A las 11:27, Clarissa cerró el archivo en su computadora.
No quería llegar antes.
Tampoco tarde.
A las 11:30 en punto, salió de su oficina con la carpeta bajo el brazo. El pasillo le pareció más largo que de costumbre. Cada paso resonaba como un recordatorio de que no había marcha atrás.
Golpeó una vez.
—Adelante.
Entró.
Oliver estaba de pie junto al ventanal, con la ciudad extendiéndose a sus espaldas. No se giró de inmediato. Eso la obligó a avanzar dos pasos más, a sentir su presencia antes de verlo.
—Buenos días, señor Ferlan.
—Buenos días, Clarissa —respondió él, girándose al fin.
Otra vez su nombre. Sin títulos.
Le señaló la mesa de reuniones. Clarissa tomó asiento y abrió la carpeta con un gesto preciso. Profesional. Medido.
—He revisado el documento —dijo Oliver, sentándose frente a ella—. Está bien. Muy bien.
Clarissa asintió.
—Me alegra que coincida.
—Pero —añadió él, apoyando los codos sobre la mesa— hubo algo que llamó mi atención.
Ella levantó la mirada, alerta.
—En la página nueve —continuó—, el enfoque cambia. No es técnico. Es… emocional.
Clarissa no respondió de inmediato.
—No es un error —dijo finalmente—. Es intencional.
—¿Por qué?
—Porque la gente no conecta con cifras —respondió con calma—. Conecta con historias.
Oliver la observó en silencio.
—Usted habla de conexión con mucha convicción —comentó—. Como si supiera exactamente de qué está hablando.
Clarissa sostuvo su mirada.
—Lo sé.
Hubo un silencio breve. Denso.
Oliver tomó la carpeta y la cerró despacio.
—Dígame algo, Clarissa —dijo—. ¿Siempre ha sido así de reservada?
El pulso le golpeó las sienes.
—No veo cómo eso sea relevante para el proyecto.
Oliver esbozó una sonrisa mínima.
—No lo es —admitió—. Pero me intriga.
Clarissa cruzó las manos sobre la carpeta.
—Prefiero que mi trabajo hable por mí.
—Lo hace —respondió él—. Y bastante.
Se levantó y caminó alrededor de la mesa. No la rodeó del todo, pero lo suficiente para que Clarissa sintiera el cambio en el aire.
—Es disciplinada —continuó—. Precisa. Siempre un paso adelante. Personas así suelen haber aprendido a valerse por sí mismas.
Clarissa tragó saliva, imperceptible.
—La vida enseña —dijo—. A algunos más temprano que a otros.
Oliver se detuvo detrás de su silla, sin tocarla.
—Eso explica muchas cosas.
Ella no se movió.
—¿Hay algo más que necesite de mí para la campaña? —preguntó, manteniendo la voz firme.
Oliver regresó a su asiento.
—Por ahora, no —respondió—. Él avance es el deseado.
Clarissa se levantó, cerró la carpeta y caminó hacia la puerta.
Cuando estaba a punto de salir, él habló de nuevo.
—Clarissa.
Ella se detuvo, pero no se giró de inmediato.
—¿Sí?
—Anoche… —Oliver dudó apenas—. ¿Vive cerca del centro comercial?
El corazón le dio un golpe seco.
Clarissa se giró lentamente.
—No —respondió—. ¿Por qué?
Oliver la miró unos segundos, evaluando.
—Nada —dijo al fin—. Solo curiosidad.
Clarissa asintió una sola vez.
—Que tenga buen día, señor Ferlan.
Salió sin esperar respuesta.
Cuando la puerta se cerró, Oliver se quedó inmóvil.
Y Clarissa caminó por el pasillo con el corazón desbocado, sabiendo que esa reunión no había sido una revisión de trabajo.
Había sido un tanteo.
Y ambos lo sabían.
Oliver permaneció sentado unos segundos más de lo habitual.
La puerta ya se había cerrado.
El eco de sus pasos se había disipado.
Y aun así, algo seguía ocupando el espacio frente a él.
Revisó la hora.
Tenía una reunión con un socio extranjero en quince minutos.
Se levantó, se ajustó el reloj y recuperó esa postura impecable que había aprendido a usar como armadura. Cuando salió de la oficina, su expresión era la misma de siempre: segura, medida, impenetrable.
Nadie habría sospechado nada.
Bajo hasta el estacionamiento y subió a su auto.
El restaurante era elegante, silencioso, con vistas al río.
Saludo y tomo asiento.
Oliver escuchaba, asentía, respondía con precisión.
Habló de cifras, de expansión, de riesgos calculados.
—El mercado latinoamericano necesita liderazgo estable —dijo uno de los socios.
—Y lo tendrá —respondió Oliver sin dudar—. Ya estamos reestructurando los equipos clave.
Pero mientras hablaba, su mente traicionaba cada palabra.
No veía gráficos.
No veía proyecciones.
Veía una forma de apretar una carpeta contra el pecho.
Una pausa mínima antes de responder.
Una mirada firme que no pedía aprobación.
Clarissa Aragón.
—¿Está de acuerdo, Oliver? —preguntó el socio, rompiendo el hilo invisible.
—Por supuesto —contestó él de inmediato—. Es la decisión correcta.
Lo era.
Siempre lo era.
Eso era lo inquietante.
Después de despedirse de sus socios regresó a la oficina.
Forzó su atención en la agenda de la tarde:
una llamada con un socio europeo.
Cumplió. Respondió. Decidió.
Pero en cada pausa, en cada silencio entre frases, ella volvía.
Ese algo contenido… como si siempre estuviera midiendo cuánto mostrar.
Al caer la noche, regresó a su apartamento.
Luces tenues. El murmullo lejano de la ciudad filtrándose por los ventanales.
No encendió la televisión. No puso música.
El silencio de su apartamento era absoluto.
Demasiado.
Se quitó el saco, lo dejó cuidadosamente sobre el respaldo del sofá. Aflojó el nudo de la corbata, sirvió un vaso de whisky… y lo dejó intacto sobre la mesa.
No tenía sed.
Se acercó al ventanal.
La ciudad brillaba abajo, viva, indiferente.
Y entonces, sin previo aviso, la memoria se abrió paso.
Aquel bar.