demora y allí les esperaba Mario.
—¿Un balneario, en serio?
—¡No me digas que te confundí con otro chico! —Marta sonreía con picardía.
—¡Oh, por favor! —Se quejó Felisa con algo de vehemencia—, ¡Ni que fuera tan raro!
—Marta.
—Dime, Mario.
—Es en serio, lo de que me quiero descubrir a mí mismo, digo.
—¿Entiendes que me he sentido acorralada? —Marta se cruzó de brazos, le miraba con un poco de severidad—. Por el mero hecho de que yo tenga un refugio, no tienes que buscarte tú uno al lado.
—¿Y si no hubiera sido el hijo de Manuel?, ¿te habrías sentido acorralada si solo fuera el hombre del fin de semana?
—¿Por qué me parece que esto ya lo he visto antes? —interrumpió Felisa.
Mario rio con algo de timidez.
—“Lo que llamamos rosa, con cualquier otro nombre, desprendería el mismo aroma”
—¡Qué listo, citando a Shakespeare! —puntualizó Felisa.
Mario se encogió de hombros, aun con la dulce sonrisa de inocencia en su rostro.
—“Romeo y Julieta”, ¿no crees que lanzas muy arriba al compararnos con ellos?
—No me has respondido, Marta. —Lo volvió a preguntar—. ¿Te sentirías acosada si solo te cruzaras conmigo como un vecino más de La Cabrera cuando coincidiéramos?
Marta se halló indefensa ante esa pregunta, bajó la vista y lo negó en silencio.
—Pues que Melisa sea la Business Management; no quiero ser quien te haga daño estando en la empresa.
Marta y Felisa se miraron alarmadas.
—¡No puedes irte de la empresa! —le pidió Marta.
—¡No digas gilipolleces, chaval! —se ofendió Felisa— ¿Qué excusa le vas a poner a tu padre?
—Algo se me ocurrirá. —Mario —desvió la mirada, frunciendo levemente el ceño.
—Irte de la empresa por mí, sí que me dolería; Manuel no se merece que dejes la empresa. —Respondió Marta desde su posición de jefa.
Mario borró la inocencia de su cara, mirando a Marta a los ojos; la miró con algo de propiedad.
—Si tanto aprecias a mi padre, ¿qué ocurrió el fin de semana?
—Espera, ¡córcholis! —Marta elevó inconscientemente un lado de su sonrisa—, te lo digo como su socia, ya que también tengo a mis dos hijos en la empresa.
Mario dio ese medio paso atrás que le distanciaba de su Mercedes dorado, topándose de culo con el vehículo. Se había asustado de su propio ataque de celos, y nada menos que de su padre.
—Es un juego peligroso, Marta. —Mario respiró hondo y abrió la puerta de su automóvil para sacar una bolsa pequeña—. Desde el jueves soy un completo alcornoque; esto es para ti.
Marta tomó la bolsa y la abrió; era un corcho limpio y enganchado a un par de llaves de bombín normal.
—¿Esto qué es?
—Mi refugio.
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Editado: 03.03.2026