Miasma

Capítulo 3

Odessa llamó tres veces a la puerta antes de que alguien le abriera. Un chirrido acompañó a la madera en su camino. Detrás de esta estaba Rory, su querida Rory. Le dedicó un paseo con la mirada, desde la punta de sus botas, hasta lo alto de su coronilla. La miró con preocupación y no dudó dos segundos en agarrarle del brazo, palpando su ropa mojada.
—¡Por los dioses, Odessa! —Masculló—¡Estás empapada!
—¿Puedo pasar? —Se limitó a preguntar cabizbaja.
Antes de que pudiese reaccionar, Rory ya estaba arrastrándola hacia el interior de su casa. Cerró la puerta con el pie sin soltar a su amiga en ningún momento.
—Más faltaría. Estás loca si piensas que te dejaré helándote aquí fuera.
Rory se apresuró a buscar entre las cosas de la entrada algo que pudiera servir. Tomó una toalla pequeña y la pasó por los hombros de Odessa. Le acompañó con suavidad alrededor de la casa, siempre con una mano apoyada en su espalda. Era un hogar lleno de luz. La televisión del comedor emitía unas caricaturas antiguas que nadie miraba, y el suelo estaba repleto de juguetes. De pronto, alguien apareció corriendo por el pasillo, casi tumbando a las dos chicas en su camino.
—¡Ten cuidado Ethan! —Gritó Rory. Su amabilidad se había esfumado en un segundo— ¡Te he dicho cien veces que si quieres correr salgas afuera!
El hermano menor de Rory hizo caso omiso a sus advertencias y siguió corriendo, esta vez escaleras arriba. Segundos más tarde le siguió otro niño. Evan,hermano de Rory y mellizo de Ethan. Rory se agarró las sienes y profirió un quejido ahogado. Odessa simplemente pudo sonreír con incomodidad. Sabía todo el trabajo que le daban los hermanos a Rory, y se sentía algo inútil al no poder ayudarla. Mientras se dirigían a la cocina, Odessa preguntó en voz baja.
—¿No está tu madre en casa?
Rory abrió la nevera y tomó un brik de leche, bebió de este sin preocuparse por agarrar un vaso y le extendió el cartón a Odessa. Ella lo aceptó.
—Ha salido con Jack a una cena de negocios o algo así.
Jack era el padrastro de Rory y de todos sus hermanos. Sus padres se divorciaron cuando ella tenía trece años y desde entonces, apenas veía a su padre biológico. Odessa nunca supo la verdadera razón por la cual se separaron. Era cierto que el padre de Rory era un idiota; no se portaba bien con su madre y nunca estaba pendiente de su propia familia. Y aunque Jack tampoco superaba las expectativas de nadie, era una versión más ligera de lo que solía ser su padre.
La cocina olía a comida. Era un olor fuerte, casi desagradable, una mezcla de vegetales muy extraña que penetraba en la nariz de Odessa con fuerza. Los platos del fregadero estaban abandonados, nadie se había tomado el tiempo de lavarlos. Además, en la encimera descansaban restos de comida y manchas que serían difíciles de quitar. Rory miró el panorama un segundo y volvió a suspirar.
—Prometo que después lo limpiaré—Se giró a mirar a su amiga—Vamos, te conseguiré ropa seca antes de que te resfríes.
Las escaleras que conducían al piso de arriba estaban enmoquetadas, las paredes recubiertas por un papel de flores precioso y los marcos de las puertas no tenían un solo arañazo. Era una casa grande, ideal para una familia feliz. Una pena que fuese desaprovechada. Siguieron el pasillo hasta el final, dónde se encontraba la habitación de Rory. Había entrado ahí cientos de veces, pero siempre lograba sorprenderle.
La cama, situada en el medio de la estancia, lucía tan cómoda que uno podría dejar que esta la ahogase. Los colores cálidos predominaban, hacían que la estancia se sintiera mucho más cercana, como un refugio. Rory tenía decenas de fotos colgadas por las paredes, recuerdos con sus amigas, con Odessa y con sus hermanos. Tenía un tocador que, aunque era pequeño, estaba proporcionado de todo el maquillaje que una podía soñar. Pintalabios color cereza— el color característico de Rory—, perfume caro y decenas de máscara de pestañas.
Un rincón de la habitación estaba dedicado al altar. Una ofrenda había sido puesta recientemente, no obstante, la leche del cuenco empezaba a cortarse. Las flores escogidas eran de un rosado muy claro, el color perfecto, simbolizando lo etéreo. Y es que todo en ese altar estaba calculado al milímetro, Rory se preocupaba por cada detalle. La diosa del cuerpo estaría orgullosa.
Odessa se sentó en la cama gigantesca con las piernas colgando. El colchón se hundió bajo su peso. Su amiga desapareció por un segundo al vestidor para buscarle ropa seca. Regresó con unos pantalones cortos y finos y una camiseta de manga corta con la propaganda del rancho de al lado.
—Esto es lo mejor que tengo, lo siento.
La ropa fue entregada con una sonrisa tímida, casi con vergüenza.
