Mi vida por serte infiel

32: Una fotografía.

El hecho de poder salir juntos del edificio les daba la sensación de recibir un regalo sin motivo.
Mario estaba feliz y se le notaba. Marta se sentía pletórica y mostraba expectación.
Cruzaron la calle y se aproximaron al portal más cercano.
—¿Qué hacemos aquí?
—Vamos a mi casa. —Mario la miró con diversión.
—¿Vives enfrente del trabajo?
—Sí.
—¿Y por qué queréis deshaceros de este chollo?
Mario abrió la puerta y la sujetó para que Marta pasara primero.
—¿Tú nos llevarías a mí y a mi padre a tu piso de Vallecas?
—Ahí viví mi vida con Sebastián, el padre de Melisa y Julián. —Marta se encogió de hombros, como si fuera un dato más.
Llamaron al ascensor.
—Pues por el mismo motivo, mi padre quiere tener algo que no le esté recordando cada rincón a mi madre.
—La situación inmobiliaria actual es propicia para que lo vendáis o alquiléis. —Levantó la vista al interior del portal—. Es muy buena zona.
El ascensor se abrió ante ellos. Montaron.
—No sé qué quiere hacer mi padre, me da igual. —Pulsó el número seis.
—Me siento un poco incómoda, la verdad.
—¿Y eso por qué? —Mario alzó las cejas y mostró media sonrisa; miraba a Marta con curiosidad, aunque su sonrisa ya había detectado la respuesta antes de escucharla.
—Estoy acudiendo como tu madrastra, pero la intención no es esa en absoluto.
El ascensor se abrió, y un largo pasillo se presentó ante ellos.
Mario salió y Marta tras él. Caminaron hasta el final; era la última puerta y Mario sacó las llaves.
—¿Te puedes creer que eres la primera chica que traigo a casa?
—¡Córcholis! —se le escapó—, ¿en serio?
Abrió y pasaron. Cerraron tras de sí.
—Sí, y la única.
—¿Qué opinaría Marcela si me conociera? —Marta quiso jugar con fuego.
Mario se sorprendió ante su insinuación y la observó con recelo.
—¿Qué tiene que ver mi madre en esto?
—Es innegable que vería a su hijo traer a una mujer de su edad como nuera; es chocante. —Argumentó.
—¿Nuera? —Mario saltó por la hipótesis, le sonaba muy bien—, me gusta lo que propones.
—¡Oh, venga, Mario! —Su sonrisa era tenue, sentía que decía una obviedad—. ¡Se ve a la legua que soy mayor que tú!
—Me encanta que supongas algo tan hermoso —se dio la vuelta y se acercó a ella, lentamente— y, aun así, no quieres entender que solo importaría el hecho de que serías tú quien estaría a mi lado.
—¿Por qué tienes la necesidad de estar diciendo que me amas? —Marta ladeó la cabeza—. ¿Crees que lo dudo? —Negó con energía, frunciendo un poco el ceño.
—Sé lo que sientes por mí y tú sabes lo que yo siento —levantó las manos hasta ponerlas en sus hombros—, pero no creo que llegues a entender la envergadura, cuando no paras de decir que eres mayor para mí.
—Es que lo soy.
En pleno pasillo de la casa, se tenían frente a frente, a unos escasos cinco centímetros el uno del otro.
—Lo único que me impide amarte es que, si lo hago, te destruyo.
Marta cerró los ojos y suspiró. No se tranquilizó mucho al tener a Mario tan cerca.
—Mario, el vino.
—Cierto. —Hizo el amago de dar un paso hacia detrás de ella, pero algo se le ocurrió—. Ven a mi habitación.
—¿Qué, tu habitación?
—Sí, claro, no es tan descabellado; yo conozco la tuya.
Mario había ido deslizando sus manos por los brazos de Marta y ahora la tenía tomada de las manos, y empezó a caminar de espaldas, mirando a Marta.
Como conocía todos los muebles de la casa, no le costó evitar un pequeño aparador que había debajo de un espejo.
Marta reparó en él, y cuando se vio reflejada en las manos de Mario, lo que parecía era una pareja normal, tan solo un hombre y una mujer. Sonrió orgullosa.
Cuando entraron a la habitación, ella se sorprendió de verla tan austera con la cama y el armario con espejo, a excepción de una gran estantería con un montón de libros.
—No sé por qué, pero leer te pega.
Él sacó su lado coqueto.
—Bueno —sonrió—, he probado varias aficiones y la lectura es la que más se acerca a lo que me gusta.
—¿Y cuál es? —preguntó con toda la inocencia del mundo.
—Contemplarte. —No lo dudó.
La pilló completamente desprevenida; se sonrojó y dio un leve zapatazo en consecuencia.
—¡Alcornoque! —le salió solo; estando en su presencia, parecía haberlo automatizado.
Mario se acercó a la estantería y levantó un grupo de libros falsos, cogió una cámara de fotos y, como si fuera a disiparse ese momento, le tomó una foto.
—¡Borra inmediatamente esa foto! —se quejó Marta.
—¡Es analógica, se siente! —rio mientras volvía a guardar la cámara—. ¿Cogemos esas botellas de vino?
—Eres la primera persona que conozco que prefiera esperar antes que verla al momento.
Marta se sentía desnuda ante la espontaneidad de Mario, y era algo extrañamente placentero.
—Mi madre me lo regaló cuando nací, o eso dijo, para que captara la esencia de las cosas. —La tomó de los hombros y la volteó, para llevarla hasta la cocina—. Al parecer, ella creía que las fotos que se pueden revisar al momento pierden la belleza de la espontaneidad.
Marta giró la cabeza hacia atrás, buscando mirar a Mario mientras él la guiaba por el pasillo desde detrás.
—Por eso eres así, tan espontáneo.
Llegaron a la cocina.
—Pues, no es por comparar, pero creo que hasta la semana pasada, tu querida Melisa opinaba lo contrario. —Chistó.
—¡Oye! —se mostró celosa—, ¿acaso te molesta?
—No, ni siquiera cuando yo sabía que tenía razón.
—Será mi hija, pero si pienso en que tuviste varias citas con ella, me arde el pecho.
Mario se acercó a ella, la aferró por los hombros con un solo brazo y la besó con ansia. Mientras abría el frigorífico con la otra mano. Al separarse y tomar aliento, él mostraba determinación, y ella, sorpresa.
—Nunca sientas celos de Melisa, ¿me oyes?, ¡jamás!




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