Mi vida por serte infiel

23: Mario (3)

Mario llegaba a su oficina con un nudo en el estómago.
Él había sido impulsivo al comprarse aquel pisito en La Cabrera, sí; pero fue cuando aún no sabía que Marta sería su madrastra.
Ella le había dado una lente distinta para ver el mundo desde otro ángulo distinto. Gracias a Marta, se atrevía a expresarse sin filtro y sin embargo, el hecho de que sea ella, exactamente, es el mayor de todos los filtros para manifestar sus sentimientos.
Se sentó en su despacho, solo. Oía murmullos inconclusos al otro lado de la puerta con la voz de Liliana y Julián. Pensó que la frágil muñeca que era su antigua compañera de colegio haría muy buena pareja con el inocente y espontáneo de su hermanastro.
Su mente regresó al día anterior, cuando en esa misma oficina, Liliana le descubría que la mujer de la que se había enamorado ciegamente iba a ser su madrastra. Y su instinto de evitarle daño alguno prevalecía por encima de su amor filial y estaba dispuesto a besarla delante de todos si con eso evitaba la maldita cláusula que él mismo había redactado por puro amor filial.
Mario, antes, solo quería que la empresa familiar prosperase; buscar una buena chica con la que formar una familia y seguir el legado.
Ahora la empresa sería compartida; él se había enamorado ciegamente a primera vista y seguir el legado le daba igual si con ella es feliz.
Ella, Marta, esa mujer que le había hecho cuestionarse todos esos valores que antes daba por hechos.
Levantó la cabeza de entre los brazos porque le sonó un mensaje suyo. Lo leyó.
“Espero que lo del pisito en un pueblecito de la sierra tenga explicación, porque me he sentido algo acosada y no es algo agradable”
Mario sabía que le iba a sentar mal, que se lo iba a reprochar. Sin dar muchas vueltas al asunto, pulsó el botón de dictado de la conversación para dejarlo escrito.
—Por volver a sentir esa libertad que despertaste en mí; regresé con la excusa de buscar nuevos clientes y devolverle a la vecina los alimentos que nos prestó. Al hablar con ella, vi un piso a la venta, y encontré la excusa perfecta para poder intentar ser yo mismo.
Mario revisó las comas y los puntos, y envió el mensaje.
—Espero que me perdone. —Llegó a decir antes de volver a esconder la cabeza entre sus brazos.
Un golpecito en la puerta, a modo de llamada, le hizo enderezarse.
—¿Jefe? —Era Liliana.
—Dime.
—¿Le puedo preguntar algo personal?
Eso le pilló desprevenido, y su cara de asombro aún no se había disipado cuando Liliana pasó.
—Cierra la puerta si no quieres que se enteren tus compañeros. —La invitó a sentarse ante él.
La secretaria hizo lo que le habían sugerido y cuando se sentó, no le costó sincerarse.
—Sabes bien que siempre te he considerado como un hermano mayor, Mario, y querría que me dieras tu opinión sobre Julián.
Una sonrisa se dibujó por encima de la sorpresa en el rostro de Mario.
—Es espontáneo y creo que es más inteligente de lo que cree. —Él se encogió de hombros.
—¿Puedo quedar con él, opinas que es bueno para mí? —Liliana prefirió preguntar directamente.
—No se le ve mala persona, si es lo que me preguntas.
—Sí, ¡gracias! —Se volteó para salir de la oficina y llegó hasta la puerta—. No entiendo mucho por mi edad, y corrígeme si me equivoco; pero después de cómo reaccionaste ayer, si quieres hablar de lo que sientes por la señora Marta, te puedo escuchar sin juzgarte, ¿Vale?
Mario se había descubierto solo; Liliana lo había intuido y no sabía quién más lo podría saber.
—No sé de qué me hablas. —Intentó mostrarse irónico y algo ofendido.
—Ayer, cuando te dije que la dueña de GOZZE era Marta Solís Villanueva, te faltó un pelo para salir corriendo como si te fueran a arrancar las tripas. —Liliana le miraba comprensiva, con la mano en el pomo de la puerta— Estás enamorado de ella y lo entiendo, parece inteligente y es guapa y atractiva para tener cincuenta años; pero se ha casado con tu padre y verla solo te hará daño.
—Eso son solo negocios, Liliana, pero gracias por preocuparte por mí.
Liliana afirmó y se fue.
Tras la puerta cerrada por su secretaria y amiga, Mario oyó en forma de murmullo la voz de Julián. Y no pudo averiguar si él era el tema de la conversación, porque recibió un mensaje de Marta en el móvil.
“Ser tú mismo, tan cerca de donde yo me sinceré contigo admitiendo que es donde puedo ser solamente Marta, no te exime de parecer un acosador”
El pecho de Mario se encogió al leerlo. Había obrado mal, y solo podía excusarse vagamente.
Decidió llamarla.
—¿El piso está en La Cabrera, a que sí? —La escuchó dolida.
—En un sitio en el que fui tan feliz, que tras la perspectiva de que no te volvería a ver y sabiendo que no se lo habías dicho a nadie, decidí al menos tener ese secreto en común contigo.
Un largo silencio respondió a la desnudez del alma de Mario.
Se oyó a una ilegible Felisa de fondo. Y lo peor de todo, a Melisa irrumpir como un huracán.
—¡Esa chica es mentira, lo ha inventado para darme celos! —Melisa chillaba como una fanática.
—Melisa, él te ha apartado, no le gustas. —Le gritó Felisa.
Mario no sabía si debía hablar o callar, principalmente porque no sabía si Marta aún estaba escuchando.
—¿Estáis hablando de mí? —susurró Mario al teléfono.
—Melisa, ¿te fías de mí? —Marta sonó autoritaria, y eso le llegó a parecer bastante sensual—, porque el sábado pude coincidir con una chica en el balneario y vi cómo Mario la recogía.
—¿De qué hablas, no te entiendo? —Mario le susurraba con alarma al teléfono, sin poder colgar.
—Deja de rebajarte persiguiendo a quien se te escapó; Mario prefiere a esa otra chica, ¡córcholis!
Marta colgó la llamada, pero Mario, con el corazón desbocado, solo pudo repetir la exclamación, donde solo la escuchó él.




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