Cuando me quise dar cuenta, el cartero, como ya acostumbraba a hacer, me despertó para darme el mazazo que llevaba tiempo evitando (pues no siempre me aventuraba a abrirle la puerta). El sonido del timbre penetraba sin clemencia por mis oídos y hacía vibrar mis tímpanos con una violencia que conseguía perforarme el cerebro. Me incorporé a duras penas, y como acostumbraba a dormir completamente desnudo, tuve que rebuscar varias veces para encontrar la ropa: la camiseta detrás de la mesita de noche y los pantalones bajo la cama; «con esto es más que suficiente», pensé. Mientras me vestía trataba de hacer un acopio mental, esforzándome por agrupar los recuerdos que me revelarían cómo había llegado a casa la noche anterior, pero el cartero insistía y, por no escuchar de nuevo el atroz sonido del timbre, me apresuré a abrirle. Su cara me resultaba familiar, ya había venido otras veces: un hombre de mediana edad, calvo con pelo a los lados, gafas, pálido, algo encorvado; supongo que de ir siempre en esas scooters.
—¿Buenos días, eres David Aguilera Fandiño? —inquirió, consultando el sobre, sosteniendo la puerta del ascensor con su pie.
Ojalá les cambiaran por robots que se limitaran a hacer su trabajo sin necesidad de fingir sentirse mal por ti.
—Sí... —le contesté con una sonrisa nerviosa—.
—Le traigo una carta sellada del Ayuntamiento, necesito su firma —sentenció, alargando su escuálido brazo hacia mí, tendiéndome el sobre y sacando con su otra mano un bolígrafo al que ya no se le alcanzaba a ver la tinta. Entonces comencé a recordar el sueño que había tenido esa última noche, totalmente idéntico a las últimas veces. Lo repasaba en presencia del cartero, sin prestar la más mínima atención a su ruego.
—¡¿Hola?! —exclamó impaciente.
—Perdón —balbuceé mientras me reponía.
Agarré la carta y, mientras el cartero sacaba el papel donde debía imprimir mi firma, el ascensor comenzó a exclamar: un pitido chirriante, intermitente, retumbaba en todo el edificio.
—Si dejas que se cierre, deja de pitar —solté fijando la vista en sus ojos.
El cartero no respondió y, haciendo caso omiso, me mostró el papel y señaló el recuadro donde debía dejar mi rúbrica.
Agarré la carta con desdén, intuyendo lo que se avecinaba, y caminé hacia la cocina: no era excesivamente acogedora con ese suelo de mármol, blanco y frío; las paredes, blancas también. Tampoco era grande, pero los recuerdos de mi infancia en ella (mi madre dándome el desayuno, las comidas tras el colegio viendo dibujos animados en una televisión enana o las cenas en familia) compensaban la falta de estilo y espacio. Sobre la mesa yacía un plato con comida que en ese momento no pude deducir si era de la noche anterior o de la semana pasada. Apoyadas elegantemente en el suelo, dos sillas con sus cuatro patas, sin respaldo. Una de ellas solía ceder, pues las sujeciones estaban rotas y la base se desencajaba al poco tiempo de sostener la presión de unas posaderas, atrapando al que allí se sentara en su bastidor. Yo mismo fui víctima en innumerables ocasiones de tal situación. Junto al fregadero la única ventana de la pieza. Era pequeña y daba a un patio de luces angosto y circular; recuerdo fumar mis primeros cigarros en ella.
Lancé el papel que, tras un par de piruetas, se posó a escasos centímetros del plato, me fijé en él: tenía restos de arroz y huesos de pollo con costras del líquido que este último soltó tras pasar, seguramente, por el microondas. Me acerqué para cerciorarme, pasando mi dedo por encima: el líquido ya no era líquido, si no más bien una especie de masa blanda marronuzca que se deformaba con la presión de mi índice, los granos de arroz se asemejaban más a piedras, <<esto, de ayer, no es. Debí de ir directo a la cama entonces>> dije, deduciendo en voz alta mientras olfateaba mi dedo. Dirigí de nuevo la mirada a la mesa, pero esta vez con la esperanza--vana a todas luces--de que la carta hubiera desaparecido a través de alguna especie de agujero en el tiempo, pero no hubo suerte.
Apoyé el culo en la encimera, quedándome frente a frente con el sobre, en el se distinguía un sello y el logotipo de los servicios tributarios, lo que avivó más el terror que ya arrastraba desde que había visto la facha condescendiente de aquel despiadado cartero --si es que alguien puede ser condescendiente y despiadado al mismo tiempo--, y disminuyó mi incertidumbre acerca de la noticia que aguardaba a ser descubierta en aquel envoltorio. <<La única manera de saberlo con certeza es abriéndolo>>dije para mis adentros, alentándome; en un arranque impulsivo me levanté del mármol, --que ya había dejado su fría impronta en mis nalgas-- y me acerqué a la mesa: sentía una mano invisible tirando en la dirección opuesta a mi objetivo, evitando que cayera por un precipicio que lejos de matarme, me condenaría a una tortura infinita, pero prefería una tortura real a la tortura a la que la incertidumbre me había sometido durante meses. Cuando conseguí liberarme de aquella atadura, pude agarrar el sobre, ensuciándolo con los restos de mugre que había en mi dedo, y lo abrí, encontrándome con un papel que rezaba lo siguiente:
Por la presente se notifica a D. David Aguilera Fandiño la Providencia de Apremio por el impago recurrente de sanciones administrativas e infracciones de tráfico durante el periodo 2003-2005. Al resultar infructuosos los intentos de embargo sobre sus cuentas bancarias e ingresos salariales por insolvencia, y ascendiendo la deuda total acumulada a la cantidad de 14.349,20 € (incluyendo el 20% de recargo ordinario e intereses de demora), este Órgano acuerda el EMBARGO DEL BIEN INMUEBLE de su propiedad sito en la Calle de la Cámara Nº 17, 3º izq. Se le concede un plazo improrrogable de quince DÍAS HÁBILES para abonar dicha cantidad antes de proceder a la anotación preventiva del embargo y a la posterior subasta pública de la vivienda.