—No te preocupes, mejor eso a dormir empapada.
Rory se sentó en el tocador y fingió ordenar cosas mientras su amiga se cambiaba. Odessa se puso de pie y empezó a quitarse la ropa mojada. Era reconfortante. Había pasado tanto frío debajo de la lluvia que la ropa seca era lo mejor que le podía pasar. Al pasar la camiseta por su cabeza, notó el perfume de Rory impregnado en la prenda. Quiso sumergirse en él.
De repente, las chicas se quedaron en silencio. No se oía nada más que los grillos veraniegos cantando afuera. La brisa mecía las cortinas blancas. Todo era silencio, paz momentánea, hasta que dejó de serlo.
—Oye—Murmuró Rory—¿Puedo preguntarte donde narices has estado? Estábamos preocupados por ti.
—¿Ah si? ¿Tú y quien más?—Su tono sonó más afilado de lo que pretendía
Odessa se alejó de la cama con la ropa puesta y caminó hacía el tocador. Tomó un cepillo de pelo y empezó a pasarlo por su cabello azabache, mojado y enredado. Miró a su amiga por el reflejo solo durante un segundo, no podía aguantarle la mirada. Rory dudó un segundo y después resopló como si no entendiera las palabras de su amiga.
—Joder Odessa, pues todos.
Odessa sabía que mentía.
No quería escucharla. Le dolía, pero no podía escuchar. Porque no quería que Rory se convirtiese en el resto, no quería que fuera como todos los demás, aquellos que le dictaban lo que hacer y lo que no. Odessa volvió a la cama, esta vez con el cepillo en la mano y peinó su pelo de manera distraída mientras escuchaba la voz de su amiga de fondo.
—¿Cómo se te ocurre siquiera?— Rory hablaba más para ella misma— ¿Sabes en el problema que estás metida, no? ¿Sabes el daño que podrían hacerte los dioses si no te disculpas con ellos?
—Mmh, lo sé.
De repente, Rory se acercó a la cama, se puso de rodillas delante de ella y la tomó de las manos. Su tacto era cálido, contrastaba con las manos frías de Odessa. La suavidad de su piel era reconfortante, había agarrado sus manos centenares de veces, y aun así, nunca se sintió igual que ese momento.
—Aún lo podemos solucionar.
Primero Kane, ahora Rory. Ambos le hablaban de soluciones, ambas muy distintas. Odessa no creía en ninguna de ellas. Sentía que era mucho más complejo que eso, que los prejuicios y la fe estaban demasiado incrustados en todos como para ahora cambiarlos. Por mucho que sus amigos le hablaran, estaba sola en esto. Porque seguían sin entender como era. Porque, ¿Quién iba a esforzarse en salvarla?
Rory desvió la mirada por un segundo, a un lugar bastante lejano de aquella habitación. Estaba pensando, Odessa se lo sabía de memoria. Primero fue por la forma en la que fruncía el ceño y más tarde lo confirmó la mueca en su boca. Eso indicaba que algo no iba bien. Parecía que masticaba las palabras en su boca, y le estaba costando tragarlas. Finalmente, habló despacio.
—Podríamos… pedirle a la madre que te deje repetir el rito de iniciación.
El corazón de Odessa se detuvo un segundo.
—¿Estás chiflada? La madre se volvería histérica si me atreviera siquiera a preguntarlo.
Rory se notaba mucho más exaltada.
—Pero no puedes quedarte así Odessa. Esto es peligroso. —Desprendía frustración por todos los poros— Además, los dioses solo te traen cosas buenas, entregarte a ellos es lo mejor que puedes hacer.
Odessa se fijó en las marcas de sus manos, en las quemaduras. Se preguntó si cuando Rory acercó las manos al fuego se quitó un peso de encima. Se preguntó si su amiga había sufrido, si se había querido retractar en algún momento. Si era lo que de verdad quería.
Pero miró a su alrededor. Vio el orden en la habitación, la cama hecha, las fotografías felices… Se dio cuenta de que no se parecía en nada a ella. Odessa se cuestionó si era eso lo que le faltaba, que los dioses llenasen ese hueco. O si, siempre había estado vacía y necesitaba una excusa para creer que no era así.
—De verdad, replanteátelo Odessa.—Rory la miró a los ojos— No quiero que te arrepientas, y mucho menos, que te pase algo malo.
Odessa retiró el pelo mojado de su cara y lo colocó detrás de su oreja. El silencio se volvió pesado. Quería dormir, dormir y no despertar. No sabía cuanto tiempo había pasado en pie, pero hasta ese momento, el sueño no pareció molestarle. Una oleada de cansancio la invadió y soltó un profundo bostezo. Rory sonrió.
—Deberías descansar—Se levantó del suelo apoyándose en las rodillas de Odessa— Luces como si te hubieran pasado diez camiones por encima.
Odessa rio, rio genuinamente después de varios días. Tomó un cojín bastante grande de sus espaldas y lo lanzó directo a la cara de Rory. Ambas rieron, pero Odessa lo hizo más fuerte.
—Cierra la boca.
