Mía por venganza

EL NOMBRE QUE DEBÍA TEMER

La lluvia golpeaba los ventanales de la oficina mientras Amelia permanecía frente al escritorio, con el sobre negro entre las manos.

Mancini.

Había pasado horas observándolo.

No porque tuviera miedo de abrirlo.

Sino porque sabía que, una vez que lo hiciera, algunas cosas ya no podrían volver atrás.

Finalmente, deslizó un dedo bajo el borde del sobre y lo abrió.

Dentro había tres fotografías.

La primera mostraba a su padre estrechando la mano de un hombre que Amelia no reconocía.

La segunda era más antigua.

En ella aparecía una reunión en un lugar desconocido. Había varios hombres alrededor de una mesa, todos vestidos de negro.

Y en el centro...

Un hombre mucho más joven.

Amelia acercó la fotografía.

No podía verle completamente el rostro, pero reconoció algo inmediatamente.

El anillo.

El mismo símbolo que había encontrado en el jardín.

El mismo que había visto la noche del ataque.

Su respiración se volvió más lenta.

Volteó la fotografía.

Había una fecha escrita a mano.

Hace siete años.

Y debajo, una sola palabra:

Mancini.

Amelia apretó la fotografía.

—¿Qué estabas haciendo con ellos, papá?

La tercera fotografía cayó sobre el escritorio.

Era diferente.

En ella aparecía su padre entrando a un edificio acompañado por dos hombres.

Amelia conocía ese lugar.

El antiguo puerto.

Un sitio que había sido clausurado años atrás después de una operación militar.

Pero su padre nunca había mencionado haber estado allí.

Algo no encajaba.

Y Amelia odiaba las piezas que no encajaban.

---

A las seis de la mañana, Amelia ya estaba en la sala de entrenamiento.

Llevaba ropa táctica completamente negra.

Tenía el cabello recogido y una expresión fría.

Frente a ella había tres soldados.

—Otra vez —ordenó.

Los tres intercambiaron miradas.

—Comandante, llevamos cuatro horas...

Amelia levantó una ceja.

—¿Y?

Nadie respondió.

—Otra vez.

Los soldados obedecieron.

Amelia los observó mientras repetían el ejercicio.

No estaba entrenando por disciplina.

Estaba intentando sacar de su cabeza aquella fotografía.

El hombre.

El anillo.

El apellido.

Mancini.

Un disparo resonó en el campo.

Amelia acababa de acertar exactamente en el centro del objetivo.

—Comandante —dijo uno de sus hombres acercándose—. Llegó algo para usted.

Le entregó un sobre pequeño.

Amelia lo abrió.

Dentro había una tarjeta negra.

Sin nombre.

Sin dirección.

Solo una frase:

“Deje de buscar respuestas que podrían destruirla.”

Amelia soltó una pequeña risa.

No era una risa de diversión.

Era de desafío.

—¿Quién trajo esto?

—No lo sabemos.

Ella guardó la tarjeta.

—Entonces averígüenlo.

---

Esa noche, Amelia salió sola.

No llevaba escolta.

No quería que nadie supiera adónde iba.

Había descubierto una dirección relacionada con el puerto y necesitaba comprobar algo por sí misma.

Cuando llegó, el lugar estaba completamente abandonado.

Al menos eso parecía.

Entró con el arma preparada.

Cada paso resonaba sobre el suelo de concreto.

Hasta que escuchó voces.

Se detuvo.

Había hombres hablando al otro lado de una puerta.

—El jefe dijo que nadie debe tocarla.

Amelia frunció el ceño.

—¿Y si descubre demasiado?

—Entonces el jefe decidirá qué hacer con ella.

El corazón de Amelia golpeó con fuerza.

El jefe.

Se acercó un poco más.

—¿Y el comandante?

—Ella no es el problema.

—¿Entonces quién?

Hubo un silencio.

Después escuchó una respuesta.

—Mancini.

Amelia sintió que la sangre le hervía.

Sacó el arma.

Abrió la puerta de golpe.

Los hombres se giraron.

Hubo disparos.

Amelia se lanzó detrás de una columna.

Uno de los hombres cayó.

Otro intentó escapar.

Ella corrió tras él.

Lo alcanzó antes de que pudiera llegar a la salida y lo derribó contra el suelo.

—¿Quién es Mancini?

El hombre permaneció en silencio.

Amelia presionó el arma contra su pecho.

—Te hice una pregunta.

—No sabes con quién estás jugando.

—No me interesa.

El hombre sonrió.

—Debería.

Amelia apretó la mandíbula.

—¿Dante Mancini?

La sonrisa desapareció.

Y eso fue suficiente.

Amelia ya tenía su respuesta.

Pero antes de poder preguntar algo más, escuchó el sonido de un automóvil detenerse afuera.

El hombre en el suelo comenzó a sonreír nuevamente.

—Ya llegó.

Amelia se levantó lentamente.

A través de la ventana pudo ver un automóvil negro.

La puerta trasera se abrió.

Un hombre salió.

Alto.

Vestido completamente de negro.

Caminaba con una tranquilidad inquietante.

Amelia no podía verle bien el rostro desde aquella distancia.

Pero reconoció algo.

El anillo dorado.

El mismo símbolo.

El mismo hombre.

El hombre de aquella noche.

Dante Mancini había regresado.

Y esta vez...

Amelia estaba preparada para enfrentarlo.

Pero ninguno de los dos sabía todavía que aquel encuentro sería el primero de muchos.

Y que la venganza que Amelia había jurado cobrar...

podía terminar convirtiéndose en la única cosa capaz de destruirla.




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