Combarro, 20 de enero de 1930
La gente con la que vivo no ayuda. Son familiares de mi padre.
Mamá estaba destrozada con su muerte; me dijo que lo mejor era que me fuera a la costa gallega un tiempo, donde había trabajo. También me dijo que con su sueldo no podría sostenernos a ambas.
Echo mucho de menos el sonido de las regaderas, que a veces llevaban el agua roja; mamá decía que era porque Dios sabía que habíamos hecho algo mal.
Hoy no estoy haciendo mucho. El resto de peixeiras cargan unos 20 kg, pero a mí me hacen cargar solo 5. Me da rabia; yo ya podría cargar lo mismo que ellas.
Sigo aprendiendo de Julia, que es la veterana de las peixeiras de Combarro. Es grande, rubia, parece nórdica; siempre habla a gritos, pero nunca se enfada con nadie. Me gusta estar con ella, entre otras cosas porque es la única que chapurrea castellano.
El camino hasta Pontevedra es de unos 6 o 7 kilómetros desde Combarro; tardamos un par de horas en llegar. Aunque en esta época solemos hacer el recorrido casi a oscuras, disfruto de escucharlas cantar.
Ya hemos acabado de despachar. Hoy anduvimos por la Calle Real... ¡he conseguido 1 peseta! Y un cuarto más que me ha dado Julia por espantarle a un «llandrallero», como dice ella. Ahora estamos en una taberna en el puerto; no tiene nombre, Julia me ha dicho que es «la de Tino». Julia está tomando chupitos de aguardiente mientras discute sentada con marineros cuánto durará el gobierno «del gordo» (supongo que se refieren al dictador Primo de Rivera, le he visto en los periódicos).
Julia se ha levantado gritando en gallego a uno de los marineros algo así:
—¡Apóstoche un duro a que non chega a esta semana!
El marinero respondió, también en gallego:
—Eu apóstoche o meu barco enteiro a que segue outro ano —y se levantó desafiando a Julia.
La cara del marinero me hace gracia porque está rojo como un tomate; se ha sentado pegando un puñetazo a la mesa que ha hecho saltar la bebida de todos los que están ahí sentados. Ahora le estoy escuchando farfullar algo en gallego con sus compañeros: «A mí una roxa no me tura». No les estoy entendiendo muy bien.
Julia lo ha escuchado y se acaba de levantar de un brinco, como si tuviera un muelle en el culo; qué risa. Se ha acercado a él y le ha levantado por la solapa soltándole algo que no he entendido muy bien:
—¿A quén llamas tú roxa, cagallón?
Han pasado un par de horas desde que se montó el alboroto; he tenido que meterme a defenderla. Por suerte, la pelea entre Julia y el marinero era una entre doscientas, y he podido sacarla.
Con el olor a alcohol y la sangre rezumando de su boca, me ha dicho:
—Gracias, nena, ya tardabas en ver una pelea.
Yo no le he respondido, solo la he mirado, sonriendo. Creo que ya nos toca volver a Combarro.
Llegué a la casa hacia las ocho de la tarde. Olivia estaba de rodillas en la cocina, limpiando la ceniza de la lumbre del día anterior. Se giró hacia mí, tenía la cara gris y chorreaba sudor; me soltó algo en gallego que pude entender: «Elia, vai buscar a frouma e a xesta. ¡Corre!».
He podido ir guardando alguna palabra; sé que frouma y xesta son hojarasca para que los troncos prendan y calienten el pote. Se avecinaba una lluvia, que son típicas aquí, y si la hojarasca estaba mojada, no serviría.
Aquí la cena es diferente a Candelario. Allí el suelo es de madera; aquí, de granito, con picos que sobresalen y duelen al pisar. Allí esperábamos a que papá llegara para empezar a cenar; aquí, el pote manda. Hoy, por ejemplo, Ricardo llegó cuando ya casi habíamos acabado la cena. Se sirvió un cuenco de berzas y se sentó en un hueco alrededor de la chimenea.
Echo de menos a mamá y a papá. Sé que no va a volver; Dios le cuida, eso es lo que importa. Ahora me voy a acostar. La cama es paja amontonada y, encima, un trozo de tela. Echo de menos a mamá; pienso siempre en ella y en dónde estará. Estoy abajo, en la cuadra, con los animales; me dan calor y lo agradezco. Encontré un trozo de cuero; lo he utilizado para guardar la peseta y el cuarto.
Combarro, 21 de enero de 1930
Hoy no he ido con las peixeiras. Olivia ha pegado un grito desde arriba y me he despertado; debían de ser las seis. Cuando subí, ella estaba en la cocina, descubriendo las brasas de la lareira de rodillas sobre el granito. La vida gira en torno a ese fuego aquí; calienta la casa y la comida. Me ha dicho algo así: «A ver, fiyiña, sempre teño que andar a levantarche. Hata Isidro levántase antes ca ti. Ba ime á fonte po la agua, he de vinda, múye la vaca.». No entendía más que «fuente» y «agua», entonces le pregunté qué era «múyela»; se incorporó haciendo crujir algunas piedras bajo sus rodillas y le gritó algo a Isidro, que estaba recogiendo hojarasca fuera y vino corriendo.
Isidro era el hijo más pequeño de Olivia y Ricardo; sabía castellano porque le obligaban en la escuela, así que podía hacer que nos entendiéramos. Tiene solo ocho años. Olivia le dijo algo:
—Non se que vou facer con esta rapaza, non me entende o que lle digo nunca. A ver se es quen de dicirlle que muya a vaca e que me vaya pola agua.
Isidro me acaba de explicar qué era muye, que es ordeñar. Me dijo que hoy no tenía clase y que iría a recoger berzas al huerto detrás de la casa, pero antes me ha robado el diario y se ha reído por cómo escribo gallego; me dijo que me enseñaría a escribir. Ahora iré a por el agua.