La luz se filtraba entre sus pensamientos. Odessa no sabia cuanto tiempo llevaba en pie. Cada paso que daba se sentía como una eternidad, sus piernas estaban magulladas por las zarzas y sus ojos no iban a aguantar un parpadeo mas. No tenia destino, solo caminó hasta que creyó que había castigado a su cuerpo lo suficiente.
El sol ya había salido hacía rato y el ritual parecía haber quedado muy atrás en el tiempo. Tal vez había caminado en círculos, puesto que vio los maizales durante horas. No le importaba, ¿Tenia algo mejor para hacer? Todo el pueblo ahora estaba en su contra. Las mujeres que la habían criado ahora la mirarían por encima del hombro, con desdén, su cama ya no seria segura, ni tan solo lo seria su propia mente.
En un momento, pareció desviarse del camino que estaba siguiendo. Ni siquiera lo notó al principio, puesto que el paisaje era prácticamente igual en los alrededores, campo marrón y aburrido. Pero, entre la maleza, un destello verde le alegró la vista. Un bosque profundo y brillante. Se acercó a él sin dudar.
Tropezó varias veces en su caminata desesperada. Para ella, esa diferencia de la naturaleza era como un vaso de agua en una sequía. Nunca un bosque le había llamado tanto la atención. Se sentía casi que hipnotizada, pero no sabia si era el sueño o que verdaderamente había algo mas. Fuera como fuese, la vegetación la recibió con un abrazo.
Nada mas adentrarse entre las plantas pudo respirar. Era un aire distinto. La luz no penetraba de la misma forma, había mucha mas sombra y Odessa tuvo que abrazarse a si misma para refugiarse del frio. El silencio era tan bonito, tan extrañamente lleno de algo. Podía oír a los pájaros y las hojas moverse con lentitud. Ahí, el tiempo parecía ir mas despacio, parecía haberse quedado atrapada en un cuento. Era raro, pues había vivido ahí durante mucho tiempo, pero nunca había visto ese lugar.
Caminó entre las sendas sinuosas, procurando no tropezar con las ramas sobresalientes de los centenarios arboles. No podía dejar de mirar hacia arriba, hacia las hojas mas altas. Todo era completamente verde, un paraje de ensueño, un sitio donde perderse durante horas, un lugar dónde acostarse y dormir por años.
Odessa se acercó a un arbusto. Era mucho mas pequeño que lo demás, pero sus hojas estaban repletas de un fruto rojizo muy llamativo. Tomó uno entre sus manos, lo arrancó y se lo llevó a los labios sin pensarlo demasiado.
—Yo que tú no haría eso, son venenosos.
Odessa se giró rápidamente. Un chico de cabello castaño y sonrisa radiante la miraba. Tenia la ropa sucia y el pelo revuelto, como si se hubiese adentrado en la maraña sin cuidado. Odessa lanzó el fruto al suelo, sobresaltada.
—No morirías, tranquila —El chico rió suavemente, como una dulce melodía— Simplemente…Le sentaría mal a tu barriga.
El chico se paró mas cerca suyo. Pudo ver pecas salpicando sobre sus mejillas pálidas, formando dibujos preciosos. Odessa entrecerró los ojos. El chico tenia algo que le resultaba extrañamente familiar. Después de unos segundos, cayó en la cuenta. Había cambiado de aspecto pero ese timbre de voz era inolvidable.
—¿Kane? —Odessa vaciló por un segundo— ¡Por los dioses, Kane! ¡Eres tú!
Kane volvió a reír. Odessa nunca podría cansarse de ello, y tampoco pudo evitar abalanzarse sobre él para darle un abrazo.
Él la recibió con los brazos bien abiertos. Había crecido. Era mucho mas alto y sus brazos mas fuertes, apenas podía llegar a su cuello sin tener que ponerse de puntillas. Ambos se estrecharon lo máximo que pudieron antes de separarse.
—Has crecido demasiado—dijo Odessa
—Ten en cuenta que han pasado unos…cuatro años, quizá?
—Eso no es excusa para ya no ser un mocoso.
Rieron de nuevo. Era un sinfín de risas, como si estuviesen devolviendo todo lo que no habían reído en ese tiempo. Pero de repente, el silencio se instaló entre ellos. Odessa pudo volver a escuchar los pájaros cantar, y fue como si de pronto, recordó donde estaban.
—¿Que haces por aquí?
—Podría preguntarte lo mismo.
Odessa inclinó la cabeza, divertida.
—Yo he hecho la pregunta primero.
Kane subió a una pequeña montaña de tierra, deshaciendo los pedazos de arcilla incrustados en el suelo. Desde ahí se le veía incluso mas imponente. No era intimidante, sino que era mas como un salvador. Kane era aquel héroe que los mortales seguían en las novelas épicas. Aquel héroe que posee de todo menos su felicidad.
El chico suspiró casi con melancolía. Odessa se fijó mejor en él. Tenia las uñas sucias y la piel oscurecida por culpa de la tierra. Kane acarició las hojas de un árbol cercano, como si no supiera que hacer, como si no supiera donde clavar la mirada.
—Ahora vivo por aquí cerca, en el pueblo al lado del rio y —Kane se atrevió a mantener contacto visual—Simplemente me gusta pasar el tiempo en el bosque.
Kane empezó a moverse cuesta arriba. Odessa no tardó en seguirle. Se dio cuenta de como su amigo se movía por el paraje. Parecía conocerlo absolutamente a la perfección. Sus pies trazaban pasos exactos, evitaban las ramas y tropiezos indeseados con facilidad, algo con lo que Odessa no podía equipararse.
Por mucho que tratara de seguir los caminos que dibujaba, era imposible seguirle el ritmo. Incluso Odessa llegó a cuestionarse su forma física, puesto que mientras subían esa pequeña cuesta, ella apenas podía hablar, mientras que Kane, estaba intacto.
—Es algo así como un refugio.—Kane se apoyó en sus piernas cuando llegaron a un tramo algo complicado—Me paso aquí horas y horas. Ni siquiera me doy cuenta cuando se pone el sol.
Odessa miró hacia el cielo. Era muy fácil perderse aquí dentro, que los días siguiesen su curso sin siquiera notarlo, y entendía a la perfección el porque Kane pasaba ahí tanto tiempo.
Tenia tantas cosas preguntar, tanto que se había perdido, que le pareció incluso irrespetuoso hacerlo. Kane y ella no habían perdido el contacto por algo en particular. Simplemente, la edad y un nuevo hogar les hizo distanciarse. Era como si los años hubieran pasado y al mismo tiempo siguieran siendo niños.