Nelson reía de los chistes de Leonardo. Su cuñado, churuguarero de pura cepa, le contaba las peripecias de este pueblo serrano, que su interlocutor apenas estaba conociendo. Alrededor de ellos dos se empezaron a congregar los amigos de Leo, siempre atentos a la jocosidad de este personaje. Entre chiste y chiste mediaba un palito de cocuy de penca que ya tenía más que mareado a los presentes. De repente frena cerca del grupo una camioneta y se baja Pedro Urbina, hijo de una de las personas más respetadas del pueblo, pero también de los más temidos, por su larga disputa con el patriarca de la familia Arcaya. Todos callaron, los vasos se colocaron en las mesas. Nelson abrió los ojos esperando algo que no sabía que sería, Leo le hizo una seña casi imperceptible para que se quedara tranquilo y permaneciera sentado. Pedro se acercó y justo señaló al primero: “En este pueblo no pueden estar cerca un Arcaya y un Urbina. En una hora o se va o esta muerto”. Leonardo se llevó a su cuñado, recogieron todas sus cosas y en 15 minutos salieron Nelson y su esposa del pueblo. A Pedro le explicaron después que la persona que señaló era el cuñado de Leo y que nada tenía que ver con la familia Arcaya y este solo dijo: “Mejor, ahora los Arcaya saben que ni siquiera soportamos aquí a alguien que pueda parecer de ellos”