Mi vida por serte infiel

19: Mario (2)

Era más que obvio que Manuel sugiriera eso, debería haberlo hecho antes, y, sin embargo, se esperó a decirlo después de firmar.
Mario sabía que su padre no tenía ninguna mala intención en quejarse de Marta por haber estado con otro hombre. No era culpa de Manuel, haberse enamorado de una mujer y que se sienta decepcionado por no haber sido quien le diera ese brillo de felicidad.
Ese toque de magia se lo había otorgado el hombre con el que convivía; su propio hijo le había robado la dicha sin saberlo.
Y Mario, con el corazón dividido, solo podía pensar en ese párrafo adherido al contrato de fusión referente al significado de matrimonio.
Su esperanza pedía a gritos que Marta tomara los papeles y los rompiera en mil pedazos para correr a sus brazos; pero sabía que no lo haría, porque ser impulsiva no era su estado natural.
Observaba a su padre y a Marta desde los tres pasos adelante y con la perspectiva de su hombro. No sabía si ansiaba que ella dijera que no, para no sentir celos de su padre; o que respondiera que sí, porque eso le daría la oportunidad de verla todos los días.
La expectación le estaba torturando y se detuvo, girando levemente el torso.
Se dió cuenta de que Marta le miraba específicamente a él cuando rompió el silencio.
—Si eso fuera así, tendría que exigir una habitación para mí sola.
—¡Contaba con ello! —respondió Manuel con soltura—, ¡he dicho seis por algo!
Marta se giró hacia Manuel, atónita.
—¿Cómo dices?
—¡Una habitación para cada uno, es lo mínimo!
El desconcierto de Marta hizo a Mario mostrar una sonrisa a medias.
—Papá —Mario suspiró con fingida suspicacia—, ahora que ya no estarás solo, me puedo independizar.
Mario decidió ser quien tomara distancia primero, el daño ya estaba hecho con la maldita cláusula. Incluso se llevó la mano al hombro, instintivamente, donde un tatuaje de veinte horas le quemaba la piel desde las entrañas.
Marta, con cara de sorpresa, y una pizca de ruego en los ojos, al oír eso, se apresuró a frenarle.
—¡Si es por mí, no te preocupes, no tienes motivos para huir de casa!
Mario tragó saliva, contenía el aliento. Se hubiera lanzado a abrazarla si no fuera por el público; hasta su cuerpo le traicionó adelantando levemente un pie.
Felisa se palmeó la frente ante la desesperación de Marta. Melisa miró a su tía con extrañeza. Aunque fue Julián quien rompió el silencio.
—Si la cúpula de la nueva empresa está unida, faltaríamos Melisa y yo en esa casa. ¿Tienen que ser seis?
La conversación se centró en la cantidad de habitaciones y cuartos de baño que debería tener la supuesta casa donde vivieran todos juntos.
Ante la reacción que tuvo Marta tras el intento de Mario de apartarse, él sabía que ella también tenía esa lucha interna de deseo y deber.
Mario no quería que Marta llorara por sentirse culpable, pero las lágrimas eran por algo más oscuro que el mero hecho de llevarse veintitrés años de diferencia; y la culpa de sentirse deseada por alguien de una edad inferior, cuando la opción conforme era envejecer con alguien con intereses comunes, eso era lo que él no vio.
Y la cláusula para proteger a Manuel, tan impulsiva y unidireccional, no ayudaba a que Marta se sintiera menos saturada.
Cada uno se fue a su casa. Mario sintió alivio al ver que la comprensiva Felisa acompañaría a Marta.
Mario y Manuel, cada uno en su coche, llegaron rápido al aparcamiento de la empresa. Cuando llegaron cada uno a su despacho, la secretaria de Mario le llamó a la puerta.
—Don Mario, ¿pudo acudir a la boda?
Una nueva punzada le atravesó el corazón. Sonrió como pudo.
—Sí, gracias, Liliana. —Desvió la mirada hacia un lado—. No arriesgues todo por alguien de quien no sabes nada.
La chica rubia, con cara de cuestionario, se enderezó como un soldado en instrucción y parpadeó nerviosa.
—¡Lo tendré en cuenta en mi próxima cita, gracias, jefe! —Liliana se fue a su escritorio con una sensación de familiaridad algo chocante.
Mario se llevó de nuevo la mano al hombro y observó el tatuaje bajo la ropa.
Sabía que debía de haber investigado la cúpula de GOZZE antes de que unificaran las empresas, pero se había conformado con investigar la cartera de clientes.
Se preguntó a sí mismo si hubiera reaccionado distinto y buscó la web corporativa.
Un grupo de hombres, en el que apenas estaban Marta, Melisa y otra mujer con aires de institutriz austríaca. En la foto, Marta parecía casi más joven que su hija, y eso no le ayudaba con la idea de «si él lo hubiera investigado, no se habría permitido la opción de enamorarse de ella».
Una llamada le sacó del ensimismamiento. Era Melisa.
—Buenas tardes, hermanastra. —Procuró sonar bromista.
—¡Pues empezamos bien! —se quejó—, yo pretendía invitarte a salir algún día. Estás… distinto.
—Y tú rara, ¡No te jode! —A Mario no le gustaba el rumbo que Melisa quería darle a la conversación.
—A eso me refiero, antes no te hubieras expresado así.
Mario se dió cuenta de que estaba pagando su frustración con Melisa, que no tenía culpa de nada.
—Perdona, no debí pagarlo contigo.
—Entonces, ¿tomamos algo juntos? —Melisa insistió.
—Mi corazón está ocupado. —Mario sí podía decir eso.
—Entiendo que esa chica es quien te ha sacado de la frialdad que te caracterizaba —no había maldad en sus palabras—, pero podemos seguir siendo amigos.
—No sé yo si le sentaría bien verme con otra mujer. —A su mente vino cuando ella le preguntó a través de una puerta sobre quién le traía loco. Sonrió.
—¡Huy, qué insegura! —Melisa rio, jugando sus bazas—, ¡no te mereces a alguien que se pone celosa por verte con tu hermanastra!
—No hables de lo que no entiendes —Mario se enfadó, y mucho, con Melisa—, porque nunca seremos nada más que eso, hermanastros.
La colgó sin tiempo a replicar; porque ya no podía retomar lo que deseaba, y porque tampoco podría retomar lo que dejó de antes.
El comentario de Melisa le había dado tanto asco, que comprendió que no podría mirarla más que como una persona más.




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