Clarissa estaba revisando los últimos pendientes del día cuando el correo entró.
No lo abrió de inmediato.
Vio el remitente y sintió ese tirón incómodo en el estómago que ya empezaba a reconocer demasiado bien.
Oliver Ferlan.
Respiró hondo antes de hacer clic.
Leyó el mensaje una vez.
Luego, una segunda.
No había reproches.
No había señalamientos.
No había errores marcados en rojo ni observaciones duras.
Y eso fue lo que más la inquietó.
“Prefiero que mañana lo revisemos juntos en persona.”
Clarissa apoyó la espalda contra la silla.
Juntos.
En persona.
A solas.
El reloj marcaba las seis y veinte de la tarde, pero su jornada parecía lejos de terminar. Sintió cómo la tensión le subía por la nuca, cómo los pensamientos se le amontonaban sin orden.
No es una reprimenda, se dijo.
No es una corrección.
Era una invitación.
Y eso era peligroso.
Releyó el correo una vez más, buscando algo que justificara esa reunión. Una excusa técnica. Un error real. Algo que le permitiera decirse que todo seguía siendo estrictamente profesional.
No lo encontró.
Clarissa cerró los ojos por un segundo.
Sabía que su trabajo estaba bien. Siempre lo estaba.
Entonces, ¿por qué él quería verla otra vez?
Abrió el archivo que había enviado y lo revisó con lupa. Cada cifra. Cada palabra. Cada gráfica. Todo estaba en su lugar.
Perfecto.
Demasiado perfecto.
—Maldición… —murmuró en voz baja.
Miró a su alrededor. La oficina ya estaba casi vacía. El silencio amplificaba sus pensamientos.
Pensó en Noah.
En recogerlo al día siguiente.
En su risa despreocupada.
En lo mucho que dependía de que ella mantuviera el control.
No podía permitirse errores.
Ni emocionales, ni profesionales.
Escribió la respuesta con dedos firmes, aunque por dentro todo temblaba.
“De acuerdo, señor Ferlan.
Estaré puntual.”
Envió el correo.
Cuando la pantalla volvió a quedar en silencio, Clarissa se quedó mirando el reflejo oscuro del monitor.
No sabía qué era lo que Oliver buscaba realmente.
Pero tenía la certeza de algo que la desvelaría esa noche:
Él estaba empezando a mirarla más allá del trabajo.
Y ella…
iba a tener que ser más fuerte que nunca para no dejar que ese pasado que ambos compartían —sin saberlo del todo— lo arrastrara todo consigo.
La tarde ya había caído cuando Clarissa llegó a la guardería.
Noah salió corriendo apenas la vio, con la mochila medio abierta y una sonrisa que le desarmó el día.
—¡Mamá! Hoy pinté un dinosaurio azul —anunció, orgulloso.
—¿Azul? —sonrió ella—. Definitivamente eres un artista incomprendido.
De regreso a casa, el cielo estaba teñido de tonos anaranjados y el aire era fresco. Clarissa miró el reloj: aún tenían tiempo.
—¿Te parece si salimos un rato? —preguntó—. Podemos ir al supermercado… o dar un paseo corto.
—¿Con helado? —replicó Noah de inmediato.
—Veré qué tan convincente eres —respondió ella, arrancando el auto.
Optaron por el centro comercial. Justo lo que Clarissa necesitaba para despejar la mente.
O eso creyó.
Caminaban de la mano cuando una risa infantil llamó su atención. Clarissa levantó la vista… y entonces lo vio.
Alto.
Traje oscuro.
Cabello cuidadosamente despeinado.
Por un segundo, el mundo se le detuvo.
Oliver.
Su corazón dio un salto violento. Instintivamente apretó la mano de Noah y bajó la mirada, como si eso pudiera hacerla invisible.
Siguieron caminando.
Contó los pasos.
Cinco.
Diez.
Se atrevió a mirar de nuevo.
No había nadie.
El pasillo estaba lleno de familias, parejas, adolescentes riendo. Ningún hombre de traje. Ninguna mirada conocida.
Clarissa exhaló despacio.
Estás cansada, se dijo.
Es solo tu mente jugando contigo.
—Mamá, ¿por qué caminas rápido? —preguntó Noah, mirándola con curiosidad.
—Nada, amor —respondió, forzando una sonrisa—. Tenía hambre… supongo.
Entraron al supermercado. Noah insistió en empujar el carrito, serio como si fuera una misión de vida o muerte. Clarissa lo observó, intentando anclarse a ese momento.
A lo real.
Mientras elegían frutas, su mente volvió al correo.
A la reunión.
A la forma en que Oliver la miraba.
No puedes permitirte esto, se repitió.
Pagaron y salieron. El aire nocturno la ayudó a respirar mejor.
De regreso en casa, prepararon algo sencillo para cenar. Noah hablaba sin parar sobre dinosaurios, superhéroes y el parque del fin de semana.
Clarissa asentía, sonreía, respondía.
Pero una parte de ella seguía alerta.
Después del baño y el pijama, Noah se acomodó en la cama con su peluche bajo el brazo.
—¿Me cuentas una historia? —pidió, bostezando.
Clarissa se sentó a su lado y empezó una historia improvisada, suave, lenta. Noah cerró los ojos antes de que llegara al final.
Cuando estuvo seguro de que dormía, Clarissa se quedó mirándolo.
Las pestañas largas.
La curva de la nariz.
Ese gesto leve al fruncir los labios incluso dormido.
El pecho se le apretó.
Extendió la mano y le apartó un mechón de cabello de la frente.
—Nada cambiará —susurró, sin saber si se lo decía a él o a sí misma.
Apagó la luz y cerró la puerta con cuidado.
Esa noche, mientras se acostaba, Clarissa supo algo con una claridad inquietante:
Oliver ya no estaba solo en su oficina ni en sus pensamientos.
Había comenzado a filtrarse en su vida.
Y eso…
eso era lo verdaderamente peligroso.
El despertador sonó a las cinco y cuarenta y cinco.
Clarissa no lo dejó sonar dos veces.