Tres días.
Habían pasado exactamente tres días desde aquella noche.
Tres días desde que Amelia Beaumont había visto morir a sus padres.
Tres días desde que su hogar había dejado de ser un hogar para convertirse en una escena cubierta de cenizas, sangre y recuerdos.
La mansión permanecía acordonada. Los soldados entraban y salían constantemente, recogiendo pruebas, revisando cada habitación y tratando de reconstruir una noche que, para Amelia, seguía repitiéndose una y otra vez en su cabeza.
Ella permanecía de pie frente a la ventana de su antiguo despacho.
Vestía completamente de negro.
No había llorado.
Al menos, no delante de nadie.
-Comandante -dijo una voz detrás de ella.
Amelia no se giró.
-Habla.
El capitán que estaba frente a la puerta tragó saliva antes de acercarse.
-Encontramos algo.
Ahora sí, Amelia se volvió.
-¿Qué?
El hombre colocó una carpeta sobre el escritorio.
-Las cámaras de seguridad fueron manipuladas antes del ataque. No después.
El silencio se hizo pesado.
Amelia abrió la carpeta.
Fotografías.
Informes.
Horarios.
Rutas.
Todo estaba perfectamente organizado.
Demasiado perfectamente.
-¿Cuánto tiempo estuvieron dentro del sistema? -preguntó.
-Cuarenta y siete minutos.
Los ojos azules de Amelia se endurecieron.
-Eso es imposible.
-Lo sé.
Ella levantó la mirada.
-Nadie puede entrar al sistema de seguridad de esta casa sin conocer los códigos internos.
El capitán bajó la cabeza.
-Exactamente.
Amelia volvió a mirar los documentos.
Entonces comprendió algo que hizo que su estómago se contrajera.
Aquellos hombres no habían llegado improvisando.
Sabían dónde estaban los guardias.
Sabían qué puertas permanecerían abiertas.
Sabían cuándo cambiarían los turnos.
Sabían dónde encontrar a sus padres.
Y, sobre todo...
Sabían dónde encontrarla a ella.
-Tenemos una filtración -murmuró.
-Eso creemos.
Amelia cerró lentamente la carpeta.
-No.
El capitán la miró confundido.
-¿No?
-No tenemos una filtración.
Amelia caminó hasta el escritorio.
-Tenemos a alguien que nos vendió.
---
Esa misma noche, Amelia entró sola en la habitación de sus padres.
Todo seguía igual.
El reloj de su padre continuaba sobre la mesa.
El perfume de su madre aún permanecía en el aire.
Por un instante, Amelia cerró los ojos.
Recordó la voz de su madre.
"Nunca permitas que el miedo decida por ti."
Abrió los ojos.
No iba a permitirlo.
Tomó el reloj de su padre y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta.
Después encontró algo debajo de uno de los cajones del escritorio.
Una pequeña llave.
Frunció el ceño.
Su padre nunca dejaba cosas sin explicación.
Amelia se acercó a la caja fuerte.
Introdujo la llave.
La puerta se abrió.
Dentro había documentos, fotografías y un pequeño sobre negro.
No tenía nombre.
Solo una palabra escrita en la parte frontal.
Mancini.
Amelia dejó de respirar durante unos segundos.
Ese apellido no le era desconocido.
Lo había escuchado en informes clasificados.
Una familia.
Una organización.
Una de las estructuras criminales más peligrosas que existían.
La familia Mancini.
Amelia tomó el sobre.
Pero antes de abrirlo, escuchó un ruido en el pasillo.
Se giró inmediatamente.
Nada.
Sacó el arma que llevaba oculta bajo la chaqueta.
Avanzó lentamente.
Una sombra cruzó al final del corredor.
Amelia levantó el arma.
-¡Alto!
La sombra desapareció.
Corrió tras ella.
Bajó las escaleras y salió al patio trasero, pero no encontró a nadie.
Solo vio un automóvil negro alejándose a toda velocidad.
Amelia apuntó.
Podría haber disparado.
Pero estaba demasiado lejos.
Bajó lentamente el arma.
Entonces vio algo en el suelo.
Un pequeño objeto metálico.
Se agachó y lo recogió.
Era un anillo.
Negro.
Con un símbolo grabado en oro.
El mismo símbolo que había visto aquella noche en la mano del hombre que había ordenado dejarla con vida.
Amelia apretó el anillo entre sus dedos.
Así que había vuelto.
Y esta vez no había venido a matarla.
Había venido a recordarle que seguía observándola.
Amelia levantó la mirada hacia la oscuridad.
-Te encontraré.
Su voz fue apenas un susurro.
Pero estaba llena de una promesa.
-Y cuando lo haga... vas a decirme quién mató a mis padres.
Guardó el anillo en el bolsillo.
Después volvió a entrar en la mansión.
No sabía todavía quién era aquel hombre.
No sabía por qué su padre había escondido un sobre con el apellido Mancini.
Y mucho menos sabía que, al abrir aquel sobre, estaría entrando directamente en el mundo del hombre que algún día se convertiría en su mayor enemigo.
Y en la única persona capaz de poner su mundo entero de cabeza.
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Editado: 07.11.2026