Mi vida por serte infiel

30: Su sonrisa.

Mario dejó el rotulador en la bandeja de la pizarra y se acercó a su sitio para recoger las carpetas que había repartido antes.
—Yo voy a recoger los dosieres con todo el papeleo —mintió con soltura, mientras temblaba levemente—; tantas copias no hacen falta.
Había mostrado una fachada de alguien que estaba muy seguro de lo que decía, pero era simplemente un papel de soberbia que, si Marta le hubiera entregado una sonrisa como las del fin de semana, se habría desmontado como un castillo de naipes.
En su mente, el nombre no era una suma de empresas. Era GO y la E final envolviendo a DAN. GOZZE acogiendo, arropando, abrazando a ADAN. Marta rodeándolo, protegiéndolo, siendo el ancla de sus sentimientos.
Sabía que si él llegaba a admitir en voz alta que ese nombre era su forma de estar "abrazado" a ella para siempre, Marta tendría que impugnar la votación de inmediato por pura supervivencia. Mario era consciente de que ella no podía permitir que la identidad de la empresa fuera un poema de amor secreto. Por eso no se lo diría a ella.
Cuando Melisa dijo que el nombre le recordaba a una diosa antigua, en la mente de Mario había aparecido la diosa Diana representada con los rasgos de Marta, y, aunque no lo pensó en su momento, le pareció un acierto perfecto.
Mario salió de la sala con las carpetas bajo el brazo y se topó de bruces con Felisa, que esperaba en una silla enfrente de la puerta.
—¡Qué susto, Felisa!
—Ya ves tú. —Movió la mano con condescendencia para quitar importancia—. He escuchado tu presentación desde la puerta; ha estado muy bien.
—Gracias.
—¿Puedo sugerir a Hugo para que os haga la página web?
Mario dio un paso atrás y miró a Felisa con reticencia.
—¿Me estás chantajeando, o lo sabe Marta?
—A ella ya se lo dije antes de saber lo que sé, no soy de esas personas, pero me da vergüenza interceder por Hugo en algo así.
—Pues teniendo en cuenta que no soy el único Business Management de GODANE, creo que vas a tener que hablar con tu sobrina. —Mario se disculpó con una sonrisa—. Y pasa dentro, no vaya a ser que te quedes sin celebrarlo.
Se alejó de la zona en dirección a su oficina.
Felisa tocó la puerta y nadie contestó, por lo que la abrió y se encontró a todos charlando de manera distendida, unos con otros. No tardó en mimetizarse con el grupo.
Manuel se alegró genuinamente de verla y Marta aprovechó para alejarse y salir. Ana y Eva la interrumpieron al pie de la puerta.
—Nos gusta la manera como se ha impuesto, con tanta elegancia. —Comentó la de cara más alargada.
—Gracias, pero hablamos cuando vuelva, ¿sí? —Marta mostró una leve sonrisa y avanzó un par de pasos.
—¡Sin problema! —contestó la otra.
Es entonces cuando pudo huir de la sala de juntas y sentarse en una de las sillas frente a la puerta.
—¿Habrá escondido un halago en el nombre? —Marta retorcía la costura inferior del suéter de Dubái—. Godane, godane… no me suena de nada.
—Creo que tu hija se refería a la diosa griega Diana, no lo tuve en cuenta. —Mario regresaba de su oficina.
Marta entrecerró los ojos, dándole un repaso inquisitivo a toda su figura.
—Pero has ocultado algo, lo sé.
—Prefiero mostrarte otra cosa. —Mario se sentó a su lado—. Por cierto, los colores tierra te favorecen aún más que cualquier gris o blanco.
—No me cambies de tema, Mario, ¿qué ocultaste en el nombre?
Mario rodó la vista, no quería decírselo; no antes de registrarlo. Y como si la propia Diana le iluminara, soltó otra razón que ni él mismo se había dado cuenta.
—GOZZE está primero.
Marta abrió mucho los ojos, sorprendida de la sencillez e inocencia que marcaba esa distinción.
—Es algo bastante infantil, pelearse por quién va primero, ¿no crees?
Mario sopesó las alternativas a esa versión y reía entre dientes.
—O Diana o dragón, prefiero a la diosa, ¿tú no?
—Dagone… —Marta sonrió con él—, es cierto que suena mejor Godane.
Mario se apuntó una pequeña victoria mental, pues había sorteado la suspicacia de Marta por ahora.
Enseñarle su primer acto de rebeldía que se hizo en su honor iba a ser algo peor, ¿cierto?
—No quiero que te enfades cuando lo veas.
Marta se sorprendió y frunció levemente el ceño.
—¿Enfadarme contigo, por qué?
—Por esto.
Mario se metió la mano bajo el cuello de la camisa granate y la deslizó hacia dentro, elevando su ropa. Incorporó lentamente el hombro, mostrando esa mancha enrojecida sobre su piel de refilón.
—No re… —Marta bajó el volumen de su voz hasta dejarla en un susurro, e incluso se inclinó hacia Mario para que él la escuchara—. No recuerdo ninguna marca en tu hombro. —Se asustó de sus propios pensamientos y le miró a la cara, pidiendo perdón—. ¿Te mordí al final?
—¿Qué?, ¡No! —Mario se sorprendió, y un atisbo de placer le hizo bajar un tono la voz—. ¡Córcholis!
—¿Te golpeé? Lo siento.
Mario se echó hacia atrás y, sin quitar su mano bajo su camisa, deslizó la vista por la espalda de Marta hasta llegar a las lumbares.
—Con que te parezca la mitad de sexy de lo que me parece a mí el tuyo, me doy por satisfecho.
Marta se sorprendió, y bajó aún más la voz cuando entendió la frase de Mario, llevándose la mano a la espalda.
—¿Te hiciste un tatuaje? —Con una mirada algo ofendida y una sonrisa incapaz de ocultar, la vista de Marta fue directa a esa “mancha”.—¿Estás loco o qué?
Con un hilo de voz y un tono mucho más grave de lo habitual, Mario soltó lo que llevaba queriendo admitir desde el lunes:
—Loco por ti.
Marta sintió su corazón desbocarse mientras no podía apartar la vista de refilón del tatuaje en el hombro de él.
—Tiene forma de… ¿Corcho?
Mario esbozó una sonrisa, tragando saliva y mirándola directamente a la cara.
—Esta es mi otra locura del lunes, ¿te gusta?
Marta tomó aire e hinchó sus mejillas, mientras se sonrojaba y apartaba la vista de él. Afirmó lentamente un poco la cabeza y soltó lo único que pudo:
—Un completo alcornoque.




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