La ciudad brillaba al otro lado del ventanal, pero Oliver no la veía.
Tenía el saco colgado en el respaldo de la silla, las mangas de la camisa ligeramente arremangadas y varios documentos abiertos sobre el escritorio.
Había pasado más de una hora releyendo el mismo informe sin avanzar una sola línea.
Frunció el ceño.
No era cansancio.
No era falta de disciplina.
Era otra cosa.
Cerró el archivo y se levantó, caminando hasta el ventanal. Desde allí, las luces parecían ordenadas, controladas. Exactamente como le gustaba que fuera todo.
Y aun así, algo estaba fuera de lugar.
La imagen regresó sin permiso.
Clarissa Aragón.
La forma en que sostuvo su carpeta.
La serenidad forzada.
Esa manera tan precisa de mirarlo sin realmente hacerlo.
Oliver apoyó una mano en el vidrio.
¿La conozco?
La pregunta lo había acompañado desde que ella salió de la oficina.
No era solo su rostro.
Era la sensación.
Como si algo en ella le resultara peligrosamente familiar.
Había visto a muchas mujeres en su vida. Demasiadas.
Pero ninguna lo había dejado con esa inquietud inexplicable en el pecho.
Regresó al escritorio y se sirvió un vaso de agua. Bebió despacio, intentando ordenar sus pensamientos.
Es solo una empleada, se dijo.
Competente. Profesional. Distante.
Nada más.
Y sin embargo…
Recordó cómo su mirada había titubeado apenas un segundo cuando él mencionó trabajar juntos.
Cómo apretó los labios antes de responder.
No era miedo.
Era contención.
Oliver dejó el vaso sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.
—Ridículo —murmuró.
Se pasó una mano por el cabello y volvió a sentarse, decidido a terminar el día como siempre lo había hecho: con control.
Pero su atención volvió a desviarse.
Pensó en aquella noche lejana, difusa.
La misma ciudad pero ahora distinta.
Un bar.
Una mujer de sonrisa breve y mirada intensa.
No recordaba su nombre.
Nunca lo había hecho.
Solo recordaba los ojos.
Sacudió la cabeza, molesto consigo mismo.
No era momento para fantasmas del pasado.
A las once treinta del día siguiente tenía otra reunión con Clarissa Aragón para revisar el avance de la campaña.
Concéntrate, se ordenó.
Abrió un nuevo archivo.
Esta vez, antes de empezar a leer, se detuvo.
Por primera vez en mucho tiempo, Oliver Ferlan tuvo una certeza incómoda:
Algo había comenzado.
Y no sabía si estaba listo para descubrir qué.
El despertador sonó a las seis en punto.
Clarissa abrió los ojos de inmediato, como si no hubiera dormido en toda la noche.
En realidad, no lo había hecho del todo.
Había pasado horas dando vueltas entre las sábanas, repasando cada palabra de la reunión, cada gesto de Oliver, cada mirada que había durado un segundo más de lo necesario.
Se levantó en silencio, cuidando de no hacer ruido.
La casa aún estaba envuelta en esa calma frágil que solo existe antes de que Noah despierte.
Fue a la cocina y preparó café. El aroma fuerte le devolvió un poco de claridad, aunque no logró disipar el nudo en su estómago.
Miércoles, pensó.
Un día más.
Pero sabía que mentía.
Apoyada en la encimera, dejó que el café se enfriara entre sus manos mientras su mente viajaba sin permiso.
Oliver Ferlan.
Su jefe.
El hombre de aquella noche.
El padre de su hijo… aunque él aún no lo supiera.
El sonido suave de pasos la sacó de sus pensamientos.
—Mamá…
Clarissa se giró de inmediato.
Noah estaba en la puerta del pasillo, con el cabello revuelto y los ojos aún pesados de sueño, abrazando su peluche favorito.
—Ven acá, mi amor —dijo, dejando la taza y agachándose para recibirlo.
Noah se refugió en sus brazos sin decir nada más.
Ese gesto sencillo le aflojó el pecho.
Lo cargó hasta el sofá y se sentó con él, balanceándolo suavemente.
—¿Dormiste bien? —preguntó en voz baja.
Noah asintió.
—Soñé que íbamos al parque grande —murmuró—. Y que había un señor alto que me empujaba en el columpio.
Clarissa se quedó inmóvil.
—¿Un señor? —repitió, fingiendo ligereza.
—Sí. Tenía ojos claros —añadió Noah, como si fuera lo más normal del mundo.
El corazón de Clarissa dio un salto doloroso.
—Debe haber sido un sueño bonito —dijo al fin, besándole la sien—. Hoy iremos al parque si no llueve, ¿te parece?
Noah sonrió y asintió con entusiasmo.
Mientras preparaba el desayuno, Clarissa lo observaba de reojo.
Esa mezcla perfecta de dulzura y carácter.
Esa mirada curiosa que, a veces, le devolvía un reflejo del pasado.
¿Y si él lo nota?
La pregunta la atravesó sin piedad.
Le acomodó la mochila, le ayudó a ponerse los zapatos y salió con él de la mano, respirando hondo antes de cerrar la puerta de la casa.
El trayecto hasta la guardería fue silencioso.
Noah tarareaba una canción inventada mientras miraba por la ventana.
Al despedirse, Clarissa se agachó frente a él.
—Pórtate bien, campeón.
—Siempre —respondió él con solemnidad—. ¿Vendrás temprano hoy?
Clarissa dudó solo un segundo.
—Haré lo posible.
Noah le dio un beso rápido en la mejilla y salió corriendo hacia sus amigos.
Clarissa regresó al auto con el pecho apretado.
El día apenas comenzaba…
y ya sentía que estaba caminando sobre una cuerda floja.
Mientras se dirigía a la empresa, el cielo gris acompañaba su estado de ánimo.
Ese miércoles no era un día cualquiera.
Era el día en que tendría que demostrar que podía seguir siendo profesional…
aunque su vida entera pendiera de un secreto.
El edificio la recibió con su habitual frialdad de cristal y acero.
Clarissa avanzó por el lobby con paso firme, saludando con una leve inclinación de cabeza, como cada mañana. Nadie debía notar que por dentro iba hecha un nudo.