Mario observaba a Marta con fascinación. Y ella apenas se dio cuenta de que probablemente se estaba tomando demasiadas confianzas con una piscina ajena.
Oyó la conversación distendida que mantenían su padre con Felisa y el agente, y cada vez estaban más cerca.
Se preocupó y salió con ella al jardín.
—Marta, ¿crees que puedes hacer eso?
Ella se giró para mirarle. Se sorprendió.
—¿Cómo dices?
—Estamos viendo una casa que no es nuestra, ¿cómo se te ocurre meter los pies en la piscina?
Marta se dio cuenta tarde de la obviedad que había comentado Mario. Sonrió con vergüenza e intentó levantarse, torpemente, y no lo consiguió.
En su amago de incorporarse, acabó por volverse a sentar; pero esta vez, su camisa había escapado de la falda y se había arremangado un poco, dejando ver levemente la espalda por la zona lumbar.
—¿Qué es eso? —Mario había agravado el tono de voz, aparte de hablar casi susurrándolo.
Marta se asustó por lo que la voz de Mario denotaba, se llevó una mano a la espalda y le ofreció la otra a él.
—Un recuerdo de mi adolescencia —Marta se encogió de hombros, quitándole importancia—; es solo un tribal como tantos que se hacían por aquella época. ¿Me ayudas a levantarme?
Mario se acercó lentamente, con cuidado de no mostrarse demasiado entusiasmado con el descubrimiento.
—¿Es una locura que me parezca tan sexy descubrir ese tatuaje, cuando ya te he visto completamente desnuda? —Mario lo susurró en un tono tan grave, que casi parecía gutural.
Marta le miraba los labios y la nuez según sacaba los tobillos del agua, pero no se dio cuenta de que ella misma también estaba alterada.
—Locura no sé, pero inoportuno es un rato. —Consiguió responder Marta cuando se puso en pie.
Un sorprendido agente inmobiliario cruzó el umbral de la puerta del porche que daba al jardín, tapándole la vista de la escena a Manuel.
—¿Joaquín, están en el jardín?
—Sí, don Manuel, a su esposa le gusta la piscina.
Marta, pillada en un renuncio, tuvo que mostrar los zapatos para que "la condena" fuera menor.
—¿Marta? —Manuel se asomó por detrás del agente inmobiliario Joaquín.
Mario adelantó un paso hacia los tres que acudían a la escena, interponiéndose delante para que ella se pudiera colocar la camisa.
—Gracias —Marta le susurró a Mario, con la mano en su espalda y a continuación, cuando se colocó la camisa y los zapatos, se asomó por su hombro para hablarles con un tono más normal—, solo echaba de menos mi infancia, cuando iba al pantano con mis padres.
—¿Quieres una piscina? —La ilusión con la que preguntó Manuel parecía un insulto de lo absurda que era.
—¿Eh? —Marta se quedó desconcertada—, ¡si no hay una segunda casa en el jardín, no me interesa!
—Yo tenía la esperanza de que pudiéramos vivir los tres juntos. —Manuel mostró sus cartas.
Felisa atropelló una risa con la mala fortuna de parecer una pedorreta.
—¡Perdón! —Felisa le dio un par de palmadas en el hombro a Manuel, que la miraba confundido—. Estás royendo piedra, amigo mío.
El pobre hombre había vuelto a insinuar sus intenciones, y ahora no entendía el comentario que le habían dicho.
—¿Me estás comparando con un ratón?
Felisa sonrió con todos los dientes, entornando los ojos hasta casi cerrarlos.
—Algo así. Aunque yo tenía en mente los hámster rusos.
El agente inmobiliario observaba a los cuatro adultos como quien examina a su presa, y esperaba el momento oportuno para seguir enseñando la casa.
—Manuel, ninguna de las citas era con casas dobles.
—Pues entonces a mí no me interesa. —Interrumpió Marta antes de que hablara su marido.
—Ya la has oído. —Manuel se encogió de hombros.
—Pues solo hay una, pero el precio que pide el dueño es desorbitado.
—¡Qué bien lo vendes! —se quejó Mario con ironía.
—Intentaré concertar una entrevista para mañana y les mantendré informados.
—Pues vayamos a ADAN, que tengo que recoger unos documentos de la fusión que aún no hemos firmado. —Manuel volvía a su tono distendido y despreocupado—. Es una tontería que tiene que ver con el nombre, pero nada serio.
—¿Qué ocurre con el nombre? —Marta se alarmó.
—Que no podemos salir a bolsa hasta que no marquemos las siglas de la nueva empresa, y pretendía solucionarlo tras la mudanza. —Manuel comentaba el problema como si fuera algo nimio.
Todos se dirigieron a la puerta para salir; Mario tocó el hombro de Marta para quedarse rezagados.
—El piso no es la única locura que hice el lunes.
Marta se giró hacia Mario, conteniendo la respiración.
—¿Qué hay más?
—¡Mario, Marta! —les llamó Manuel—. ¿Salimos, por favor?
No pudieron continuar la conversación y salieron de la casa con ese tema pendiente.
Ambos Mercedes salieron de la urbanización detrás del vehículo de la inmobiliaria que conducía el agente.
Mientras el vehículo dorado llevaba a dos hombres con la misma mujer en mente, aunque solo uno de ellos era correspondido, el coche de color ceniza transportaba a dos mujeres en silencio y con una certeza sobre los hombros: el amor es difícil de ocultar.
Al llegar al edificio en el ensanche de Vallecas, Felisa no pudo aguantarlo más y acorraló a Marta.
—¿Qué ha pasado en la piscina?
—Mario me ha traído a la tierra, solo eso.
Felisa se sorprendió de la respuesta y pidió explicaciones.
—Ahora resulta que el chaval es más maduro que tú.
—No te burles, Felisa, que es cierto.
—Vale, explícamelo.
—Me descalcé para sentir el césped bajo mis pies.
—Estabais al pie de la piscina, Marta, ¿qué tiene que ver el césped ahí?
—¡Ah, vale, perdona! —Marta llamó al ascensor— solo se acercó a recordarme que no debía meterme en la piscina.
—Marta, eso no es higiénico y lo sabes de sobra.
—Pero ha sido eso, ya está.
—Te conozco, Marta, ¿hay algo más?
Entraron en el ascensor.
—Me ha visto el pequeño tribal que tengo en las lumbares. —Marta se llevó la mano a la barbilla, con una sonrisa de inocencia.
—¿No te lo había visto cuando... intimasteis?
—Al parecer no.
—¿Y le parece bonito, o hortera como decía mi hermano? —Felisa miraba con suspicacia a su amiga.
Marta llegó a la puerta de su casa y abrió. Con una amplia sonrisa, miró con picardía a Felisa y solo le contestó una palabra:
—Sexy.
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Editado: 03.03.2026