Odessa se metió en la cama. Las cobijas la recibieron con seguridad, tan firmes que se hubiera puesto a llorar. Ni siquiera consiguió esperar a que Rory acabara de prepararse para dormir. Ni siquiera pudieron tener una charla nocturna, ya que, nada más tocar el colchón, cayó rendida.
……..
El reloj marcaba medianoche. Odessa sintió un calor febril recorrerla. Probó a quitarse las sabanas de encima, a encontrar otra postura más cómoda, pero nada logró calmar ese fuego prácticamente infernal. Por más que cerrara los ojos no lograba conciliar el sueño de nuevo, había algo que no le permitía dormir.
Era como un muñeco detrás de sus parpados. Tiraba y tiraba de ella sin darle un respiro. Cada vez que su visión se volvía negra una imagen aparecía en su cabeza.
Era un campo. Las margaritas y amapolas le rodeaban el cuerpo. Algunas plantas le acariciaban los pies descalzos y tenía que aguantarse la risa. El viento era agradable y frío, para nada el clima veraniego habitual en su pueblo, seco y sofocante. Su cuerpo se hundía en la hierba y sentía que el suelo la agarraba demasiado fuerte. La tierra se empezaba a incrustar en su piel, se iba deshaciendo pedazo a pedazo, consumiendo su organismo como los gusanos. Odessa evitaba a toda costa ser engullida, pero la tierra no tenía piedad, ni siquiera con los vivos. Finalmente, terminaba por ser uno más bajo de la superficie.
No podía relajarse gracias a esa horrorosa imagen, amenazante al igual que un lobo con la piel de un cordero. Aún y no poder dormir, se mantuvo en la cama. No quería despertar a Rory y, más allá de eso, su cuerpo no podía moverse. Hasta que de pronto, escuchó una voz. Fue apenas un susurro en su oído derecho.
No entendía lo que esta decía, pues no hablaba su idioma. Ni siquiera creyó que hablase algún idioma actual. Sus palabras eran parecidas a los cánticos que aquellas mujeres pronunciaron el día del ritual. Odessa no supo distinguir si de verdad lo estaba escuchando o el sueño empezaba a afectarle. Se giró a Rory, la cual estaba profundamente dormida a su vera. Sacudió su cuerpo un par de veces, pero no hubo respuesta.
—Rory. ¿Rory, escuchas eso?
Sin respuesta.
La voz se hacía más fuerte. La sentía cerca pero a la vez tan lejos. Estaba segura de que era la de una mujer, una que había vivido demasiadas vidas. Odessa notó que la voz se alejaba, se iba hacia la puerta de la habitación. Un susurro algo más agresivo la atacó.
Ven conmigo.
Y así lo hizo. Odessa sacó el primer pie fuera de la cama. El suelo estaba frío. Un temblor pasó por todo su cuerpo. Caminó hacia la puerta con pasos extremadamente lentos, no quería que la madera crujiera, ni mucho menos conocer lo que se movía detrás de esa puerta. Giró el pomo con un gruñido, todo con precisión quirúrgica.
A su sorpresa, al otro lado no había absolutamente nada. Pero la voz seguía ahí y cada vez era más fuerte, y le repetía lo mismo.
Ven conmigo, ven conmigo, ven conmigo.
Era insoportable. Odessa simplemente quería acompañarle para que se callara. Pero no podía. Sus pies, su mente, no le permitían moverse. Algo dentro de ella que estaba hipnotizada. Quería seguir, sabía que detrás de esa voz había algo más bonito esperándola. Pero se quedó congelada y el volumen de la voz no dejaba de aumentar. Sus oídos no iban a aguantar mucho más, así que levantó un pie. Iba a dar el paso, pero una mano en su hombro la frenó.
—Odessa, ¿qué haces?
La voz ronca y adormecida de Rory la sacó del trance. De pronto, se dio cuenta de donde estaba. Fue repentinamente consciente de ella, de su cuerpo y de que había salido de la cama sin ninguna razón. Odessa intentó hablar, un simple murmuro sin sentido salió de sus labios. Rory le dedicó un jadeo algo cansado y la agarró del brazo suavemente, empezando a tirar de ella.
—Venga, volvamos a dormir.
Fue arrastrada por Rory hasta el colchón, y esta no volvió a su sitio hasta que se aseguró que Odessa estaba dentro de las sabanas.
El ambiente había cambiado. Era más frío, más amargo, como si hubiera una presencia más ahí. Odessa respiró como si no lo hubiera hecho en años. Notaba que le faltaba el aire, que había algo que se lo estaba robando. Se quedó con la mirada clavada en el techo durante un buen rato.
¿Había sido un sueño? La voz se había adentrado en cada capa de su piel, le había hecho seguirla. Para ella fue tan real… Se sintió estúpida, pero miró hacia el altar un segundo. Las flores se habían marchitado. Las sabanas la taparon hasta el cuello y cerró los ojos. Odessa se convenció de que simplemente eran unos malos días, que todo iría a mejor. A su desgracia, había empezaba a mentirse a sí misma.



#96 en Terror
#1486 en Fantasía

En el texto hay: dioses, trianguloamosoro, ritualesoscuros

Editado: 27.03.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.