Microcuentos

Los sucesos de la calle Páez

Un griterío alborotó la calle. La gente empezó a asomarse por las ventanas tratando de ver de dónde provenía ese estruendo. Golpes a la puerta, a la pared, vidrios rompiéndose a diestra y siniestra, ollas volando hasta la calle, todo un terremoto que provenía de la casa 7-86 de la calle Páez.

Los vecinos empezaron a formar un tumulto alrededor de la casa. El consenso general era que Andrés estaba golpeando a su esposa; sin embargo, nadie se iba a meter a menos que peligrara la vida de Sara. De todas formas, era una pelea de marido y mujer. De repente, para beneplácito de los mirones, se abrió la puerta de la casa; pero lo que apareció los dejó atónitos: Sarita, la adolescente hija del matrimonio, levantó sobre su cabeza el mueble de la Sala y lo arrojó a la calle.

La muchacha estaba endemoniada, sus ojos parecían desorbitados, botaba espuma por a boca y bramaba unos sonidos ininteligibles. Los espectadores corrieron despavoridos. Andrés, junto a tres vecinos, pudieron calmarla medianamente y la metieron en la casa. Esa noche desfilaron un cura, un médico y una enfermera para ver a la muchacha. Nadie atinó a saber que le pasó; pero se habló de esquizofrenia, de paranoia y de posesión demoníaca. A los pocos días no se supo más de Sarita, nadie dio explicaciones. Unas semanas después su madre se marchó. Finalmente, a los seis meses del suceso de calle Páez, nombre que le dio la prensa, la casa ya había sido desocupada y quedaría todo para el chisme de las comadronas del barrio.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.