La mañana había avanzado más rápido de lo que Clarissa hubiese querido.
Mientras revisaba presentaciones y rehechos de informes, su corazón seguía marcando un ritmo irregular.
A las 10:00 en punto, comenzaron las reuniones individuales del nuevo CEO.
A las 11:30 sería su turno.
Cada minuto que pasaba solo hacía que el aire se volviera más denso.
Clarissa se acomodó en su silla, tratando de aparentar normalidad frente a su equipo, pero su mente estaba lejos de allí. La imagen de Oliver entrando a su oficina seguía grabada como un eco persistente.
Sabía que tendría que estar frente a él.
Y ese momento ya tenía hora asignada.
10:45 a.m.
Las puertas de la oficina de Oliver se abrieron para recibir al jefe del departamento de finanzas.
El tono de Oliver fue profesional, la manera en que su voz llenaba el pasillo.
—Pase, por favor —dijo Oliver, muy seguro, demasiado seguro.
La reunión empezó.
—Necesitaremos ajustar los reportes…
—¿Cuál es su proyección para el segundo trimestre?…
—Esto no coincide… revíselo.
Esas eran sus palabras. La eficiencia de él era cortante, precisa.
11:10 a.m.
El jefe de finanzas salió con pasos tensos y una sonrisa nerviosa.
Clarissa tragó saliva.
Intentó concentrarse en su computadora… inútil.
Cada palabra, cada murmullo que escapaba por las paredes finas se le clavaba en el pecho.
No sabía si temerle por ser su jefe…
o por ser el hombre que podría destruir su mundo si reconocía en Noah algo que no debía.
—Te toca pronto —susurró Lucía, su asistente, intentando sonar ligera.
Clarissa solo respondió con una sonrisa débil.
Sabía que faltaban veinte minutos.
Veinte minutos que se sentían como una condena.
Pero también sabía que debía mantener la compostura.
11:20 a.m.
—Señorita Aragón, en diez minutos —dijo una secretaria con una carpeta en la mano—. El CEO la recibirá puntual.
Ella asintió, sintiendo el estómago apretarse.
Respiró hondo tres veces.
Se levantó, se acomodó el traje y tomó su carpeta.
Miró el reloj.
11:29.
Y cuando el segundero llegó al 30…
La secretaria abrió la puerta.
—Puede pasar, señorita Aragón.
Clarissa sintió que el corazón le golpeaba las costillas.
Cruzó el pasillo con pasos medidos, aunque sus piernas temblaban.
Cada paso se sentía como caminar hacia un futuro que podía desmoronarlo todo.
La puerta se cerró suavemente tras ella.
Y ahí estaba él.
La oficina era amplia, elegante, imponente.
Vidrios polarizados, muebles oscuros, una vista panorámica de la ciudad.
Oliver estaba de pie, revisando unos documentos en la mesa redonda de reuniones.
Cuando escuchó la puerta, levantó la mirada.
Por un segundo, el tiempo pareció detenerse.
Él la observó.
No con la cordialidad distante que había mostrado con los demás…
sino con una mezcla de sorpresa, duda y reconocimiento que hizo que a Clarissa se le helara la sangre.
—Señorita Aragón… —dijo él lentamente—. Pase, por favor.
Su voz era demasiado calmada.
Demasiado enfocada.
Demasiado peligrosa.
Clarissa avanzó y se sentó, manteniendo la carpeta firme entre sus manos para que no notara que temblaban.
Oliver tomó asiento frente a ella, sin apartarle la mirada ni un segundo.
—He leído varios informes suyos —empezó.
Clarissa asintió, manteniendo su postura profesional.
—Espero que cumplan con sus expectativas, señor Ferlan.
Oliver apoyó las manos entrelazadas sobre la mesa.
Su mirada bajó un instante a sus labios… y luego volvió a sus ojos.
Clarissa sintió un latigazo en el pecho.
Hubo un silencio breve, pero intenso.
—Quiero que encabece la nueva campaña internacional —anunció él de pronto.
Ella parpadeó, sorprendida.
—¿Yo?
—Usted —confirmó, inclinándose ligeramente hacia ella—. Necesito a alguien competente, alguien con visión.
Y según mis informes… nadie lo hace mejor que usted.
Clarissa tragó saliva.
Nunca antes había tenido una oportunidad tan grande.
Pero el precio de trabajar tan cerca de él…
Oliver la estudió en silencio.
—¿Tiene algún inconveniente? —preguntó, con la voz un poco más baja.
Ella sostuvo su mirada.
Firme.
Segura.
—Ninguno, señor Ferlan.
Él sonrió apenas… una sonrisa tan leve que parecía peligrosa.
—Perfecto. Trabajaremos muy de cerca, señorita Aragón.
Muy.
De.
Cerca.
Y así, sin saberlo, sellaron el inicio de una tormenta que ninguno estaba preparado para enfrentar.
La reunión terminó poco después de eso.
No recordaba con claridad qué más se dijo, solo que respondió con frases medidas, profesionales, mientras su mente seguía atrapada en esa última afirmación.
Muy de cerca.
Clarissa se levantó cuando Oliver lo hizo.
Él le extendió la mano.
Por un segundo dudó.
Luego la tomó.
El contacto fue breve, correcto… pero suficiente para que una descarga le recorriera el brazo.
Oliver pareció sentirlo también, porque sus dedos se tensaron apenas antes de soltarlos.
—Le pediré a mi asistente que le envíe los lineamientos —dijo él—. Quiero avances rápidos.
—Los tendrá —respondió ella con firmeza.
Oliver asintió, observándola como si quisiera decir algo más.
Pero no lo hizo.
Clarissa salió de la oficina sin mirar atrás.
Solo cuando la puerta se cerró tras ella, el aire regresó a sus pulmones.
Caminó por el pasillo con pasos firmes, aunque por dentro todo le temblaba.
Sentía la mirada de los demás, las preguntas silenciosas, la curiosidad inevitable.
Ella no dio explicaciones.
Entró a su oficina y cerró la puerta.