Mario sabía que esa respuesta no era ni afirmativa ni negativa, pero le hacía más feliz que cualquier otra opción.
—No quisiera enseñárselo a nadie.
Marta se sorprendió.
—¿Y para qué te haces un tatuaje?
Mario miró al techo como si tras él pudiera ver las nubes pasar. Sonrió ligeramente.
—Si no fueras la mujer de mi padre, no me importaría que lo vieran los demás. —No la quiso mirar a la cara, temía su propia reacción al cruzar la mirada—. Un signo de rebeldía del que no me arrepiento, pero que no puedo mostrar porque te hundiría. Y si yo te dañara, me moriría; no me lo perdonaría jamás.
Marta le miró con intensidad y severidad a partes iguales.
—Debo verlo —dijo.
—Aquí no. —Los ojos se le empezaron a enrojecer.
—Mario —Marta volvió a bajar, aún más, la voz—, mírame. Si no quieres que llore por Titi, yo no quiero que llores por mí. Es algo que cometimos juntos; ahora, enséñame el tatuaje.
—Puede salir alguien en cualquier momento, Marta. —Se excusó.
—Vayamos a mi despacho o al tuyo, y ahí me lo enseñas.
Mario suspiró y se levantó. Tomó aire para tranquilizarse y le tendió la mano a Marta.
—Mi despacho está junto al de Melisa y el tuyo junto al de mi padre.
Marta rodó la vista.
—Al mío.
Marta tiró de Mario hasta entrar en su oficina y cerró el pestillo de la puerta.
Mario empezó a desabrochar el primer botón negro de su camisa granate; el corazón se desbocaba por momentos y apenas logró hacerlo con uno de lo nervioso que estaba.
—A ver —Marta se aproximó a él—, te ayudo. —Fue levantando las manos con lentitud hasta llegar a las de él, sin tocarse.
Mario la observó.
—Estás temblando.
—No —Marta frunció el ceño, se miró las manos y su respiración salió entrecortada, como si también temblara—, estoy luchando.
—Yo también desearía fundirme contigo, Marta, aquí y ahora.
Marta levantó la vista poco a poco; tras poner las manos sobre las de él, recorrió la base de su cuello, su nuez y su barbilla hasta llegar a su boca, en la que se detuvo, conteniendo la respiración.
—Temo que si te beso, no podría parar.
—Pues no lo hagas.
Mario tomó las manos de Marta, que ya habían desabrochado el segundo botón, y las elevó hasta el cuello de la camisa, deslizándolas con mimo por debajo de la ropa hasta que detectó la piel áspera del tatuaje.
—¿Te dolió? —susurró Marta, con la mirada puesta en la clavícula que ya se veía.
Mario sonrió con complicidad.
—Me dolería más si no me lo hubiese hecho. —Su voz volvía a agravarse por el contacto de las manos de Marta por su piel.
Ella levantó su ropa hasta descubrir el dibujo por completo y se quedó hipnotizada.
—Un corcho.
—Ya te lo dije: siempre nos quedará el corcho. —Mario inhaló profundamente y el aroma a piña y piñones le embriagó, e intentó serenarse. —. —¿Ves algo más?
Marta parpadeó; su propio cuerpo luchaba contra el placer de sentir a Mario tan cerca. Observó el tatuaje y reparó en la representación de las piezas de aglomerado de corteza de alcornoque.
Encontró fácilmente una M, y de ahí leyó ARTA al momento.
—¿Mi nombre? —No supo cómo debía sentirse, si halagada o dolida; pero sí que sabía que era tremendamente amada.
—No habría ningún otro. —Mario se acercó a Marta y la besó.
Ella se rindió, dejándose llevar por su aroma sutil a chocolate y fundiéndose con los labios de Mario como si le fuera la vida en ello.
Él le soltó las manos para extender los brazos y acogerla en su abrigo.
Cuando se separaron para tomar aire, Marta se permitió una puntualización.
—Tienes razón, no lo puedes enseñar.
—Si por mí fuera, solo lo verías tú.
Marta puso media sonrisa, con aceptación.
—Y así ha acabado siendo, ¿verdad?
Mario juntó su frente a la de Marta; cerró los ojos, suspirando.
—Debemos regresar.
—O se preocuparán.
El abrazo se disolvió como la espuma del mar, con lentitud. Marta le agarró de la mano mientras con la otra consiguió abrocharle la camisa.
Miraron en el pequeño frigorífico departamental que había en su oficina y se lo encontraron vacío.
—Tengo una idea mejor —se pronunció Mario—; aún creo que tengo un par en casa.
—¿Tu casa?
—No pasa nada, no muerdo.
—Me ahorraré el comentario al respecto para no caer en la tentación, pero… ¿Qué haría yo en tu casa? —Marta ya volvía a ser la mujer jovial y resolutiva de siempre.
—Yo… —Intentó no parecer muy ilusionado, pero algo en el tono se le escapaba—. Yo creo que es lógico que, si he visto tu casa y tu pasado, veas lo mío.
Marta ladeó la cabeza, que era un gesto tan tierno e infantil que surgiera de un sentimiento tan maduro como la equidad… que solo pudo sonreír con ternura.
—¿Somos dos chiquillos, o qué?
Mario aflojó su mano, como si solo se dejara llevar, y parpadeó, extrañado.
—¿No quieres?
—Lo aprecio de veras, pero también es la casa de tu padre, ¿me equivoco?
—Nos podemos inventar cualquier excusa, Marta.
Ella entreabrió su boca, apartó la vista hacia la puerta cerrada con llave e instintivamente se mordió el labio.
—Tengo una idea —una pícara sonrisa empezó a dibujar en su cara—, hagamos que lo sugiera alguien.
Mario abrió mucho los ojos y también sonrió.
—¡Qué lado más travieso, me encanta!
Marta le soltó y desbloqueó la puerta.
—Crúzate de brazos, que parezca que no te gustó lo que pasó aquí.
—¿Y qué es lo que no me ha gustado? —ironizó Mario con diversión mientras se posicionaba en la postura indicada.
—Que la nevera está vacía, obvio.
Marta abrió la puerta por completo y se encontraron a Manuel viniendo desde la sala de juntas, como a unos cinco metros. Les hubiera costado explicar el pestillo; había una suerte providencial en toda esa situación.
—Uy… —Manuel miró la expresión de Mario—, ¿y esa cara?
—No hay botellas que puedan servir —respondió Marta por el—, hasta en mi nevera hemos mirado y está vacía.
—Pero no te apures, hijo —Manuel mostró una sonrisa de ternura infinita hacia su hijo—, ve a casa y coge las dos botellas de vino que hay en el frigorífico de la cocina.
Marta se giró hacia Mario, y a espaldas de Manuel sonrió con picardía.
—El vino también nos vale. —dijo.
—Cierto —el joven se relajó, soltando los brazos—, ¿me quieres acompañar, Marta?
—Vale.
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Editado: 03.03.2026