Mio, Tuyo, Mi Secreto

La primera grieta

Oliver cerró la puerta de su oficina con un movimiento seco.

El sonido fue más fuerte de lo que pretendía.

Caminó hasta su escritorio, dejó el portafolio y se quedó de pie, inmóvil, durante varios segundos. La imagen del elevador seguía ahí, suspendida en su mente como una escena incompleta.

¿Aun tengo una pequeña sensación de que nos hemos visto antes?

La respuesta de Clarissa había sido inmediata. Demasiado firme. Demasiado controlada.

Se sentó y encendió la computadora, decidido a trabajar. Tenía reuniones, decisiones pendientes, contratos que no admitían distracciones.

Pero su atención regresó, terca, al mismo punto.

Clarissa Aragón.

Abrió el archivo del personal. No era la primera vez que lo hacía… pero sí la primera que se detenía tanto.

Edad.

Formación académica.

Ascensos consecutivos.

Reconocimientos internos.

Todo era impecable.

Demasiado.

No había escándalos, ni vacíos evidentes. Solo una línea que le llamó la atención:

Estado civil: soltera.

Hijos: no registrados.

Frunció el ceño.

No era extraño. Muchos empleados no actualizaban esa información. Y aun así… algo no encajaba.

Cerró el archivo con un gesto brusco.

No es asunto mío, se dijo.

Se levantó y fue hasta la pequeña cafetera. Mientras esperaba, su mente viajó sin permiso.

La forma en que ella había pronunciado “no”.

La manera en que sostuvo su mirada justo después.

El silencio posterior.

No era una mujer que se intimidara con facilidad.

Y eso lo inquietaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Regresó al escritorio y tomó el teléfono.

—¿María? —dijo cuando su asistente contestó—. ¿Podrías adelantar la revisión de la campaña de marketing?

—Claro, señor. ¿La del departamento de la señorita Aragón?

Oliver dudó solo un segundo.

—Sí —respondió—. Esa misma.

Colgó.

Apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó los dedos frente a su rostro.

No entendía por qué esa mujer lograba romper su concentración de ese modo. No era atracción directa. No era deseo inmediato.

Era reconocimiento.

Como si una parte de su vida que había dejado atrás estuviera intentando abrirse paso a través de ella.

Miró el reloj.

Faltaban pocas horas para volver a verla.

Esa certeza le provocó una sensación contradictoria en el pecho.

Anticipación.

Y una inquietud que no lograba sofocar.

Oliver Ferlan siempre había tenido el control.

Pero por primera vez en años, una idea insistente comenzó a instalarse en su mente:

Clarissa Aragón no era solo una empleada.

Y tarde o temprano, descubriría por qué.

La notificación llegó a la bandeja de entrada de Clarissa a la diez y treinta de la mañana.

Reunión adelantada — Oficina del CEO.

Hora: 2:00 p.m.

Clarissa sintió cómo el estómago se le encogía.

No había razón objetiva para temer. Era trabajo. Solo trabajo.

Y aun así, sus manos se enfriaron.

A las dos en punto, estaba de pie frente a la puerta de la oficina de Oliver. Golpeó una vez, firme.

—Adelante.

Entró.

Oliver estaba sentado detrás de su escritorio, sin documentos a la vista. Solo una tableta apagada y una taza de café intacta. La observó acercarse con esa atención que ya le resultaba inquietante.

—Gracias por venir con tan poco aviso —dijo él.

—No hay problema —respondió Clarissa, tomando asiento—. Supuse que era importante.

—Lo es.

Oliver se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre la mesa.

—Quiero escuchar su propuesta directamente. Sin intermediarios.

Clarissa abrió su carpeta. Empezó a explicar con claridad, con precisión. Habló de mercados, de estrategias, de proyección de marca. Su voz era firme, segura.

Oliver la escuchaba.

Pero no era el contenido lo que lo tenía atrapado.

Era el gesto.

Cada vez que enfatizaba un punto importante, Clarissa llevaba el pulgar al borde de la hoja y lo presionaba ligeramente. Un movimiento inconsciente.

Exactamente igual.

El recuerdo lo golpeó sin aviso.

Una mesa pequeña.

Una copa de margarita.

Una mujer inclinándose hacia él, hablando con pasión de sus planes, con esa misma seguridad serena.

Oliver sintió un estremecimiento.

—Clarissa —la interrumpió.

Ella alzó la mirada.

—Perdón, señor Ferlan.

—No —dijo él, suavizando el tono—. Continúe.

Pero ya no escuchaba igual.

Esperaba.

Y entonces sucedió.

—…no se trata solo de vender —dijo ella—, sino de conectar. De contar una historia honesta.

Honesta.

Esa palabra.

Así la había dicho aquella mujer esa noche.

Con la misma pausa breve.

Con la misma convicción.

Oliver apoyó la espalda en la silla, intentando mantener el control de su expresión.

—Usted habla de esto como si fuera personal —comentó.

Clarissa dudó apenas un segundo.

—Lo es —respondió—. Creo que el trabajo bien hecho siempre tiene algo personal.

Oliver sostuvo su mirada más tiempo del necesario.

—Interesante punto de vista.

El silencio se alargó.

Clarissa cerró la carpeta con cuidado.

—¿Hay algo más que quiera que revise?

Oliver no respondió de inmediato.

La observó. La forma en que respiraba. La línea de su cuello. La compostura impecable que parecía construida sobre algo más profundo.

Se levantó y caminó hasta el ventanal, dándole la espalda.

—Su propuesta me parece sólida —continuó—. Quiero que lidere la implementación.

Clarissa se puso de pie también.

—Gracias por la confianza.

—Gracias a usted —dijo él, girándose de nuevo—. Puede retirarse.

Clarissa salió con pasos controlados, sin mirar atrás.




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