Marta por fin se pudo sentir tranquila con lo que había malinterpretado su hija, aunque Felisa aún no lo tenía del todo claro.
—¡Cómo han cambiado las tornas!
—¿Perdona?
—¿Pasas de querer meterte en su cama a creer que intenta manipular a tu madre para que se enamore de Manuel? —Felisa se cruzó de brazos—, cariño, eso no tiene ni pies ni cabeza porque ya están casados.
Marta miró el móvil y sonrió. Se giró hacia Melisa y, con la última pinchada de ensalada en su tenedor, señaló a Felisa.
—Mañana ya ha concertado Manuel una cita en la inmobiliaria para ver una casa. ¿Quieres que me acompañe tu tía, para que tú te sientas más tranquila?
Melisa afirmó con la cabeza sin decir nada, pero con una sonrisa bastante delatora.
Terminaron de cenar, recogieron la mesa, y Melisa se fue bastante satisfecha a su casa.
Marta y Felisa acabaron por fregar la ensaladera y se pudieron acostar temprano.
Sentada en la cama, mientras se quitaba las zapatillas, Marta volvió a mirar el móvil; tenía dos mensajes.
Mensaje de Manuel: «He llamado a un amigo mío y me ha concedido tres visitas a casas en venta. Mañana a las once tenemos una visita para ver una casa; espero que te guste.»
Respondió con un escueto “vale” y pidió las señas de la ubicación de la casa.
El otro mensaje le aceleró el corazón hasta el punto de sentir una leve sensación de opresión en el pecho. Y aunque le llegó a molestar, con cada lectura necesitaba volverlo a leer y recrearse en cada palabra de la frase.
Mensaje de Mario: «Este alcornoque echa de menos saborear tu aroma, embriagarme de tu perfume, acariciar toda tu piel, recrearme en tu silueta e hipnotizarme con tu voz.»
Se obligó a sí misma a dejar de leerlo una y otra vez porque estaba empezando a subir su temperatura.
“No entiendes lo peligroso que es el mero hecho de que reciba un mensaje tuyo, y menos con lo que me has dicho en él. Melisa cree que tus atenciones hacia mí son para que me fije en tu padre. Ella se ha dado cuenta de tus gestos.”
Los puntos suspensivos aparecían y desaparecían hasta cuatro veces en el teléfono de Marta, como si Mario no tuviera claro lo que quiere decir.
Acabó llamando.
—Necesitaba oír tu voz.
Fue oírle de nuevo y el mundo se le desbarató.
—Es un juego peligroso. —Marta bajó la voz hasta dejarla en un susurro, para que no lo oyera Felisa—. Mañana mismo, vamos a ver viviendas tu padre y yo.
—No.
—Sí, Mario, la vida sigue.
—Si vas con él, yo también voy.
—¿Te molesta? —Marta contuvo el aire, quería una respuesta y deseaba con pasión justo la contraria.
—¡Por supuesto!
—¿Por qué? —Marta ansiaba escuchar de viva voz lo que su corazón ya sabía.
—No me gusta que pases tiempo con él, me corroe algo por dentro.
—Yo… —Marta miró al techo, la opresión del pecho intentaba brotar por los ojos en forma de lágrimas—, …lo diré si no lo haces tú.
—¿Decir?
—¿Son celos, Mario?
—No me das motivos para que sean celos, pero quiero ser yo quien vaya contigo, no él.
—No sé si sentirme ofendida o halagada, la verdad.
—Espera, ¿por qué te ibas a ofender, por ser celoso o por ser envidioso?
—Hay una fina capa que separa la envidia de los celos —Marta ya no estaba tan cohibida—, y siento que caminas por el filo de la navaja.
—La respuesta se responde con una pregunta sencilla —Mario se mostraba muy seguro al respecto—: ¿Crees que dudo por lo que sientes por mí? Ahí está tu respuesta.
Una sonrisa adorable de paz se dibujó en la cara de Marta; entendía la verdad de la afirmación de Mario.
—¿Cómo voy a lidiar con esto, si cada interacción contigo me lleva a desear estar contigo en todo momento, Mario?
—¿Esa es una declaración?
—No lo sé, puede que quizás no sea tan fría como quiero aparentar.
—¿Te importa si lo digo yo primero? —Mario sacó su lado coqueto más juguetón—. Me gustas desde todos los ángulos —reía entre las palabras—, te quiero sin artificios, te deseo por completo y te amo sin remedio.
—Mario, ¿cómo crees que voy a dormir yo ahora?
—¡Cómo yo, soñando contigo!
—Buenas noches, y dulces sueños. —Marta esperó la respuesta de Mario.
—Contigo, siempre. Ídem. —Y Mario colgó.
Marta miraba al techo de su habitación con ilusión, pero poco a poco y sin poder frenar el movimiento de sus pensamientos, acabó resoplando por pura contrariedad.
Como ya había vaticinado Mario, Marta soñó con él, con el fin de semana juntos. Al despertar se propuso dejar las cosas como están, pues consideró más fácil de llevar si dejaba el contacto físico al mínimo.
Marta se acercó a la oficina un rato para planificar junto a Julián los movimientos de marketing de la empresa. Y antes de irse, convocó a Melisa para que aportara su punto de vista como RR.PP.
Los dejó con un debate ligero y regresó a casa para recoger a Felisa.
Llegaron al lugar acordado y allí les esperaban los Ruiz en la puerta del chalé.
Manuel intentó acercarse a Marta con una mano en el hombro, pero el beso en la mejilla nunca se materializó.
Todos pasaron dentro de la casa cuando un agente de la inmobiliaria le abrió la puerta.
Les fue enseñando una a una las habitaciones, pero Marta ya se había distraído con el jardín y una gran piscina a un lado.
Mario la observó desde dentro cómo se descalzaba para pisar el césped limpio. Verla distraída y disfrutar con algo tan mundano como sentir la tierra le pareció sumamente encantador.
En cierto momento, Marta se atrevió a acercarse a la piscina y dudó si meter los pies en el agua. Cuando lo hizo, su sonrisa se expandió y, tras encogerse de hombros, bajó otro escalón y se sentó en el borde de la piscina con las piernas metidas hasta el gemelo.
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Editado: 03.03.2026