Los sueños, dicen algunos psicoanalistas, son ventanas al subconsciente, portales que atraviesan la psique, que escudriñan cada hueco del cerebro, violándolo, despojándolo de toda protección —protección que uno mismo crea a través de autoengaños o cuentos chinos—, dejando al descubierto sus mayores miedos. Otros dicen, tal vez con menor rigor científico (como mi padre, apasionado para muchas cosas, pero infranqueable emocionalmente), que los cuentos chinos son los que uno urde alrededor del sueño, que, para estos escépticos, no tendría ningún tipo de significado más allá del que uno le quiera dar. Yo nunca me había decantado hacia ninguna postura; mi pensamiento sobre los sueños era testimonial, me limitaba a compartirlos con mi madre (fallecida hace dos años) o con mi íntimo y, a decir verdad, único amigo, Guillermo, entre cervezas. Me resultaba gracioso compartirlos, pues, generalmente, carecen de sentido. Sentido lógico; la lógica es para los conscientes.
La herencia que me había legado mi madre me había sostenido por dos años; además, la anulación completa de la hipoteca del piso que me vio crecer me mantenía en suspensión, en una especie de nube patrimonial que amortiguaba cualquier sacudida del tiempo y acallaba cualquier llamada a la responsabilidad por parte de mi padre que, tras divorciarse de mi madre en 1999, se había mudado a las afueras.
La soledad llegó a mi vida de manera sigilosa; se coló en mi casa como una mosca de la fruta, guiada por el olor que generaba la fermentación de mis pérdidas recientes, o del aroma que desprendía mi almohada (que una vez fue blanca): una mezcla de sudor y lágrimas. El gran problema con este insecto asqueroso es la facilidad que tiene de reproducirse en silencio, de comenzar a ocupar espacio en el hogar; cuando me di cuenta, casi inconscientemente, pasaba gran parte de mi tiempo alejado de mi casa, pues no me atrevía a enfrentar la infestación en ella; temía encontrarme nidos repletos de larvas alimentándose de los recuerdos de los que emanaba un creciente sufrimiento.
Había dejado de buscar el ocio en la noche —el primer año tras fallecer mi madre, quemé innumerables discotecas, haciendo alarde de mi bolsillo, holgado por un dinero que, éticamente, no me correspondía gastar de esa manera—, en parte porque Guillermo, mi fiel escudero, había decidido probar suerte en países más prósperos. Desde que se marchó, hacía ya unos meses, me había sentido indefenso ante la sociedad: él era mi confesor, el único en el que podía volcar mis carencias afectivas, el único que era capaz de aguantar mis turras filosóficas sobre la ley de la atracción humana o la efimeridad de la existencia. Empecé a dejarme caer por pseudopubs de rock, sustituyendo a Guille por libros de psicoanálisis que extraía de la inhóspita biblioteca de Avilés; al menos, así, la gente pensaría que, sí, era solitario, pero interesante; además, era la excusa perfecta que le podía poner a mi juez interno para seguir lubricando mis entrañas con cerveza y otros jugos endiablados.
El antro que más frecuentaba últimamente era «La Recta», aunque de antro tenía poco: tenía el techo altísimo, de él colgaban chupas de cuero a la venta; las paredes, color rojo, estaban repletas de cuadros de artistas famosos de la época dorada del rock como Bob Dylan, Mick Jagger o John Lennon, aunque este último ya lucía con el look post-Beatles. Al entrar, a mano izquierda, la barra conformaba una especie de rectángulo con la pared, del que solo dos de sus lados eran accesibles a los clientes.
—¿Una pinta de Franziskaner? —me preguntó con cierta retórica Carla, la camarera, mientras impostaba trabajar, pasando un trapo por la barra. Tenía los ojos color hazel, almendrados; las ojeras dibujaban dos sonrisas azuladas bajo ellos, desentonaban con la seriedad de sus labios, que eran turgentes, de rojo natural y ligeramente agrietados. La piel de la cara le brillaba en algunas partes y en otras era totalmente mate, seguramente porque se maquilló deprisa y corriendo.
—Sí, para qué variar —le solté agravando la voz gradualmente, esbozando una media sonrisa y apoyando mi antebrazo en la brillante barra.
Salí a la terraza con mi dosis y me senté en la primera mesa que vi. Corrían las seis de la tarde y se dejaban entrever rayos de luz entre las nubes, densas. Carla salió detrás de mí a recoger los vasos de una mesa que algún desalmado había dejado ahí, sin dignarse, siquiera, a acercar a la barra su consumición. Yo saqué mi libro: Recuerdos, sueños, pensamientos, de Jung. Crucé mi pierna derecha sobre la izquierda y comencé a frotar mi barbilla con la mano derecha; con la izquierda sostenía el libro; de reojo miraba a Carla, seguía a lo suyo, muy centrada.
—No parecía que se fuera a nublar esta mañana, ¿eh? —grazné, tratando de llamar su atención, mientras tanto, le di el primer trago a la birra.
—Pues no, tenía pensado ir a la playa hoy y se me está jodiendo el plan —replicó sin mirarme, casi como si de una reflexión a viva voz se tratara, y se agachó a recoger un corcho que había salido rebotando mientras retiraba los vasos de la mesa. Al reincorporarse me di cuenta de que no llevaba sostén, pues bajo su camiseta, que era holgada, bailaron aparatosamente sus tetas, delatando su forma bajo la prenda y aprisionando parte de esta bajo ellas, obligando a Carla a recolocárselas delante de mí. Entonces sí me miró.
—Hombre, de ir nadie te quita —dije, recolocando mi mirada hacia sus ojos.
Carla alzó los hombros haciéndose la sueca y se volteó mientras le salía una sonrisa.
Retomé el libro, colocándome en una postura más cómoda. En los últimos meses había tenido un sueño recurrente y quería diseccionarlo: llegaba a mi casa y encontraba a mi madre de pie, en la que era su habitación. Mi reacción era ir a abrazarla, pero recordaba su fallecimiento según me acercaba, deteniéndome en seco. Ella me miraba inmóvil. Entonces me daba cuenta de que tal aparición tan solo podría ser perpetrada por el mismísimo diablo. Con ese pensamiento llegaba un profundo terror y, de repente, mi madre comenzaba a acercarse a mí. Yo agachaba la cabeza gritando el padrenuestro, o conjuros sin sentido que venían a mi mente mientras miraba de reojo, alcanzando a ver cómo se transformaba en una figura delgada, y cómo de su cabeza salían dos cuernos. Justo cuando iba a agarrarme me despertaba, notando un cosquilleo en mi cabeza. Jung explicaba que los sueños son ventanas que muestran lo que más se teme, pero yo no le temo al diablo, tampoco a la muerte; me costaba entenderlo.